Emily y el rey de picas (Reyes del juego 2) Capítulo 18
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Capítulo 18

D espués de comer con sus amigos, Emily había ido al cine, sola, lo que había sido una nueva experiencia.

Había estado genial, si no contaba con el detalle de que había sentido la necesidad de comentar con alguien los mejores momentos del filme mientras los veía en la gran pantalla, y ni siquiera había un desconocido sentado a su lado.

Después, había tomado un taxi hasta Garment District, donde se ubicaba el atelier de Morgan.

Allí, su amiga la había usado de maniquí para deleite de Alex y Piper, que la habían estado mangoneando como si fuera una muñeca.

—Después de esto, en lugar de invitarte yo a cenar, vas a tener que invitarme tú a mí.

—¡Hecho! —aceptó Morgan sin dudar—. Cuando cerremos os invito a todos a cenar en uno de los lugares más increíbles que vas a conocer nunca.

—¿Tengo que asustarme? —preguntó, al mismo tiempo que Alex daba saltitos y palmadas.

—¿Vamos al Night Circus?

—Chico listo —halagó Morgan—. Ocúpate de hacer una reserva —dijo mirando a Piper—. Si te dicen que el local está lleno di que es para mí y te darán una mesa.

—Oído, jefa.

—¿Por qué te van a dar una mesa si está lleno? —preguntó Emily con inocencia.

—Porque soy la que diseña el vestuario de las chicas desde que abrieron.

—¿Y por qué no lo has mencionado nunca?

Morgan se encogió de hombros.

—Michael consideraba que no era algo de lo que estar orgullosa. El Night Circus es un poco... especial.

—¿Un poco? —la cortó Alex—. Es el lugar más increíble y exclusivo de toda la ciudad. Y por supuesto, es un orgullo que el vestuario sea tuyo.

—No he estado allí, pero estoy de acuerdo con Alex. Michael es un imbécil por menospreciarte.

—¡Lo sé! Y ahora que estoy soltera estoy comenzando a disfrutar de todas las experiencias que me perdí con él.

—¿Como cenar en un local fabuloso? —Rio Emily.

Morgan asintió.

—Como eso y los orgasmos —sentenció muy digna.

—¿Perdón?

Mientras Emily le pidió que lo repitiera, Alex se dedicó a reír tan fuerte que tuvo que agarrarse el estómago.

—Jefa, eres fantástica —dijo cuando por fin paró.

—Lo soy, y necesitamos prepararle a Emily un atuendo mejor que el que lleva para ir al Night Circus.

—¿Qué tiene de malo mi vestido? —preguntó muy seria.

—Nada, que es demasiado insípido.

El atuendo que escogieron para ella equilibraba lo teatral con lo elegante.

Morgan le había preparado un vestido de satén granate, con caída fluida y una espalda descubierta, y con una abertura sutil en la falda que se movía con cada paso que daba.

Remataba con pendientes largos que brillaban bajo las lámparas y tacones finos.

El maquillaje, del que se había encargado Piper, destacaba con sombras sus ojos azules mientras dejaba la piel luminosa y los labios mucho más sutiles.

Morgan, por su parte, llevaba un conjunto más atrevido, de dos piezas en encaje, pensado para sugerir más que mostrar de forma explícita.

De complementos, un choker y unos labios rojos que atraían todas las miradas.

Alex vestía un traje de terciopelo de tres piezas, sin camisa, e incluso se había maquillado en negro la línea de agua del ojo.

Piper se decantó por un conjunto rojo de dos piezas, con un corsé lleno de lazos y una falda tubo que marcaba su esbelta silueta.

Emily se preguntó dónde la estaban llevando. Los cuatro vestían sofisticados, ligeramente oscuros y con un punto de misterio que le recordaba a la estética de las novelas góticas que tanto había leído de jovencita.

En cuanto estuvo frente al el Night Circus , se dio cuenta de que, en realidad, su vestido anterior era demasiado insípido para el ambiente que reinaba en el restaurante.

El local era uno de esos lugares de Nueva York de los que no se hablaba abiertamente, sino en susurros.

No aparecía en las guías turísticas habituales ni se anunciaba con grandes letreros; estaba escondido en un antiguo edificio industrial reconvertido, cuya entrada recordaba más a un club secreto que a un restaurante.

En su interior, el local siempre estaba lleno.

Las mesas se encontraban ocupadas con semanas de antelación y la lista de espera parecía interminable.

El ambiente era denso y envolvente: luces cálidas, terciopelos oscuros, espejos envejecidos y una música que oscilaba entre lo elegante y lo provocador.

Todo estaba diseñado para que la experiencia comenzara antes incluso de sentarse.

La cena no era el centro de la velada, sino una parte más de un conjunto mayor.

Mientras los comensales probaban platos cuidados y cócteles elaborados, el espacio se transformaba sin cesar.

Acróbatas descendían desde el techo sin aviso, bailarinas de estética burlesque cruzaban el comedor como si fuera un escenario vivo y números de circo contemporáneo irrumpían en medio de las conversaciones con precisión teatral.

El concepto mezclaba circo, burlesque y performance inmersiva, sin respetar demasiado las fronteras entre público y espectáculo. Los artistas no permanecían en un escenario fijo: se movían entre las mesas, interactuaban con los clientes y convertían cada rincón en parte de la función.

A medida que avanzaba la noche, el restaurante se volvía más intenso y envolvente. El ruido crecía, las luces cambiaban de color y la sensación general era la de estar dentro de una representación continua en la que nadie era del todo espectador.

Night Circus se percibía menos como un restaurante y más como una experiencia nocturna híbrida, donde la cena era solo la excusa para entrar en un mundo paralelo de circo, burlesque y fantasía urbana.

Los sentaron en la mejor mesa del local, justo frente al escenario, pero oculto tras unas cortinas de terciopelo. Ellos podían ver todo lo que sucedía, pero nadie podía verlos a ellos.

—No hay duda de que recibes trato de VIP —elogió Emily, totalmente cautivada por lo que estaba viviendo.

En esos instantes se preguntó qué se había perdido del mundo, escondida siempre entre libros. Apartó la idea en su mente para otro momento, ahora le tocaba disfrutar de lo que la rodeaba.

—Ya te he dicho que llevo mucho tiempo encargándome del vestuario.

—Que por cierto es increíble —apuntó Alex.

Emily asintió, pero su atención se había perdido en las mesas que había en aquel enorme salón y los trapecios que colgaban de los altos techos.

Una de las mesas atrajo su atención cuando vio un rostro conocido allí.

—¿Ese no es Gabriel? —apuntó en su dirección, consciente de que él no podía verla—, el socio de mi cuñado.

—¿Te refieres a mi abogado? —comentó Morgan con fingida indiferencia, pero marcando el posesivo.

—Sí. No sabía que saliera con alguien.

—No lo hace. Él no tiene relaciones, será su amiga con derecho de turno.

—Estás muy enterada de la vida sexual de tu abogado —remarcó el posesivo igual que había hecho ella.

Morgan lo descartó con un gesto de la mano.

—Hice un ejercicio de investigación tras el divorcio para saber a qué atenerme con los hombres.

Aunque le pareció extraña la respuesta, lo dejó correr; en cambio preguntó:

—¿Quieres que vayamos a saludar?

Morgan la miró con una expresión horrorizada solo por la propuesta.

—No. Estamos bien cada uno en su lado del salón.

—De acuerdo.

No volvieron a sacar el tema porque el espectáculo comenzó, las luces se atenuaron y los camareros comenzaron a desfilar con la cena.

Emily pensó que era alucinante que un se diera un espectáculo como aquel un miércoles normal. No podía siquiera imaginarse cómo estaría el Night Circus un sábado por la noche.

Como si hubiera adivinado sus pensamientos, Piper se acercó a ella y susurró:

—Los sábados hay una actuación especial de la estrella del circo.

—¿Has estado alguna vez?

—No, es imposible reservar en fin de semana. Hay lista de espera de meses.

—Bueno, quizá no tan imposible si somos amigas de Morgan —bromeó Emily.

—Cierto —secundó Piper.

Por instinto miró a su amiga que en esos instantes estaba observando hacia la mesa en la que Gabriel cuchicheaba con su acompañante.

«Parece que no soy la única que necesita pasar página», pensó.