Emma: Entre Líneas y Sombras (Entre Líneas 2) 13
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El mensaje

El autobús avanzaba lento por las calles mojadas, pero mi mente iba más rápido que cualquier vehículo.

Cada rostro desconocido me parecía una amenaza.

Cada esquina, un escondite. Cada semáforo, un posible punto de observación.

No le dije eso a Sophie. Ella tenía suficientes preocupaciones.

Pero yo lo sentía. Era como si Londres entero se hubiera inclinado ligeramente hacia mí, observándome desde los rincones.

El aire se volvió más denso. Más espeso.

Más difícil de respirar. El autobús se detuvo frente a una cafetería pequeña.

La ventanilla estaba empañada, pero reconocí el lugar: pasaba por allí cada mañana.

Fue entonces cuando lo noté. Un cartel nuevo.

Una publicidad cualquiera. Una foto de una mujer sonriendo con una taza de café.

Pero detrás de la imagen impresa —si mirabas con atención, si ladeabas un poco la cabeza— se veía algo más.

Un mapa en miniatura. Uno que marcaba exactamente mi ruta habitual al colegio: la parada, la calle lateral, el cruce donde bajaba.

Y un círculo rojo dibujado justo sobre mi centro escolar.

Un detalle sutil. Nada que un peatón casual detectara.

Pero yo lo vi. Ese mapa no estaba ayer. Sophie seguía hablando de denunciar, pero su voz se volvió un murmullo lejano.

—Sophie… —susurré.—¿Qué?—Mira eso. Ella se inclinó, observó el cartel durante varios segundos.

—¿Y?—Ese mapa —insistí, con la garganta seca—.

Señala el colegio.—Emma… —frunció los labios— es un anuncio de una cadena de cafés.

Los ponen por toda la ciudad.—Sí, pero… eso no estaba ayer.

Me habría fijado.—¿Estás segura?—Sí. Totalmente segura.

Sophie apoyó una mano en mi rodilla.—Emma…

cuando estás asustada, puedes empezar a ver patrones en todas partes.

Eso no significa que sean reales. Tal vez tenía razón.

Pero en mí había una certeza: no. Ese cartel no era casual.

No para mí. Decidí no discutirlo. Cuando el autobús llegó a la parada siguiente, respiré hondo para bajar…

pero entonces recordé. Un detalle pequeño.

Algo que había pasado días atrás y que dejé pasar.

—Sophie… ¿recuerdas la carpeta azul que llevo siempre al colegio?

— ¿La de los cuadernos? Sí. —Ayer… cuando la abrí, encontré una hoja mía doblada.

Un dibujo. Uno que no recordaba haber hecho.

—¿Qué dibujo?—Unos ojos. Sophie parpadeó.

—¿Ojos?—Sí. Solo eso. —La piel se me erizó—.

Como si alguien hubiera entrado en la carpeta, hubiera puesto esa hoja y la hubiera cerrado otra vez.

—¿Me lo enseñaste?—Lo tiré. No quise ni mirarlo dos veces.

Sophie se frotó la frente.—Emma… esto ya no son mensajes sueltos.

Esto es una escalada. Una escalada muy seria.

No necesitaba que me lo dijera. Lo sentía en los huesos.

Ya en la calle, camino al colegio, el cielo empezó a descargar una llovizna fina que parecía un telón gris entre nosotras y el resto del mundo.

Caminamos rápido, casi en silencio, hasta que Sophie habló:—Emma…

¿hay algo más que no me has contado? Me detuve en seco.

Mis manos temblaban, pero no por el frío.

Era porque, en el fondo, lo sabía. Un detalle que no quise mirar de frente cuando ocurrió.

Hace semanas, alguien me había llamado por mi nombre en voz baja, desde el otro lado de la calle.

No reconocí la voz. No vi el rostro. Solo el sonido.

“Emma.” Y luego, nada. Ni pasos. Ni figura.

Ni sombra. No se lo había dicho a Sophie.

No se lo había dicho a nadie. Y ahora… ahora era demasiado tarde para ocultarlo más.

—Sophie… —tragué saliva— hace un tiempo, alguien me llamó por mi nombre desde un callejón.

No sé quién. No vi a nadie. Pensé que era…

imaginación. Ella se quedó quieta. Muy quieta.

—Emma… eso no es imaginación. Quise responder.

Quise explicarle que no sabía cómo procesar todo esto.

Pero un reflejo oscuro en un escaparate me hizo girar la cabeza.

Una figura. Lejos. Muy lejos. Casi imperceptible.

Pero había algo en su postura… en la forma en que permanecía inmóvil…

que me hizo sentir que ya lo había visto antes.

O que él… ya me había visto a mí. Sophie me agarró del brazo.

—No mires atrás. Solo camina. Y así lo hice.

Pero mientras avanzaba, sentí que no era yo quien estaba siguiendo un camino.

Era el camino el que me seguía a mí. Londres se había convertido en un laberinto.

Y yo acababa de entender que todas sus salidas… ya estaban cerradas.

La entrada del colegio estaba extrañamente silenciosa.

A esa hora, normalmente se escuchaban pasos apresurados, risas infantiles, portazos, el eco del personal acomodando materiales.

Hoy, en cambio, parecía que alguien hubiera apagado el sonido del mundo.

Sophie me acompañó hasta la puerta principal.

—No quiero dejarte entrar sola —dijo.—Sophie, tengo clase en diez minutos…

no puedo faltar otra vez. Ella me sostuvo la mirada.

—Emma… no estás bien. No estás segura. —Pero los niños no tienen la culpa.

Mi voz se quebró al decirlo, como si nombrarlos me diera un propósito.

Quizá por eso seguía viniendo. Quizá ellos eran lo último que mantenía mis días en pie.

Sophie exhaló resignada.—Bajaré cuando salgas al recreo —me dijo—.

Y si pasa algo, cualquier cosa, me llamas.

No importa si es una sombra, un ruido o…

lo que sea. Asentí. Pero antes de entrar, añadió:—Emma…

por favor, no finjas que todo está bien.

No prometí nada. Empujé la puerta principal.

El pasillo olía a tiza, a papel viejo. La luz vacilaba ligeramente, como siempre.

Los ganchos de los abrigos estaban vacíos aún.

Pero cuando llegué a mi aula, algo no encajaba.

No era evidente. No estaba a la vista de cualquiera.

Pero yo lo noté. Mesas ligeramente fuera de lugar.

Una silla movida hacia atrás por unos centímetros.

El estuche de colores de un niño abierto sin razón.

Entré despacio, como si esperara encontrar a alguien dentro.

—¿Hola…? —mi voz se disolvió en el aire.

No había nadie. Fui directamente a mi escritorio.

Todo parecía intacto. Hasta que vi el sobre.

Blanco. Pequeño. Perfectamente colocado en medio de mi mesa, como si hubiera sido depositado ahí con delicadeza quirúrgica.

No llevaba mi nombre. No llevaba sello. Solo estaba ahí.

Esperándome. Mis dedos temblaron cuando lo toqué.

Estaba seco, impecable. Demasiado limpio para una mesa que nunca conseguía estar realmente ordenada.

Lo abrí con un nudo en la garganta. Dentro había una sola hoja doblada.

La desplegué. Y ahí lo vi. Un papel con trazo fuerte.

Un dibujo hecho a mano. Un dibujo compuesto únicamente por unos ojos.

Los mismos ojos que había tirado a la basura días atrás.

Los mismos. No parecidos. Exactamente los mismos.

Como si la persona que los había dibujado hubiera recuperado la hoja que yo tiré.

O hubiera hecho una copia. O —lo peor— hubiera estado observándome cuando los encontré.

Debajo del dibujo, escrito con tinta negra: “No mires hacia otro lado.” Sentí cómo la sangre se me iba del rostro.

Ese mensaje no era una advertencia. Era un mandato.

Un mandato de alguien que sabía que yo estaba intentando huir.

De alguien que no quería que yo desviara la mirada.

Literalmente. Metafóricamente. Como fuera.

Empecé a retroceder, hasta que choqué con una mesa.

No respiraba. No podía. Mi cuerpo estaba paralizado.

Y entonces lo escuché. Un golpe seco. No dentro del aula.

No detrás de mí. No en el pasillo. En la ventana.

Como si alguien hubiera tocado el cristal.

Un gesto suave. Preciso. Deliberado. Me giré lentamente.

El patio estaba vacío. Pero no era una figura.

Ni un rostro. Era una sensación. Como si alguien acabara de apoyar su mano en el cristal, justo donde ahora se formaba un pequeño círculo de vaho que se desvanecía lentamente.

Pude sentirlo. No estaba sola. No lo había estado en meses.

Y entonces lo entendí con absoluta claridad: la persona que envió el mensaje no estaba lejos.

Estaba conmigo. Demasiado cerca. El dibujo.

Los ojos. Las sombras. El mensaje. No era coincidencia.

Era un aviso final. Y yo ya no tenía escapatoria.