Capítulo 20
A unque las cosas se habían suavizado entre Emily y Kingston, ella había decidido comentarle la posibilidad de modificar su compromiso y cambiar las cenas por almuerzos.
Si lo hacían de ese modo se les podría unir alguno de sus compañeros y, además, la mayoría de las veces comían en la librería, lo que evitaba que salieran a solas.
Ya no se trataba de Grace ni del hecho de que estuviera comprometido, sino de algo más complejo: la atracción cada vez más intensa que sentía por él.
Había planeado distintas formas de proponérselo; quizá, durante la cena de esa noche, que tenía previsto que fuese la última, o tal vez por mensaje de texto, fingiendo que se trataba de algo trivial que no tenía mayor importancia.
Cuando llegó a la librería esa mañana, como siempre la primera, desconectó de ese tipo de pensamientos y se dispuso a ocuparse de lo principal: Dear Reader.
Apagó la alarma, abrió las puertas, encendió las luces y puso música suave de fondo.
Cuando llegó Steve le dejó a cargo del resto y se metió en el comedor de descanso para preparar la cafetera que siempre estaba llena.
Era normal de la casa que el que la terminara tenía que hacer una nueva. El día anterior había sido la propia Emily quien la había terminado; no obstante, dado lo tarde que era, había optado por dejarla para el día siguiente. De ese modo, todos podrían disfrutar del café recién hecho.
Seguía allí cuando Kingston entró con una caja de cartón en la mano de una panadería cercana y la dejó encima de la mesa.
Tenía un aspecto estupendo. Parecía que ya se levantaba perfecto mientras que el resto de la humanidad lo hacía con la cara hinchada, ojeras y, algunos, con mala leche.
—Buenos días —la saludó con una sonrisa, demostrando con ello que la tregua implícita que habían firmado estaba vigente.
—Buenos días, ¿qué has traído?
—Bollería.
—Suena a mucho azúcar. Maravilloso a esta hora de la mañana.
Él se rio.
—El azúcar es perfecto para cualquier hora del día —intervino Amy, que entraba por la puerta cuando Emily habló.
—Será para ti que estás estupenda —se quejó—, yo solo tomo dulces hasta el mediodía. Después están vetados para mí.
—Las dos estáis estupendas —comentó con diplomacia Kingston.
Amy se rio y le guiñó un ojo mientras cogía su taza y se la llenaba de café.
Después se acercó a la mesa y miró lo que le apetecía de lo que había llevado Kingston.
Optó por un cruasán de mantequilla.
—Gracias, King. Está delicioso —comentó después de darle un bocado.
—De nada.
Cuando se dieron cuenta volvían a estar solos en el comedor. Aunque en esa ocasión, Emily no sentía la necesidad imperiosa de alejarse.
Antes siquiera de que pudiera moverse, entró Steve a por su dosis de cafeína.
Los tres charlaron animadamente mientras se servían las bebidas. Emily se llevó la suya y otro cruasán a su lugar detrás del mostrador, mientras que los chicos iban a ocuparse de colocar las novedades que habían llegado.
Como si lo hubiesen hecho a propósito, ese día también le tocó el turno de comida con Kingston, pero fue tan agradable como la última vez.
Ninguno de los dos mencionó nada sobre las cenas, sino que hablaron de libros. Solo hubo un momento incómodo cuando ella le preguntó sobre la novela que estaba escribiendo y Kingston contestó muy tenso.
—Lo siento, no me gusta hablar de mis libros mientras los estoy armando.
Emily sonrió.
—¿Superstición? —preguntó.
—Algo así.
Obviando ese momento, el resto de la comida fue divertida y se sintió muy cómoda con él. De hecho, en un momento salió el tema del ejemplar que los dos habían codiciado y Kingston le confesó que también era su favorito.
—¿De veras? Es genial. Eres la primera persona con la que coincido.
—Eso es porque está infravalorada. Suele quedar eclipsada por sus títulos más famosos como Orgullo y prejuicio o Emma , pero tiene varios elementos que la convierten en una de sus obras más divertidas y originales.
—Totalmente de acuerdo. Es su novela más entretenida, y sus protagonistas son de lo mejor de la autora. Pero sobre todo me gusta porque habla sobre el poder de las historias.
—¡Exacto! Más allá del romance, la novela explora cómo los libros influyen en nuestra manera de interpretar el mundo. Catherine Morland interpreta cuanto le sucede a través del prisma de sus lecturas.
Tuvieron que dejar el tema porque era hora de regresar a su puesto.
Era casi la hora del cierre cuando una cabeza pelirroja asomó por la puerta de Dear Reader.
—Siento venir tan tarde, pero he tenido lío hasta hace media hora que he podido escaparme de la oficina.
Fue sorprendente ver a Kingston tan atento con ella. La primera vez que coincidió con ellos estaba tan molesta con él que apenas se fijó en el modo en que interactuaban. Sin embargo, en esos instantes podía ver la complicidad entre ellos y el respeto con el que él la trataba.
De lo poco que conocía a Pauline había llegado a dos conclusiones: debía de ser una agente estupenda porque no tenía más de treinta y pocos años y su cartera de escritores era admirable y, dos, era encantadora.
Tenaz cuando hacía falta, pero sin perder esa sonrisa que siempre llevaba en los labios y que desarmaba a cualquiera.
—No es tarde —contestó Kingston—, aunque sí que es una sorpresa que hayas venido.
—Esa era la idea. —Se rio—. He venido a invitaros a cenar. A Emily, porque se lo debo por aguantarte; y a ti, porque tenemos que hablar de tu gira de promoción.
—Suena bien, ¿verdad, Emily?
—No me opongo a que me inviten a cenar como recompensa por soportarte estas semanas —bromeó.
—Es lo justo —concordó King.
Cuando cerraron la librería y se despidieron de Steve y Amy, se subieron al taxi que había pedido Pauline mientras esperaba y, tras darle la dirección al taxista, se pusieron en camino hacia el restaurante.
—¿Has reservado en el Hunter? —preguntó Kingston al escuchar la dirección que le había dado al conductor.
Ella lo miró con una ceja arqueada.
—¿Por quién me tomas?
El taxi les dejó en la misma puerta del restaurante.
El Hunter ocupaba un edificio de grandes ventanales en una calle tranquila del Lower Manhattan. Al cruzar la puerta, los comensales encontraban una iluminación tenue, mesas de madera oscura y detalles en cuero envejecido que recordaban a los antiguos clubes privados neoyorquinos.
La cocina ofrecía una reinterpretación moderna de la gastronomía americana.
Los platos llegaban a la mesa con una presentación elegante y una atención al detalle que convertía cada cena en una experiencia especial.
Los cócteles de autor eran tan populares como la carta, y muchos comensales prolongaban la velada durante horas mientras observaban el ir y venir de la ciudad tras los ventanales.
Era evidente que tanto Pauline como Kingston se encontraban cómodos en el espacio.
Dejó que fueran ellos lo que pidieran la cena y se dedicó a observarlo todo.
El restaurante estaba lleno. Ejecutivos que acababan de salir de la oficina compartían mesa con grupos de amigos y parejas que buscaban una cena diferente.
El espacio desprendía una energía vibrante, la de un lugar que se había convertido en punto de encuentro para quienes disfrutaban de la buena comida, las conversaciones pausadas y el inconfundible encanto nocturno de Nueva York.
—¿Te gusta el sitio? —le preguntó Kingston, quien la había sorprendido sentándose a su lado, de modo que ambos tenían de frente a Pauline.
—Sí. Aunque emitiré mi veredicto final después de probar la comida.
—¡Chica lista! —halagó la pelirroja—, pero no va a haber problema con eso.
Siguieron hablando de cosas sin importancia hasta que llegó la comida y tuvo que reconocer que era cierto que no iba a tener problemas con que le gustara. Todo lo que probó estaba delicioso.
—Cuando llegue a casa te enviaré el itinerario de la gira promocional.
Kingston asintió.
—Empieza en dos semanas —le dijo, ahora mirando a Emily—, por lo que te librarás pronto de él.
Emily trató de ocultar su decepción.
—Ha sido interesante tenerlo en Dear Reader.
—¡Qué diplomática! Di que ha sido un grano en el culo y te creeré.
—¡Oye! —protestó el aludido—. Estoy aquí y puedo escucharte.
Pauline se encogió de hombros.
—Como si fuera a decir algo distinto si no estuvieras.
La cena siguió la misma dinámica. Buen ambiente, comida deliciosa y compañía divertida.
Una vez terminada la comida, Pauline se empeñó en invitarlos y los tres se subieron al taxi para regresar.
La primera en dar su dirección fue Emily. Cuando llegaron a su destino, Kingston se bajó para asegurarse de que llegaba sana y salva a casa.
Se detuvieron uno frente al otro cuando llegaron al portal donde ella vivía.
—Gracias por la cena.
—Deberías dárselas a Pauline —bromeó—, ha usado su tarjeta.
—Ya se las he dado. Ahora quería dártelas a ti.
—De nada.
—Ha sido interesante tenerte en la librería. No lo esperaba.
Él sonrió.
—Lo mismo digo. Ha sido interesante estar allí.
—Buenas noches, King.
Él sonrió cuando notó cómo lo había llamado.
—Buenas noches, Emily.
No se alejó hasta que la vio perderse en el interior del edificio.