12
La noche del espejo
Volví a casa esa tarde intentando convencerme de que todo había sido una exageración.
La cinta en la puerta. El papel en el suelo.
El ruido en el pasillo. Sophie temblando.
Yo negándolo todo. Me repetí mil veces que estaba cansada.
Que eran casualidades. Que no podía seguir viviendo con la sensación de que cada sombra llevaba su nombre.
Pero la mentira se me caía a trozos incluso antes de llegar a mi portal.
Subí las escaleras despacio, con esa ansiedad que aparece cuando sabes que algo no está bien, pero no quieres descubrir el qué.
Saqué la llave. Respiré hondo. Abrí. La luz del recibidor me pareció distinta.
Ni más fría. Ni más cálida. Solo… ajena.
Como si la hubiera encendido alguien que no era yo.
Dejé el bolso en la silla, me quité el abrigo y fui directa al baño para lavarme la cara.
Tenía ojeras. Tenía nervios. Tenía un temblor que ya no sabía esconder.
Encendí la luz. Y ahí lo vi. El espejo de la pared.
Mi espejo. Mi espejo rectangular, con marco blanco.
El de siempre. Solo que no era el de siempre.
No estaba completo. Un frasco. Un detalle mínimo.
Frágil. Pero importante solo para mí. Mi perfume.
El que usaba todos los días. El que siempre estaba en la balda derecha, junto al desmaquillante.
No estaba. Miré el mueble entero. Abrí las puertas.
Revisé la repisa. El estante. Nada. No estaba.
No se había caído. No lo había movido. Simplemente…
había desaparecido. Sentí un latigazo por dentro.
Porque ese perfume no valía mucho dinero.
No era una joya. Un ladrón no lo elegiría.
Pero él lo habría escogido. Sí. Exactamente él.
El mismo que había entrado en mi casa antes, sin romper nada, sin forzar cerraduras.
El mismo que había dejado mi horquilla. El mismo que no quería robar.
Quería entrar. Tocar. Y entonces cedió dentro de mí.
Sin ruido. Sin aviso. Más peligroso que el miedo.
Una certeza. No estaba volviéndome loca.
No eran imaginaciones. No era estrés. No era paranoia.
Había alguien jugando conmigo. Y esa persona sabía cosas.
Sabía cómo olía. Sabía qué usaba. Sabía dónde vivía.
Sabía qué tocaba cada mañana. El perfume no era un robo.
Era una firma. Un mensaje. Un recordatorio de que podía entrar.
De que ya había entrado. De que, si quería, podría hacerlo otra vez.
Susurré un “no” sin voz. Un susurro dirigido a nada, a nadie…
o tal vez dirigido al miedo mismo, que crecía en mí como un animal herido.
De repente, mi móvil vibró. Un mensaje de Sophie: “Emma, ¿llegaste bien a casa?” Me apoyé en la pared del baño, incapaz de contestar.
Las lágrimas empezaron a caer sin permiso, silenciosas, pesadas.
Sophie me conocía demasiado. Ella notaría mi silencio.
Ella insistiría. Pero… ¿y si él también lo hacía?
Me limpié la cara. Miré mi reflejo. La Emma del espejo no se parecía a mí.
Tenía los ojos más abiertos, como si esperara que alguien apareciera detrás de ella al girarse.
Tenía la piel más pálida. El miedo más marcado.
Una Emma que ya no sabía si su casa era un hogar o una trampa.
La noche empezaba a caer fuera. Y yo tenía la sensación de que la oscuridad no venía de la calle…
sino de dentro del baño, de mi espejo, o de ese espacio vacío donde debería estar mi perfume.
La ausencia pesa más que lo que está. Ese fue mi primer pensamiento cuando entendí que ya no estaba sola.
Sophie entra donde yo no quería que entrara.
No pasaron ni diez minutos desde que vi el hueco vacío en el baño cuando escuché los golpes en la puerta.
No timbres. Golpes. Suaves, insistentes, casi temblorosos.
—Emma… soy yo. Sophie. Sentí el estómago hundirse.
No quería que me viera así. No quería mentirle más.
Pero tampoco quería que entrara en mi casa…
en esta casa, donde ya no sabía quién había estado antes que yo.
Me acerqué y apoyé la frente en la puerta sin abrir.
—Sophie, estoy bien —mentí.—No… —su voz se quebró—.
No estás bien. Y no voy a irme. Otra serie de golpes, más firmes esta vez.
—Emma, por favor… ábreme. Respiré hondo.
Conté hasta cuatro. Y abrí. Sophie me miró una fracción de segundo…
y su expresión cambió como si alguien le hubiera arrancado la respiración.
—Dios, Emma… estás blanca. Yo parpadeé. Ella entró sin pedirme permiso, como si supiera que, si no lo hacía así, no la dejaría pasar.
Le cerré la puerta detrás. Me quedé quieta, sin saber qué decir.
Sophie dejó su bolso en el suelo y me tomó las manos con fuerza.
Sus dedos estaban fríos. —¿Qué ha pasado?
Una pregunta pequeña. Simple. Devastadora.
Toqué mi muñeca sin darme cuenta, un gesto automático cuando estoy nerviosa.
—Nada, solo… he tenido un día largo. Ella negó con la cabeza antes de que terminara de hablar.
—No. No me lo creo. —Me soltó una mano para tocarme la mejilla—.
Has llorado. Me aparté, suavemente. Sophie no era tonta.
Nunca lo fue. Tiene esa forma incómoda de percibir lo oculto en lo evidente.
—Emma… —susurró—. Estás temblando. No me había dado cuenta hasta que ella lo dijo.
Tomé aire, intentando no mirar al baño. Intentando no mirar el pasillo.
Intentando no mirar ahí, donde la ausencia de mi perfume seguía brillando como una advertencia.
—Sophie… —tragué saliva—. No quiero hablar de esto.
Ella clavó sus ojos en los míos. No los apartó ni un segundo.
—¿De qué, Emma? Ahí estaba otra vez: su voz suave, pero con esa firmeza que solo usan los que te quieren de verdad, aunque no comprendan el dolor.
Sentí que una parte de mí quería contarlo todo.
Abrir la boca y dejar que saliera: la cinta en la puerta, la horquilla, la sensación de ser seguida, los pasos detrás de mí, el perfume desaparecido.
Pero la otra parte, la parte más rota, más asustada, más frágil…
esa parte solo quería silencio. —Solo… —miré al suelo—.
No puedo ahora. ¿Vale? Sophie dio un paso hacia mí.
Me abrazó. Un abrazo lleno de miedo, no de consuelo.
Un abrazo que decía: “Sé que algo va mal. Sé que no me lo dices. Y sé que eso es peor.” Me dejé abrazar.
Fue entonces, tras semanas de sombras, cuando mi cuerpo reconoció la forma de otro cuerpo.
—Emma… —murmuró en mi hombro—. ¿Alguien te ha hecho daño?
El corazón me martilleó las costillas. Ese “alguien” .
Esa palabra. Ella lo intuía. Tal vez sin entenderlo del todo.
Pero su instinto iba delante de mí. —No —susurré.
Sophie me separó del abrazo para mirarme bien.
Me sostuvo firme por los brazos. —¿Y esto?
—preguntó, señalando mi muñeca con una mirada aguda.
Miré. La piel estaba enrojecida. Una marca que yo misma me había hecho al apretarme sin darme cuenta.
Me recosté en la pared. Las piernas me temblaron.
Sophie tragó saliva, como si estuviera procesando lo que no quería aceptar.
—Emma… —dijo—. Dime que estoy equivocada.
Dime que nadie está entrando en tu casa.
Y ahí, como si el mundo hubiera decidido apretar el gatillo, sentí que el aire se me rompía por dentro.
No contesté. Ese silencio… ese silencio lo dijo todo.
La cara de Sophie se descompuso. —Dios mío…
—susurró—. Emma… Di un paso hacia atrás.
Tenía la garganta cerrada, como si mis palabras hubieran sido tapiadas con piedra.
—Sophie… no… no lo sé. Ella me tomó la mano otra vez, con un miedo nuevo.
—¿Quieres que me quede contigo? —preguntó en voz baja.
Yo miré el pasillo, por donde la sombra del espejo parecía deslizarse como un recuerdo.
Y luego la miré a ella. —No sé qué quiero —confesé—, pero no quiero estar sola.
Sophie asintió. Y cerró la puerta con el pestillo.