Capítulo 29
E mily estaba nerviosa. Kingston era un experto en el romance, se ganaba la vida con él y ella no sabía si estaría a la altura de sus expectativas.
Había leído cientos de historias en las que la química entre los protagonistas era innegable, y era evidente que entre ella y Kingston saltaban chispas incluso cuando ninguno de los dos soportaba al otro y, aun así, no podía evitar estar nerviosa y preocuparse ante la posibilidad de decepcionarlo.
Durante el día, todo entre ellos había sido fácil, sencillo, excitante.
Estar cerca de él era cómodo, emocionante.
Habían cocinado juntos, paseado por la orilla de la playa, deshecho las maletas en el dormitorio que iban a compartir; y en esos instantes, cuando solo les quedaba el último paso, Emily no podía evitar preocuparse por estar a la altura.
Sabía que no era una heroína romántica que cautivaría al protagonista solo con un beso, pero deseaba serlo. Deseaba ser la clase de mujer que volvía locos a los hombres con un guiño travieso y un beso apasionado.
Durante los instantes más críticos de su trance estuvo tentada de encender su teléfono y hablar con sus amigos. Quizá necesitaba una segunda opinión o alguien que la tranquilizara y le dijera que no había nada por lo que preocuparse.
O tal vez debía de dejarse de ridiculeces y asumir que estaba en el mundo real en el que las cosas no siempre terminaban bien, pero en el que la gente se esforzaba y hablaba abiertamente sobre lo que le preocupaba.
Nunca había sido una cobarde y no iba a empezar a serlo justo cuando tenía al hombre de sus sueños esperándola al otro lado de la puerta.
Salió del baño cuando ya no pudo dilatarlo más sin provocar que Kingston pensara que se había puesto enferma.
Él estaba de pie junto a la cama, como si también se sintiera tan inseguro como ella.
—¿Qué lado prefieres? —preguntó con los ojos clavados en ella.
—El más alejado de la puerta.
Asintió y se puso en el lado correcto.
Se tumbó en la cama y la observó a ella dar vueltas antes de tumbarse a su lado.
—¿Va todo bien?
—Estoy nerviosa —confesó, sin ambages. La pura verdad.
—¿Por qué?
—Tú... eres un experto.
—¿Perdón? —Había una pizca de incredulidad y diversión en su tono.
Ella frunció el ceño.
—He leído tus novelas —explicó—, haces cosas...
—Mis personajes hacen esas cosas, no yo.
—Pero salen de tu imaginación, de...
Él volvió a cortarla.
—Dejémoslo en mi imaginación.
—Yo..., me preocupa decepcionarte.
Kingston decidió que había ocasiones en las que las palabras sobraban, esta era una de ellas, por lo que se inclinó sobre Emily y la besó.
Sin explicaciones, sin discursos, solo con sus actos, dejando al descubierto la verdad que llevaba tiempo escondiendo, incluso de sí mismo, lo mucho que le gustaba, lo que la deseaba.
La boca de ella se entreabrió para recibir sus besos.
Kingston la besó con una intensidad que le robó el aliento.
Su lengua encontró la de ella y ambas se buscaron con una familiaridad ardiente, húmeda y tentadora.
Emily le rodeó los hombros con los brazos y lo atrajo aún más hacia sí misma, hasta que él pudo sentir el acelerado latido de su corazón contra el pecho.
La necesidad de tocarla era tan abrumadora que su cuerpo comenzó a temblar de anticipación.
La desnudó con reverencia y con una urgencia contenida.
Después inclinó la cabeza y recorrió su piel con lentitud, deleitándose en sus pezones y alternando caricias y besos que arrancaron de Emily un suspiro estremecedor.
Cada roce parecía encender una nueva chispa, propagando el placer por todo su cuerpo.
El deseo le exigía precipitarse, pero Kingston quería saborear cada instante.
Por eso descendió despacio, dejando un reguero de besos sobre su vientre mientras sus manos exploraban con delicadeza la curva de sus caderas.
Después le hizo subir las rodillas y se las separó despacio.
Y entonces la envolvió con su boca delicadamente.
La torturó durante unos minutos, en que los suaves gemidos de Emily, cada vez más entrecortados, terminaron convirtiéndose en su propia perdición. Escucharlos lo llevó al borde de la locura.
Cuando finalmente ella alcanzó el clímax, el mundo pareció quedar suspendido durante un instante. Entonces Kingston levantó la cabeza y la contempló. La emoción y el deseo se mezclaban en su mirada mientras se acercaba de nuevo a ella.
Él todavía llevaba puesto el pijama, lo que era un problema.
Sin dejar de mirarlo, Emily se incorporó un poco y se dispuso a desabotonarle la camisa, al tiempo que cubría de besos cada pedazo de piel que iba quedando al descubierto.
Kingston se dejó hacer. Cuando ella terminó con su pecho, llevó las manos a sus pantalones y se los bajó hasta los tobillos, junto con los calzoncillos.
Dirigió su mano hasta la zona que le daba tan alegre bienvenida y la sintió suave y dura, tentadora.
Kingston soltó un gemido ahogado cuando sintió los dedos de Emily cerrarse a su alrededor.
Con una sonrisa traviesa se separó un poco para verlo mejor.
A continuación, lo lamió y trató de engullirlo por completo. Sin embargo, no pudo abarcarlo y tuvo que usar sus manos para atender la parte que su boca no podía cubrir.
Kingston no se quedó quieto, le acarició los pechos y atrapó un pezón.
Sintió que su vientre se tensaba, por lo que la apartó con rapidez.
—¡Suficiente! —murmuró con una voz ronca que sonó casi como una súplica—. Necesito estar dentro de ti. —Su voz sonó a ruego—. Quizá, después...
Ella aceptó y permitió que él la recolocara en la cama.
Kingston se posicionó entre sus piernas, tentándola mientras abría el preservativo; y una vez colocado, ni siquiera le dio tiempo a esperarlo, la embistió demasiado perdido por el deseo como para ser cuidadoso.
Emily gritó, mezcla de sorpresa y placer, y el sonido enloqueció a Kingston, que levantó las caderas y arremetió con profundidad y persistencia.
Siguió moviéndose en su interior, su raciocinio quedó reducido únicamente a sus respiraciones, sus caricias y la forma en que se aferraban el uno al otro.
Más tarde, ambos se precipitaban al mismo tiempo hacia un clímax tan intenso que los dejó exhaustos aferrándose entre sí.
—Ha sido increíble —dijo Kingston apretándola más contra su pecho—. Tú eres increíble.
—Lo somos los dos.