Epílogo
D iez meses después
Emily estaba nerviosa y no tenía motivos para estarlo.
No era la primera vez que presentaba a un autor en su librería, aunque sí que sería la primera vez que presentaría a su novio.
Kingston había estado allí antes como autor invitado, pero en aquella ocasión se negó a que Emily hablara antes que él.
Desde entonces habían pasado muchas cosas. Su relación se había consolidado, estaban a punto de mudarse a vivir juntos, porque habían llegado a un punto en el que no dormían ni una noche separados, a pesar de que cada uno tenía su casa. Emily sentía que no podía ser más feliz.
Sus amigos y familiares, así como las chicas del club de lectura de romántica, también estaban presentes, por lo que se sentían en familia.
Aun así, cuando miró la fila de sillas ocupadas y el pequeño escenario improvisado entre las estanterías, notó cómo el corazón le golpeaba las costillas con más fuerza de la habitual.
—Respira, Em —susurró una voz a su lado.
Kingston apareció detrás de ella con una sonrisa tranquila, una de esas que siempre conseguían calmar cualquier tormenta; lo curioso era que se trataba de la misma que en un contexto diferente habría despertado en ella todo lo contrario.
Emily levantó la vista hacia él. Diez meses después seguía sorprendiéndola lo fácil que le resultaba encontrar refugio en aquellos ojos.
—Estoy bien.
—Mentirosa.
Ella soltó una carcajada.
—¿Tan evidente es?
—Solo para mí.
Y era cierto. Después de todo lo que habían vivido, Kingston había aprendido a leer cada una de sus expresiones. Sabía cuándo estaba cansada, cuándo estaba preocupada y cuándo intentaba aparentar una seguridad que no sentía.
Le tomó la mano y entrelazó los dedos con los suyos.
—Vas a hacerlo genial; y si no, tampoco es importante, porque han venido a verme a mí —bromeó fingiendo ser el Kingston de aquella primera vez, hacía un año, que se había creído el ombligo del mundo.
Emily rio.
—Tienes razón, tú eres la estrella —le siguió el juego.
Él frunció el ceño.
—Tu respuesta no está bien —se quejó—, en aquella época jamás hubieses dicho algo como eso.
Antes de que pudiera responder, Amy le hizo una señal desde el fondo de la sala. Todo estaba listo para comenzar.
Emily tragó saliva y asintió.
Aquello era ridículo. Había organizado eventos mucho más complicados. Había hablado delante de grupos más numerosos, pero nunca se había tratado de alguien tan importante para ella.
Se colocó frente al micrófono mientras las conversaciones se apagaban poco a poco.
Entonces vio a sus padres sentados junto a los de Kingston en la primera fila.
A su hermana y a sus mejores amigos: Morgan, Daniel, Sarah, Phil...
, a las chicas del club de lectura, presididas por la señora Collins, la mayor fan de Kingston sin contar a la propia Emily; a varios clientes habituales.
Y, sentado junto a ellos, su novio, el protagonista indiscutible, observándola con una mezcla de orgullo y ternura que le calentó el pecho, esperando a que fuera su turno.
De repente, los nervios desaparecieron.
Porque aquel ya no era el hombre inaccesible cuya fotografía aparecía en las solapas de los libros ni el autor endiosado que había tenido que permitir que se uniera a su equipo en la librería. Era el hombre que preparaba café cada mañana porque siempre se despertaba antes que ella.
El hombre que dejaba notas escondidas entre las páginas de las novelas que estaba leyendo, el que había convertido algo que parecía imposible en una realidad: le había dado su propia historia de novela romántica.
Emily sonrió.
—Buenas tardes a todos. Gracias por acompañarnos hoy.
Su voz salió firme.
—Cuando conocí al autor que voy a presentar esta tarde, pensé que era exactamente como aparecía en las entrevistas: brillante, distante y un poco arrogante.
Las risas recorrieron la librería.
Kingston se llevó una mano al pecho fingiendo indignación.
—Con el tiempo descubrí que solo acerté en una de esas cosas.
—¿Cuál? —preguntó él desde su asiento.
—La de arrogante.
Las carcajadas fueron más sonoras esta vez.
Emily negó con la cabeza, divertida.
—Lo que descubrí después fue a alguien generoso, inteligente y mucho más romántico de lo que jamás admitiría públicamente.
Kingston arqueó una ceja.
—Eso es difamación.
—Y también descubrí algo más.
La sala quedó en silencio.
Emily sostuvo su mirada.
—Que algunas historias de amor merecen la pena incluso cuando son totalmente improbables y dan miedo.
Durante un instante nadie habló.
Luego, los aplausos comenzaron a llenar la librería.
Kingston se puso en pie y caminó hacia ella sin apartar los ojos de los suyos.
Y cuando llegó a su lado, cuando las luces cálidas iluminaron aquella librería que había sido el principio de todo, Emily comprendió que algunas personas aparecían en tu vida como los personajes de una novela, te acompañaban y te hacían feliz temporalmente; otros, los que realmente importaban, se quedaban para escribir el resto de la historia contigo.
Fin