Emily y el rey de picas (Reyes del juego 2) Capítulo 27
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Capítulo 27

A l final Kingston se marchó de la fiesta sin que pudieran hablar. Realmente intentó acercarse a él un par de veces y, aunque llegaron a hablar un poco, no lograron estar a solas más que unos minutos. De modo que, fuera lo que fuera lo que Kingston quería decir, no llegó a hacerlo.

El sábado no fue a la librería. Estaba agotada y necesitaba darse un respiro.

Por eso cuando sonó su teléfono se preocupó de que fuera Steve para contarle que había sucedido algo en Dear Reader. Su hermana se quejaba de que no sabía delegar y era cierto, no estar en su librería le causaba cierta ansiedad.

A punto estuvo de caérsele el teléfono al suelo cuando vio el nombre que aparecía en pantalla.

—Hola.

—Hola, Emily, ¿te pillo bien?, ¿puedes hablar?

—Sí, claro. Estoy en casa.

—Lo sé. Me he pasado por la librería y Steve me ha dicho que hoy no has ido.

—¡Oh! Lo siento, no sabía que fueras a pasarte.

—Sí, quería despedirme de él y de Amy y, por supuesto, de la señora Collins.

Ella rio.

—Imagino que no se ha tomado muy bien que te vayas.

—No ha ido mal. Ha prometido leer todo lo que escriba, así que he ganado otra lectora.

—Te ha engañado. Esa mujer ya era tu fan antes de conocerte.

Él también se rio.

—Lo sé, pero ha sido muy bonito cuando me lo ha dicho.

—Eres un blando —se burló en broma.

—Me has pillado. ¿Tienes planes para esta noche?, ¿va Daniel a organizar una fiesta o tuvo suficiente con la de ayer?

—No tengo planes, ¿por?

—¿Te apetecería cenar conmigo? Creo que me debes alguna que otra cena.

—¿Todavía quieres que pague por tus servicios?

Durante unos segundos la línea se quedó en silencio. Emily repitió mentalmente sus palabras por temor a haber dicho algo ofensivo.

—No. Quiero tener una cita contigo.

—¿Sigues soltero? —preguntó armándose de valor.

—Soltero y sin compromiso.

—¿Qué te parece la comida vietnamita?

—Que está muy rica.

—En ese caso tengo el restaurante perfecto para esta primera cita que propones.

—Suena de maravilla lo de primera cita, pero creo que hemos tenido algunas más.

—Lo siento, pero sin beso no hay cita.

King se rio de la ocurrencia.

—Sin duda una regla estupenda. Te recojo a las cinco.

—Aquí estaré —dijo y colgó sintiéndose tonta—. ¿En serio, Emily?, ¿«aquí estaré»? ¿No podías decir algo más ridículo?

Bajó cuando Kingston le avisó que estaba en su puerta. Había optado por un vestido negro lencero, corto hasta la rodilla, tacones y una blazer del mismo color. En esta ocasión, solo sus labios rojos destacaban entre el tono oscuro de su atuendo.

—Estás preciosa.

—Gracias, tú también estás muy guapo —le dijo mientras entraba en el coche y él sujetaba la puerta.

Una vez dentro del vehículo, Emily puso la dirección en el GPS y se relajó en el asiento.

Debería de estar nerviosa, era su primera cita con un hombre que de verdad le gustaba, y, a pesar de todo, no lo estaba.

No era la primera vez que estaba a solas con él, se sentía cómoda a su lado, y lo mejor de todo era que en esos instantes no tenía por qué disimular que se sentía atraída por él.

Gracie Abrams sonaba de fondo mientras el tráfico los engullía.

El restaurante vietnamita que había escogido Emily ocupaba un local estrecho y profundo, típico de muchos negocios neoyorquinos. Al cruzar la puerta, el ruido de la ciudad quedaba amortiguado por una atmósfera cálida impregnada de aromas a caldo especiado, hierbas frescas y cítricos.

En su investigación había visto fotografías, leído la carta, pero nada de eso le ofrecía la sensación de calma y encanto que se sentía al estar allí, absorber el aroma de los platos y la calidez del ambiente.

Las paredes alternaban ladrillo con paneles de madera oscura.

Del techo colgaban lámparas de bambú que proyectaban una luz dorada y suave sobre las mesas, cubiertas con pequeños jarrones de flores blancas y recipientes de cerámica para las salsas.

En un rincón, varias plantas tropicales aportaban un toque de frescura, mientras que fotografías en blanco y negro de Hanói y Ciudad Ho Chi Minh decoraban los muros.

El mobiliario era sencillo pero acogedor: mesas de madera pulida, sillas negras de líneas minimalistas y bancos corridos tapizados junto a las ventanas. Desde algunas mesas podía verse la cocina parcialmente abierta, donde el vapor ascendía constantemente de grandes ollas.

La carta giraba en torno a los sabores tradicionales vietnamitas.

Los clientes acudían, sobre todo, por los enormes cuencos de pho , una sopa aromática de caldo cocinado durante horas con fideos de arroz, carne y abundantes hierbas frescas.

También eran populares los bánh mì , bocadillos de pan crujiente rellenos de carne marinada, verduras encurtidas y cilantro; los gỏi cuốn , rollitos frescos envueltos en papel de arroz; y los platos de arroz con pollo a la parrilla, cerdo caramelizado o gambas.

En cada mesa nunca faltaban los acompañamientos: brotes de soja, albahaca tailandesa, lima cortada en gajos, chile fresco y diversas salsas que permitían personalizar cada plato.

El resultado era un espacio informal y animado donde el aroma de las especias y el diseño del local hacían que los clientes disfrutaran más de los platos que les servían.

Un camarero los acompañó hasta su mesa, y no habían hecho nada más que sentarse cuando Kingston se lanzó de cabeza a la piscina.

—No estoy comprometido con Grace, como te dije nunca lo he estado, solo que ahora mi familia ya está al tanto de que jamás lo estaré.

Emily asintió, un poco conmocionada por el arranque de sinceridad y el hecho de que hubiese hablado con su familia del tema.

—¿Viajaste para eso?, ¿para decírselo?

—Sí. Grace y yo siempre nos hemos visto como amigos. No me había dado cuenta hasta hablar con Sarah y Daniel de que el resto del mundo realmente nos veía como una pareja comprometida.

—Entonces, ¿estás soltero?, ¿oficialmente?

Kingston sonrió.

—No te habría pedido una cita si no lo estuviera.

—Yo también estoy soltera —bromeó ella—, por si te lo preguntabas.

—Es bueno saberlo.

El camarero llegó para tomar nota de sus bebidas y ofrecerles la carta, y la conversación se paralizó unos minutos en favor de la comida.

La cena transcurrió entre coqueteos y sonrisas. Emily la estaba disfrutando mucho hasta que Kingston, en su recién descubierta actitud directa, le lanzó una bola curva:

—Me gustaría ver si nuestra relación puede convertirse en algo más. Realmente me gustas mucho. El problema es que el miércoles comienza la gira promocional de mi novela y estaré fuera poco más de un mes. Por ello, me preguntaba si te apetecería pasar unos días conmigo en los Hamptons.

—Sí.

Kingston sonrió encantado porque ni siquiera hubiese fingido pensárselo.

—Podríamos salir mañana y regresar el martes por la mañana para que solo pierdas un día de trabajo. Así, yo mismo podría preparar mi maleta y todo lo que he de llevarme a la gira.

—Suena bien y, King, tú también me gustas mucho.

Después de eso no hablaron de otra cosa más que de los Hamptons y lo que podían hacer allí un par de días juntos.

—Lo ideal sería conocernos. —Se rio Emily.

—Ya nos conocemos —apuntó él—. Llevamos trabajando juntos semanas, he aprendido muchas cosas de ti.

—Ya me había dado cuenta de que me mirabas mucho —se burló.

—Supongo que ser sutil no es lo mío.

—No te creas —siguió con la broma—, me engañaste la primera vez que nos vimos.

Fue Kingston quien se rio al recordar su primer encuentro.

—Por cierto, Grace vino a verme el otro día. Después de que te fueras de viaje.

Él la miró con fingido temor.

—Dime que no se montó ningún escándalo en Dear Reader. Sé que no te cae muy bien.

—Eso era antes —zanjó muy seria.

Salieron del restaurante eufóricos, no solo por la comida, sino por todo lo que habían acordado, las conversaciones y lo bien que lo habían pasado.

Kingston la llevó a casa, a pesar de que no quería despedirse, para que pudiera descansar antes de que volviera a recogerla para pasar dos días juntos.

—Buenas noches, Em, lo he pasado muy bien esta noche —dijo, antes de inclinarse sobre ella para besarla.

Emily no pudo siquiera responder, Kingston selló sus palabras con un beso. Ella entreabrió los labios y sus lenguas se encontraron en una dulce rivalidad por dominar al otro.

Dejándose llevar por el beso, Emily introdujo las manos por debajo de la camiseta de Kingston, sintiendo una piel suave y masculina, músculos y tendones...

Las manos de él siguieron su ejemplo y acariciaron sus senos por encima de la copa del sujetador. Se separaron porque estaban en la calle y no era ni el lugar ni el momento adecuado para dejarse llevar. Iban a tener dos días para conocerse a otros niveles con los que Emily solo podía fantasear.

—Ahora es oficial: esto es una cita —dijo con los ojos cargados de deseo, recordando el comentario de ella de que las citas siempre terminaban con un beso.

—La primera.

Él asintió.

—Te recojo mañana a las seis. Duerme un poco.

Emily abrió la boca para decir «aquí estaré» o «cómo voy a dormir después de ese beso», pero por suerte la cerró a tiempo.

—Hasta mañana —se despidió con una sonrisa tonta en los labios que no desapareció ni siquiera cuando se metió en la cama, agotada y emocionada por los próximos días.