Capítulo 25
L a semana estaba siendo intensa a nivel de trabajo y de pendientes. La fiesta de Alice y la librería la tenían completamente estresada. Jacob quería que todo fuera perfecto el viernes, por lo que ambos habían supervisado hasta el último de los detalles.
Su cuñado solo había tenido dos exigencias: que la fiesta fuera en el Wonderland y un viernes. Con esas premisas resueltas, el resto había sido mucho más sencillo.
Jacob y ella se habían encargado de la lista de invitados, Morgan había hablado con el cocinero del restaurante y también le había hecho un vestido precioso a la cumpleañera.
Las invitaciones las había diseñado Daniel y eran digitales, para que nadie de la oficina dejara alguna a la vista y se descubriera el pastel.
Esa tarde, un día antes de la fiesta de Alice, Emily decidió darse un pequeño respiro y se escondió en su despacho de la librería.
No estaba de ánimo para las exigencias de la señora Collins, que iba cada día a quejarse de que Kingston ya no estuviera allí atendiéndola. Como si solo ella lo echara de menos, pensó.
Por instinto revisó su correo electrónico, pero no encontró nada que fuera urgente responder.
Había comenzado a perder la esperanza de que le respondiera, y se sentía tonta por revisarlo a cada instante, pero no quería que su amistad terminara del modo en que lo había hecho, con ella acabando con cualquier posibilidad de un beso entre ellos.
Amy apareció en la puerta de su despacho, que casi nunca cerraba, para avisarla de que tenía una visita.
—¿Una visita?
—Es una mujer. Dice que se llama Grace Montgomery.
—¿Disculpa?
Amy la miró confundida.
—Ahora en seguida salgo —dijo nerviosa.
No tenía ni idea de por qué Grace iría al Dear Reader, a no ser que ella también se enterara de que había ido al teatro con Kingston; no obstante, de eso hacía casi una semana, no tenía sentido que fuera a reclamarle días después.
Se levantó de su silla, se alisó el vestido, se atusó la melena y salió de su despacho.
Grace estaba plantada delante de la estantería donde estaban todos los productos de papelería de su marca. Parecía interesada en una de sus agendas.
«Bien», pensó, «si se pone a reclamarme siempre puedo tratar de sobornarla con una de esas libretas».
Respiró profundamente un par de veces y cruzó la distancia que las separaba. No le caía bien, pero estaba en su tienda y era amiga de sus amigos, razón más que suficiente para que fuera amable con ella.
—Hola, Grace, qué sorpresa verte por aquí.
La aludida se dio la vuelta, todavía con la agenda en las manos, y la miró con fijeza.
—Quería ver dónde trabajabas —anunció Grace como si nada—. Soy una persona curiosa.
Dejó la agenda en su sitio y sonrió. No obstante, no fue la típica sonrisa de suficiencia que le había visto anteriormente.
Parecía que realmente iba en son de paz, a pesar de que se había presentado vestida de punta en blanco como si fuera a comer el brunch con sus amigas posh y no a una pintoresca librería.
Solo el bolso que llevaba ya valía una pequeña fortuna, eso sin contar sus zapatos y el propio atuendo.
A los brillantes que llevaba en las orejas ni siquiera se sentía capaz de ponerles precio.
—De acuerdo. ¿Y qué te parece lo que has visto?
Grace la miró unos instantes antes de volver a hablar; por supuesto no respondió a la pregunta, sino que sacó un tema nuevo, aunque no inesperado.
—King es un buen tipo.
—Lo sé.
—Me alegro de que lo sepas. Puede parecer distante, pero es porque del mundo del que venimos no hay mucha gente de la que te puedas fiar.
—No te entiendo.
—Nunca sabes si tus amigos son tus amigos por ti misma o porque quieren acercarse a tu familia.
—Eso es muy triste.
La vio encogerse de hombros.
—Hay cosas mucho peores.
—Las hay. ¿Sabes?, esta librería era de mi padre. Nunca lo conocí. Murió antes de que yo naciera.
—Estoy al tanto. Te he investigado.
Lo dijo con una tranquilidad tan absoluta que la dejó patidifusa.
—¿Por qué?
—Puede que Daniel no me caiga del todo bien, pero es amigo de mi hermano, y Kingston es una de las mejores personas que conozco, tenía que asegurarme de que eres de fiar.
—Casi tengo miedo de preguntarte a qué conclusión has llegado.
—No eres tan mala.
Emily sonrió.
—¡Vaya! Gracias, ¿quieres una taza de café? —le ofreció de la nada—. Mi oficina es pequeña, pero el café es de lo mejor que vas a probar.
Grace pareció pensárselo unos segundos antes de asentir.
—De acuerdo, pero dime que tienes leche de almendras.
—¡Tengo! Soy intolerante a la lactosa.
La vio fruncir el ceño.
—Supongo que tenemos más cosas en común de lo que pensaba.
Emily le sonrió con sinceridad.
—Vamos antes de que te vea la señora Collins y te someta a un tercer grado.
—¿Quién es esa? —preguntó con curiosidad.
—Mi clienta más fiel y quisquillosa. Lleva toda la semana enfurruñada porque Kingston no ha venido a trabajar. Si se entera de que eres su prometida no dejará que te escapes hasta haber satisfecho su curiosidad.
Notó que Grace se había detenido abruptamente, por lo que se paró para mirarla y ver qué había hecho que lo hiciera. Su primer pensamiento fue que en verdad la señora Collins era omnipresente y la había pillado, pero no.
Grace estaba por completo inmóvil mirándola con confusión y ¿preocupación? No, de seguro no era ese el sentimiento que veía en su rostro.
—¿Sucede algo?
Ella negó con la cabeza.
—Nada que me corresponda a mí explicar. Vamos a tomar ese café que me prometiste —pidió echando a andar—. Por cierto, ¿quién es el surfista sexi?
Emily sonrió.
—Steve, mi socio en la empresa de papelería y el gerente de Dear Reader.
—Pues es un bombón.
—Definitivamente la señora Collins y tú sois almas gemelas —se burló.
—¿Sabes que King nunca me ha gustado? —dijo mientras la seguía al comedor—.
O sea, sí que me gusta, es mi amigo, me refiero a que nunca me ha gustado románticamente.
En el instituto fue mi tapadera para que mis padres no se enteraran de que estaba viendo a alguien a quien ellos jamás hubiesen aprobado.
—¿Era un delincuente? —bromeó Emily, totalmente asombrada por la revelación.
—Era un becado, en realidad.
—¡Oh! Pues te pusiste bastante posesiva para no gustarte.
—Soy una niña mimada a la que no le gusta compartir sus cosas, y King ha sido mi amigo durante tanto tiempo que lo considero de mi propiedad.
—Supongo que de una forma retorcida puede tener sentido.
Grace detuvo su andar y Emily hizo lo mismo.
—Soy retorcida —admitió—. Así que procura tratarlo bien o verás de lo que soy capaz.
—Vale.
Su respuesta breve hizo que Grace asintiera satisfecha y volviera a ponerse en marcha mientras que Emily no era capaz de entender lo que había sucedido.