Emily y el rey de picas (Reyes del juego 2) Capítulo 24
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Capítulo 24

E l martes no fue Kingston el que se presentó en el trabajo, sino Pauline. Instintivamente, Emily supo que no iba a volver y que enviaba a su agente para informarle de que su periodo de investigación en Dear Reader había terminado.

Sintió un nudo en el estómago donde no mucho antes había mariposas. Habría querido despedirse de él de otra manera. Por ejemplo, cenando juntos en el vietnamita al que tanto había querido llevarlo.

—Ha tenido que salir de viaje, sino habría venido él mismo a despedirse.

—¿Habéis adelantado la gira? —preguntó, aunque por dentro sabía cuál iba a ser la respuesta.

No había ido porque no había querido volver a verla. De hecho, desde el sábado no le había enviado siquiera un mensaje ni dado «me gusta» a ninguna de las publicaciones que había hecho en las redes sociales de la librería.

—No, ha viajado a Europa. Tenía que tratar un tema importante con sus padres, por lo que ha salido del país —dijo Pauline en un tono serio y circunspecto.

Era evidente que estaba al tanto de los motivos que habían llevado a Kingston a irse, pero Emily no tenía ningún derecho a preguntar y ella no parecía dispuesta a dárselos.

—Espero que le vaya todo bien —comentó con más tristeza en el tono de la que pretendía.

—Sí, los padres de Kingston pasan largas temporadas en Londres por motivos laborales.

—Entiendo.

La pelirroja la miró como si estuviera tratando de evaluarla.

—¿Tienes tiempo?, ¿qué te parece si nos tomamos un café?

—Suena bien. Deja que coja mi bolso.

Pauline asintió y Emily se encaminó hasta su despacho para coger sus cosas.

De regreso se topó con la señora Collins, que se dirigió a ella toda indignada, blandiendo su lupa como si fuera una espada:

—¿Dónde está King?, ¿por qué no vino ayer y tampoco lo ha hecho hoy?

—Está de viaje.

—¿Cuándo va a volver? Necesito que me recomiendo libros.

—Eso puedo hacerlo yo, o Steve, si lo prefiere. —Le tiró la caña a ver si colaba, pero la señora Collins no era alguien fácil de engañar.

—¿Cuándo vuelve King?

—No va a volver.

—¿Lo has despedido? —inquirió con tanta vehemencia que hizo que varios clientes se giraran a mirarlas.

—Nunca lo contraté. Solo vino porque necesitaba investigar para su nueva novela.

La mujer mayor ni siquiera le contestó, le lanzó una mirada fulminante y salió de allí tan deprisa que Emily tuvo que frotarse los ojos porque creyó que estaba alucinando.

Cuando se acercó a Pauline, esta se reía de buena gana.

—Supongo que era una fan de Kingston.

Asintió.

—Lo siento, la señora Collins tiene un carácter peculiar.

—Es fabulosa. De mayor quiero ser como ella.

—¿Exigente y mandona? —preguntó Emily con incredulidad.

—No. Autoritaria y con las ideas claras.

Fue Emily la que se rio de su ocurrencia.

—No te lo aconsejo, mis trabajadores huyen en cuanto la ven aparecer.

—Excepto King —aventuró Pauline.

—Así es, excepto King.

Terminaron en la misma cafetería a la que acudieron la vez anterior en la que Pauline le pidió que dejara que Kingston trabajara en Dear Reader.

Emily siempre se había sentido cómoda con la agente de Kingston, pero tenía la sensación de que esta se esforzaba demasiado por evitar ciertos temas, siendo el escritor el principal, lo que no tenía sentido si de verdad había dejado la librería porque tenía que reunirse con sus padres.

Decidió tantearla para asegurarse de que no estaba sospechando sin motivo.

—¿Cuándo comienza la gira?

—El próximo miércoles. Visitaremos trece estados y King hará un montón de presentaciones, lo que nos llevará al menos un mes.

—Supongo que dejará la novela en stand by mientras está de gira.

—Para nada. Va a todas partes con su portátil y se pone a escribir siempre que tiene unos minutos. Creo que estar con sus lectores lo motiva más.

—Tiene sentido.

Pauline asintió.

—Pero cuéntame sobre ti. ¿Nunca se te ha ocurrido probar a escribir?

Emily se rio.

—No. Me encanta leer y soy una romántica de manual, pero no creo que tenga nada que contar que el mundo quiera leer.

—No es necesario que lo quiera leer el mundo, con que una sola persona te lea ya ha merecido la pena.

—Te prometo que si alguna vez me decido serás la primera en saberlo.

—Te tomo la palabra. Luego no te eches atrás —bromeó.

—Lo dices como si esto no fuera total y absolutamente hipotético.

—Nunca se sabe.

El resto del día siguió su curso habitual, regresó a la librería, atendió a los clientes, habló con Jacob por teléfono sobre temas relacionados con la fiesta de cumpleaños y le pidió a Morgan que la acompañara de compras.

Siempre había tenido su estilo muy definido: boho chic , pero había decidido que para la fiesta de Alice quería verse diferente. Quería un cambio, lo necesitaba; y aunque durante unos breves instantes se planteó hacerse algo diferente en el pelo, descartó la idea con rapidez.

Su pelo largo era mucho más manejable que corto. Y, aunque le costaba alisarlo cada vez que lo lavaba debido a su extensión, estaba segura de que se arrepentiría antes de que el peluquero dejara las tijeras.

De modo que optó por lo fácil y decidió que iba a comenzar por el vestuario, y puede que volviera a ver algún vídeo más de TikTok en los que enseñaban a cómo peinar los rizos.

Mucho más tarde llegó a casa con bolsas de todo lo que Morgan la había medio obligado a comprar, para su amiga casi todo era un fondo de armario; y tras darse una ducha rápida y cenar, se dejó caer en el sofá con el teléfono en la mano.

Después de que Pauline se marchara había estado pensando en algo, pero para evitar caer en la tentación llamó a Morgan con la idea de entretenerse y hacerse un cambio de look.

El problema fue que al llegar a casa la misma idea seguía pinchando en su cerebro.

Tras sopesar pros y contras con una lista en las notas del teléfono, decidió que lo mejor que podía hacer era despedirse ella misma de Kingston, no a través de su agente como había hecho él, sino hacerlo bien. Como una adulta.

Por todo ello, se levantó en busca de su portátil para escribirle un correo de despedida al que había sido su compañero de trabajo y siempre sería su autor favorito.

No era nada sentimental, pero sí sincero.