Capítulo 21
E l sábado por la mañana se levantó mucho más animada de lo que lo había estado la última semana. Tenía planes consigo misma e iba a cumplirlos.
Por supuesto, no iba a faltar a su cita con Dear Reader, pero a la hora del almuerzo se iba a ir a hacer unos recados para organizar su noche y ya no iba a regresar hasta el lunes.
Consciente de que tenía que liquidar todos los pendientes con rapidez, se metió en su pequeño despacho y dedicó la mañana a responder correos de proveedores, gestionar facturas, su parte menos favorita, y a dejarse todo planificado para la siguiente semana, en la que les tocaba el turno a los del club de lectura juvenil.
Sus clientes más jóvenes nunca defraudaban y sus reuniones estaban llenas de risas, bromas y muchas confesiones.
Siguió enfrascada en sus quehaceres y solo salió de su despacho para hacerse con una taza de café.
Por el camino se topó con Kingston, pero ni siquiera pudo cruzar dos palabras con él antes de que una clienta con los ojos brillantes de la emoción de ver a su autor favorito lo interceptara para hablarle.
Ya no volvió a verlo en toda la mañana. Ni siquiera cuando se despidió de Steve al salir de camino al supermercado.
Una vez allí, llenó el carrito de la compra de todos los caprichos que quería darse y, tras pagar, se marchó a casa, donde se preparó una bañera de agua caliente, una copa de vino y galletitas saladas.
Ni siquiera se molestó en prepararse una comida en condiciones, era día de picotear y comer lo que le apeteciera sin importar que aumentara su colesterol o su peso. Un día era un día.
Se sumergió en la bañera con el pelo embadurnado de mascarilla en un moño en lo alto de la cabeza. Se quedó allí hasta que el agua se enfrió. Una vez fuera, todavía con el pelo por lavar, se puso el pijama y se tumbó en el sofá decidida a terminar el libro que la tenía completamente absorta.
Su teléfono comenzó a sonar, alargó el brazo para cogerlo sin siquiera mirar quién llamaba.
—Dígame.
—Emily, soy King.
Se enderezó rápidamente en el sofá.
—Hola.
—Siento molestarte, pero creía que iba a poder comentarte una cosa esta mañana, aunque te has ido y no he podido.
—¡Oh! ¿Va todo bien?
—Sí, solo quería invitarte al teatro, para agradecerte por haberme aceptado en Dear Reader.
—No es necesario.
—Lo sé, deseo hacerlo. La obra a la que quiero llevarte es Los misterios de Udolfo .
—Pero es una novela.
Él se rio a través de la línea.
—Sí, Ann Radcliffe lo escribió como novela, pero Carole Diffey la adaptó para el teatro y están representándola ahora mismo.
—Suena genial. ¿A qué hora y dónde quedamos?
Kingston volvió a reír.
—Soy un caballero, pasaré a recogerte a las seis.
—De acuerdo. ¿Recuerdas dónde vivo?
En esta ocasión las carcajadas de él hicieron efecto en su estómago.
—¿De ayer a hoy? Lo recuerdo, no estoy tan mayor.
—¡Bien!
Se despidió a toda prisa al darse cuenta de que no tenía el pelo en condiciones y que quedaba menos de una hora para que Kingston pasara a recogerla.
Metió la cabeza debajo de la pila y se lo lavó sin perder un segundo.
Sabía que secárselo le iba a quitar por lo menos media hora, por lo que una vez limpio se enrolló una toalla en la cabeza y se dispuso a vestirse a toda prisa.
Terminó de arreglarse casi al mismo tiempo en que su teléfono sonó con un mensaje de Kingston avisándole de que estaba en la puerta.
Se calzó, cogió el bolso y salió por la puerta.
Se encontró con él apoyado en su coche. Vestía una camisa azul celeste que se asomaba por el cuello del jersey gris de mohair y unos pantalones chinos negros.
—Hola —lo saludó ella con repentina timidez.
—Estás muy guapa —respondió.
—Gracias. Tú también.
Le sorprendió que se lo dijera dado que iba bastante sencilla: una falda de raso negra y un jersey de cachemira en el mismo tono. El color lo ponían los zapatos y el bolso, ambos de un rojo intenso.
Se subió al coche cuando le abrió la puerta y unos instantes después estaban en marcha, por supuesto con la música de Taylor de fondo.
—Acabo de decidir que eres muy fan —bromeó.
—Lo soy. Sus letras me inspiran mucho, por eso la escucho tanto. Aunque en realidad soy fan de muchas cantantes. Las mujeres son maravillosas para transmitir sentimientos y escriben unas letras estupendas.
—No pienso refutarte eso.
El Hawthorne Theatre se encontraba en el corazón de Greenwich Village, a pocas calles de la New York University . Rodeado de cafeterías abarrotadas de portátiles, librerías independientes y pequeños apartamentos compartidos por estudiantes, el teatro formaba parte del paisaje cotidiano del barrio.
Su fachada de ladrillo rojo pasaba casi desapercibida entre los edificios históricos de la zona.
Un modesto letrero negro colgaba sobre la entrada y, en la puerta, siempre había algún cartel anunciando audiciones, lecturas dramatizadas o representaciones organizadas por alumnos de las facultades cercanas.
Por dentro, el espacio recordaba más a un teatro universitario que a una sala profesional.
Las butacas eran sencillas, las cortinas mostraban signos de desgaste y la iluminación se sostenía gracias al esfuerzo de estudiantes que aprendían el oficio mientras preparaban cada espectáculo.
El vestíbulo olía a café recién hecho y a libros usados, una mezcla que parecía definir a la perfección el espíritu del lugar.
Al caer la tarde, las mesas de los cafés cercanos se llenaban de jóvenes que repasaban apuntes antes de asistir a una función.
Muchos acudían caminando desde el campus, todavía con mochilas al hombro.
El Hawthorne Theatre se había convertido en un punto de encuentro para quienes amaban la literatura, la interpretación y las historias contadas sin grandes artificios.
No era un lugar famoso ni especialmente elegante, pero justo por eso resultaba especial: un refugio cultural donde las ideas importaban más que el presupuesto y donde cada representación conservaba la energía vibrante y algo caótica de la vida estudiantil neoyorquina.
—¿Cómo encontraste este sitio? —le preguntó Emily, fascinada con lo que la rodeaba.
Era la clase de lugar en el que se habría perdido cuando era universitaria.
—¿Te escandalizarías si te dijera que actué aquí cuando era estudiante?
—Depende de si es cierto o me estás mintiendo.
Kingston se rio.
—Es la pura realidad.
—Me hubiese gustado verte.
El levantó las manos mostrando las palmas.
—Ya no hago esas cosas —se rio—, era muy malo, aunque le ponía ganas.
Dejaron de hablar cuando comenzó la obra. No hubo grandes efectos, pero era evidente que los estudiantes que participaban estaban emocionados con la obra porque fue impresionante.
Al finalizar se puso de pie para ovacionarlos como el resto de los asistentes.
Se marcharon de allí sin prisas, Kingston le propuso ir a un pub cercano para comer algo y ella aceptó.
Al llegar se sintió cómoda en seguida, no se trataba de ningún local elitista, sino de un auténtico pub irlandés en medio de Nueva York.
Dado que se encontraban en la zona estudiantil estaba lleno de personas con libros u ordenadores portátiles.
Las paredes estaban cubiertas de fotografías antiguas de Irlanda, bufandas de equipos deportivos universitarios y pizarras repletas de anuncios improvisados: clases particulares, grupos de estudio, conciertos de bandas emergentes y ofertas de compañeros de piso.
Las mesas de madera mostraban las marcas de miles de conversaciones, apuntes apresurados y nombres grabados por generaciones de estudiantes.
—Este sitio es increíble. No te pega nada, pero lo es.
Kingston bufó y puso mala cara, aunque Emily sabía que no estaba realmente molesto.
—Me alegra que tengas tan buen concepto de mí.
—No es eso.
—¿Qué es entonces?
—Pareces sentirte cómodo en ambientes más... refinados.
—Me siento cómodo en muchos lugares.
—Estoy segura de que tu prometida y tú no venís mucho a este tipo de locales. —Se dio cuenta de lo que había dicho un segundo después de que su lengua se soltara.
—No voy a ninguna parte con mi prometida —contestó seco—. En realidad, «prometida» no es el término correcto.
Ella lo miró a la espera de que aclarara sus palabras.
—No estamos prometidos realmente. Lo nuestro es más bien el deseo de ambas familias, no un compromiso formal y establecido por nuestra parte.
Ella asintió en lugar de dejar salir las preguntas que rondaban por su cabeza: si no estaban prometidos, ¿por qué aceptaba que ella lo dijera con tanta soltura?, ¿tenía previsto hacer caso a las exigencias de su familia y casarse con Grace?
La camarera llegó y con ella se esfumó cualquier posibilidad de seguir hablando del tema.
Un par de horas después, el coche de Kingston se detuvo frente al edificio de Emily, y antes de que ella pudiera despedirse, él se apeó para abrirle la puerta.
—Estás subiendo demasiado el listón —bromeó ella—. Si la próxima vez que tenga una cita mi acompañante no me abre la puerta, voy a sentirme decepcionada.
—Es lo mínimo que puede hacer.
Ella aceptó su mano para salir.
—Gracias.
Sin mediar palabra, cubrieron los pocos metros que los separaban del portal y se pararon, uno frente al otro, para despedirse.
—Gracias por esta noche. Ha sido increíble.
—Gracias a ti por acompañarme. No se me ocurrió nadie mejor que tú para ver la obra conmigo.
Emily sonrió con las mejillas ardiendo, y Kingston se acercó más a ella, tan cerca que podía sentir su aliento en su propia piel.
Estaba a unos centímetros de él, solo tenía que alzarse un poco y cubrir la distancia que los separaba para besarlo.
Podía hacerlo. Quería..., se quedó petrificada cuando su cerebro le envió la imagen de Grace, su prometida o su no prometida, no estaba segura de nada.
Puede que no hubiese pensado en ella cuando aceptó la invitación y que no le cayera bien, pero no podía hacerlo. No era justo para ninguno de los tres implicados. Sobre todo, sin saber realmente qué significaba ella para Kingston.
Se alejó de él abruptamente.
—Buenas noches, King.
Él tardó unos segundos en asimilar que la magia se había ido.
Carraspeó y asintió.
—Buenas noches.