Capítulo 28
E l viaje hasta los Hamptons les llevó menos de cinco horas. Aun así, Emily se quedó dormida en el coche mientras Kingston conducía.
En cuanto llegó a casa, la noche anterior, se puso a preparar una maleta para dos días; el problema fue que dudó tanto entre lo que llevar y lo que no, que apenas pudo dormir cuatro horas antes de que le sonara el despertador.
También avisó a Steve de que no iba a ir a trabajar el lunes; a su hermana, a Daniel y a Morgan de que se iba un par de días a los Hamptons, y apagó el teléfono para evitar que la apedrearan a preguntas.
No quería adelantar acontecimientos ni pensar en nada más allá de que iba a pasar unos días con Kingston, que estaba soltero y que le había confesado que le gustaba.
Por primera vez estaba dispuesta a dejarse llevar. A tener los pies en la tierra y disfrutar de lo que tenía.
Se despertó quince minutos antes de llegar a su destino. Kingston se rio de ella acusándola de roncar:
—He tenido que silenciar a Taylor porque tu ronquido era más alto que su voz.
—Muy gracioso, pero yo no ronco.
—Te aseguro que lo haces. La próxima vez te grabaré.
Emily se negó a aceptar la posibilidad de que fuera cierto y estuvieron peleando en broma hasta que el coche se detuvo en la entrada de la casa de su familia, que se alzaba al final de un camino de grava blanca que crujía bajo las ruedas como si anunciara cada llegada.
No era una mansión ostentosa de columnas imposibles; era grande, sí, pero elegante, sin las pretensiones de algunas de las viviendas que Emily había visto por el camino.
Las fachadas estaban revestidas con tejas de cedro gris plateado, desgastadas por la brisa salina del Atlántico hasta adquirir el color de las nubes antes de una tormenta de verano.
Había grandes ventanales que ocupaban casi toda la parte trasera de la vivienda, reflejando el cielo cambiante y haciendo que, desde cierta distancia, la casa pareciera fundirse con el paisaje.
—Es muy bonita.
—Dejemos las maletas y te la enseño por dentro.
En el interior, la luz era la verdadera propietaria.
Entraba por cada rincón, rebotando en las paredes color marfil, en las vigas de madera blanqueada y en los suelos de roble claro.
Los espacios estaban abiertos unos a otros, sin puertas innecesarias, como si la casa hubiera sido diseñada para que las conversaciones viajaran libremente de una habitación a la siguiente.
El salón giraba alrededor de una chimenea de piedra desgastada por los años. Sofás amplios cubiertos con lino color arena invitaban a descalzarse y olvidarse del reloj. Había libros apilados en mesas auxiliares, mantas descuidadamente dobladas y jarrones con lirios recién cortados del jardín.
En el exterior había una piscina alargada que se extendía entre extensiones de césped impecable.
Más allá crecían matas de lavanda, rosas blancas y hierbas silvestres agitadas por el viento marino.
Al fondo, un sendero de madera conducía hasta una pequeña duna desde la que podía escucharse el rumor constante del océano, aunque este permaneciera oculto.
Una vez que Kingston fue a por las maletas, Emily se dio cuenta de que ni siquiera había pensado en la distribución para dormir. La casa tenía cuatro dormitorios, por lo que no era necesario que compartieran uno; si lo hacían sería de un modo consciente y no por necesidad.
Se quedó parada en medio del salón, debatiéndose entre dejar que Kingston tomara la iniciativa o hacerlo ella.
Se puso nerviosa cuando escuchó el ruido de las ruedas del equipaje cerca. Fuera lo que fuera que decidiera iba a tener que hacerlo en ese instante.
Habló del tirón, nerviosa pero decidida:
—¿Podemos quedarnos en el dormitorio que tiene ese balcón increíble? —pidió.
Kingston sonrió, encantado con la idea; no de que se quedaran en un dormitorio en concreto, sino de que fueran a compartirlo.
—Ese era el plan.
—¡Bien! Deja que te ayude.
—No te preocupes por eso, dejaré los bártulos e iré a hacernos un sándwich. La verdad es que estoy hambriento.
—¿Hay comida aquí?
Él se rio.
—Por supuesto. Los guardeses de la casa se encargaron de que estuviera preparada. ¿O acaso crees que las flores son de plástico? —bromeó.
—La verdad es que ni siquiera lo había pensado.
Kingston pasó por delante de ella con las dos maletas, se inclinó y le dio un beso rápido en los labios.
—Ahora bajo y comemos algo.
Asintió.
—¿Podemos hacerlo fuera?
—Podemos hacer lo que quieras.
Tal y como había querido Emily, comieron en la terraza, absorbiendo el aroma de las flores y del agua salada. Charlaron sobre todo lo que se les ocurrió y ambos se permitieron ser naturales, se sentaron cerca, se rozaron e incluso se besaron de forma natural, sin imposiciones ni restricciones.
—Voy a echarte de menos durante la gira —dijo él en un momento en medio de la conversación.
—Y yo a ti, pero podemos hablar por videollamada.
Kingston la miró con picardía.
—¿Es eso un eufemismo?
—¿Perdón?
—¿Me estás ofreciendo sexo telefónico?
Ella se rio con las mejillas sonrojadas.
—La verdad es que no lo había pensado, pero tampoco descarto la idea.
—En ese caso, oferta aceptada —dijo con un guiño pícaro.
Al caer la tarde, cuando el sol teñía de dorado las ventanas y las cigarras comenzaban su concierto, la casa se transformó. Dejó de ser una construcción anclada al suelo para convertirse en una especie de refugio suspendido entre el lujo y la sencillez.
Kingston había escrito cientos de besos.
Había inventado declaraciones que habían hecho suspirar a miles de lectoras, construido escenas románticas bajo la lluvia, en castillos escoceses, en cafeterías parisinas y en áticos neoyorquinos.
Pero aquella tarde, en la casa de los Hamptons, descubrió algo que ninguna novela le había enseñado: qué hacer cuando el corazón implicado era el suyo.
No preparó pétalos sobre la cama ni velas estratégicamente colocadas. Eso pertenecía a sus personajes sobre los que escribía.
Preparó lo que sabía que le gustaba a ella.
Mandó llenar la nevera con sus aperitivos favoritos.
Encargó flores que no parecieran un gesto grandilocuente, sino algo natural.
Se aseguró de que la terraza estuviera lista para cenar al atardecer y de que hubiera mantas suficientes para cuando el aire del océano refrescara después de la puesta de sol, y llenó de libros las estanterías, porque sabía que Emily no podría estar un día sin leer y para él, hacerlo junto a ella, tumbados en una hamaca, en la orilla de la playa o en el sofá, era uno de los planes más románticos que podía imaginarse compartiendo con ella.
Sobre todo si ambos leían el mismo libro.
Su primera noche juntos llegó despacio. El océano rugía a lo lejos y las ventanas abiertas dejaban entrar el olor a sal.
Hablaron durante horas, sentados en los escalones de la terraza, compartiendo una botella de vino y conociéndose un poco más a fondo de lo que ya se conocían.
Era difícil trabajar con alguien y no estar al tanto de lo que le gustaba comer, de sus tics, sus manías o sus preferencias.
Ellos ya sabían del otro a ese nivel, en esos instantes estaban descubriéndose del modo en que lo hacían los amantes.