Capítulo 30
C omenzar a conocer a alguien justo cuando tenía que salir de viaje era una putada en toda regla.
Justo cuando las cosas entre ellos se habían vuelto serias había tenido que decirle «adiós».
Las primeras jornadas fueron complicadas, pero su hermana y sus amigos se pasaron todos los días por la librería, aunque ella no estuviera del todo segura de si lo hacían porque querían animarla o por cotillear un poco sobre su relación.
Quizá un poco de cada, decidió con una sonrisa.
Sarah incluso se mostró comprensiva con el hecho de que Emily hubiese conseguido novio antes que ella.
Sin embargo, conforme pasaban los días, se estaba volviendo más y más complicado no tenerlo cerca, lo que era extraño dado que se había pasado toda la vida sin él.
Esa mañana, en la que todavía quedaba más de una quincena para que Kingston regresara, Emily estaba en su despacho de la librería contestando correos y contando los días que faltaban para que él terminara la gira y volviera a su lado.
Hablaban todos los días, incluida la noche anterior, y había ocasiones que trataban de darle cotidianidad a su separación cocinando y leyendo juntos a través de videollamadas, pero no era lo mismo. Echaba de menos sentirlo, oler su aroma...
Justo cuando acababa de descubrirlo tenía que compartirlo con sus fans.
Escuchó un revuelo fuera, ya que, como siempre, tenía la puerta abierta, pero no le hizo caso, segura de que la señora Collins se había puesto exigente. No obstante, apartó la mirada del ordenador cuando notó que había alguien en la puerta.
Parpadeó temerosa de que sus ojos la estuvieran engañando.
—¿De verdad estás aquí? —le preguntó a la aparición.
Él rio.
—Te echaba de menos y hasta dentro de tres días no tengo otra presentación.
Demasiada información para que fuera el producto de su imaginación.
Se puso de pie a toda prisa, casi tirando la silla, y se lanzó a sus brazos.
El beso, potente como un estallido, comenzó suave como un suspiro. Su boca se movió sobre la suya con exquisita lentitud, explorando, probando, saboreando, tentando. Fue un beso eterno que apenas duró lo que un parpadeo.
Emily entreabrió los labios, mirándolo con deseo.
Kingston sonrió antes de besarla una vez más...
para explorar con la lengua el dulce interior de su boca.
Aquello era lo que durante tanto tiempo había estado esperando y su secreto ya no se interponía entre los dos.
Libres de excusas, el beso fue creciendo en intensidad y ardor.
—¿Deberíamos cerrar la puerta? —susurró él regándole el cuello de besos.
—Sí. Te he echado de menos.
—Y yo a ti.
Se separó de ella un instante y cerró la puerta con seguro.
Emily sintió que se habían separado durante mucho tiempo, por lo que lo abrazó. Y Kingston la besó ávida y desesperadamente. Se detuvo para asir su mano y empujarla hasta el pequeño sofá que usaba para leer.
La dejó con cuidado y se posicionó sobre ella para desenvolver el regalo que había debajo de su ropa.
Con manos temblorosas le levantó el vestido y tiró de este para sacárselo por la cabeza. Hizo lo propio con la ropa interior, dejándola expuesta para él.
—Eres preciosa.
Ella rio.
—Tú también eres guapo. —Levantó los brazos y tiró de su ropa—. Y también quiero verte.
Kingston se dejó hacer, permitiéndole que le quitara la ropa y ayudándola cuando esta quedó atascada.
—Tienes ventaja —la acusó—, deja que te quite lo que falta.
La besó en el vientre e hizo lo propio con sus pechos. Volvió a besarla en los labios hasta que los dos estuvieron deseosos de algo más.
Marcando un ritmo lento que abrasaba a Emily de impaciencia, Kingston saboreó su piel con los labios y la lengua mientras ella se arqueaba en el sofá para facilitarle el acceso. Él respondió a su gesto con un gemido gutural, profundo, que disparó la excitación de Emily a lo largo de sus venas.
Ella gritó de nuevo cuando tiró de sus piernas para colocarla como deseaba y hundió la cabeza entre ellas, dispuesto a saborear cada delicioso rincón de su cuerpo.
Emily perdió la capacidad para pensar cuando la maravillosa tortura que tenía lugar entre sus piernas la llevó a un clímax tan intenso como inesperado.
En medio de su ensoñación, notó como Kingston se movía en busca de sus pantalones y sacaba algo del bolsillo.
—Eras un hombre con un plan —bromeó ella todavía entre la bruma del éxtasis.
—Más bien con un sueño.
Unos segundos después, empujaba dentro de ella con tanto ardor que Emily estaba segura de que iba a romperse de nuevo.
El momento llegó tan rápido como había esperado y se perdió en las sensaciones...
—Te he echado mucho de menos —susurró Kingston mientras la pegaba a su costado.
—¿Te refieres al sexo? —preguntó ella con una risita satisfecha.
—Eso también.
Ella se abrazó más fuerte a él.
—Eres perfecta para mí, lo supe desde el momento en que te vi en medio de Dear Reader.
Ella sonrió sobre su piel.
—No mientas, te caí mal de inmediato.
—Eras demasiado guapa. Me pusiste nervioso.
Ella se rio soplando aire cálido sobre su pecho.
—¿Crees que adivinen lo que hemos estado haciendo? —preguntó Emily, de repente preocupada por lo que estuvieran pensando Steve y Amy.
Kingston rio.
—¡Seguro! ¿Cuántas veces has cerrado la puerta desde que tomaste las riendas de la librería?
Ella escondió la cabeza en su pecho, mientras gemía de consternación.
Kingston en cambio, rio de buena gana.
Había merecido la pena coger dos vuelos y perder once horas solo para poder estar con ella un par de días. La había echado de menos y las videollamadas ya no eran suficientes para él.
—¿Te quedas en mi casa estos días?
—No vas a poder echarme ni con ayuda.
Emily rio.
—No tenía intención de hacerlo. Puede que incluso me coja un par de días libres.
—O puedes volver a contratarme sin sueldo y venir yo a ayudarte. El sofá no es tan incómodo como esperaba —bromeó—; eso sí, vas a tener que darme de cenar para compensar mis esfuerzos.
—Sin problemas. Todavía me quedan un montón de restaurantes de la lista que me pasó Jacob.
—Estoy deseando visitarlos todos contigo.
—Lo mismo digo —dijo, acurrucándose más contra él.