Capítulo 16
E mily intentó hacer su propia investigación para las cenas a las que debía invitar a Kingston.
La lista de Jacob era demasiado perfecta para una parejita, no para dos compañeros de trabajo que cenaban juntos por compromiso.
El problema era que cada vez que se ponía a ello aparecía la señora Collins con sus exigencias, primero preguntando por Kingston y negándose a ser atendida por cualquier otra persona, y después quejándose de que todavía no hubiese llegado el libro que quería leer.
No obstante, por primera vez en mucho tiempo, Emily ni siquiera se molestó. Tenía otras cosas en la cabeza que ocupaban cada segundo de su pensamiento. Como por ejemplo organizar una cena de equipo de la nada para que ese mismo lunes Steve y Amy se unieran a su compromiso con Kingston.
Para ello aprovechó el descanso para comer, que le tocó compartir con Amy, para convencerla de que se les uniera. Después de todo, le dijo, un lunes no era un día auspicioso para una cita a ciegas.
—Supongo que tienes razón —admitió Amy—, pero ya he empezado a hablar con un chico nuevo. ¿Qué hago si me invita a salir esta noche?
—Hacerte la interesante y decirle que ya tienes planes —alegó—, no puede pretender que aceptes con tan poco tiempo de aviso.
—De acuerdo. Aunque no tengo muy claro que Steve esté disponible.
Emily sonrió con picardía.
—Steve no va a ser un problema.
—¿Y dónde vamos a cenar?
—En un restaurante árabe que hay cerca de mi casa.
—¿Está bueno? Nunca he ido a un árabe.
Emily se encogió de hombros.
—No lo sé, nunca he estado allí, pero tiene muy buenas críticas.
Amy la miró con suspicacia.
—¿Por qué vamos a ir a un sitio que no has probado?
—Precisamente para eso, para probarlo.
No dejó que Amy dijera nada más. Se levantó de la mesa del comedor, donde habían estado comiendo las dos, y tras recoger, se fue directa a buscar a Steve.
Su amigo la caló en seguida; lo que era normal dado los años que se conocían, por lo que se vio obligada a contarle todo lo que había sucedido durante el fin de semana.
—Si su prometida se molesta porque cene contigo es problema de ella, no tuyo. No debería preocuparte.
—No quiero verme en medio de algo tan desagradable —comentó, muy seria.
—No creo que King permitiera que ella te molestara. Al fin y al cabo, le estás haciendo un favor accediendo a que haga su investigación en la librería.
—Por favor —pidió con voz lastimera.
Steve resopló, pero asintió.
—Sabes que esto solo es un arreglo temporal —comentó—, ¿qué vas a hacer el miércoles, y el viernes...?
—Ya lo pensaré. De momento voy al día.
—Creo que lo más maduro e inteligente sería que hablaras con él y le expusieras tus preocupaciones. King es un buen tipo, seguro que te entiende.
—¿O puedo proponerle cambiar cenas por almuerzos? Son más inofensivos y menos problemáticos.
—¿Sabes? Estás haciendo que me den ganas de conocer a la tal Grace.
—No te gustaría —sentenció.
—¿Por qué?
—Porque es una persona horrible —zanjó, dándose la vuelta y alejándose antes de que Steve pudiera replicar siquiera.
El restaurante elegido por Emily se escondía en una esquina tranquila a cinco manzanas de Dear Reader, lejos del ruido del tráfico y las prisas de la zona más comercial.
Emily había insistido en ir andando hasta allí, lo que había descolocado a todos; no obstante, la situación estaba calculada. El restaurante estaba a solo una manzana de su casa, por lo que una vez que terminara la cena se marcharía sin tener que compartir vehículo con ninguno de ellos.
Desde fuera, las luces doradas de Aladín escapaban por los ventanales y prometían refugio; desde dentro, el aroma a especias, pan recién horneado y carne asada envolvía a los clientes en un aura cálida y sensual.
Las mesas de madera oscura estaban lo bastante separadas para permitir conversaciones privadas, pero lo bastante cerca para que el local conservase esa sensación cálida y bulliciosa de los lugares donde siempre parece estar ocurriendo algo interesante.
Lámparas de cristal tallado proyectaban sombras sobre las paredes color arena, mientras una suave música oriental sonaba de fondo sin imponerse a las risas ni a las confidencias.
Era el tipo de sitio perfecto para una cena de compañeros de trabajo después de una jornada interminable. Emily había hecho una pequeña investigación mientras se escondía en su despacho, evitando que nadie la interrumpiera en su misión.
Los platos llegaban al centro de la mesa para compartirse: hummus cremoso, pan de pita caliente, bandejas de mezze llenas de color y fuentes aromáticas que obligaban a todos a inclinarse hacia delante para servirse.
La comida estaba deliciosa y, sobre todo, tenía la tranquilidad de estar con Steve y con Amy.
Bajo ningún concepto quería que Kingston pensara que estaba tratando de ligar con él o peor, que Grace creyera que estaba tratando de coquetear con su prometido.
Ni siquiera había hablado a solas con él desde ese breve instante en la fiesta de Daniel. Había estado ocupada con el trabajo en la librería o conversando con Amy y con Steve para convencerlos de que se unieran a su cena de compañeros.
Aun así, había habido miradas que se cruzaban por encima de los platos, pero no había reaccionado a ellas.
Kingston se marcharía dentro de unas pocas semanas a escribir su novela y no volverían a verse.
Sí, era uno de sus escritores favoritos, por lo que seguiría leyéndolo y puede que su boda se anunciara en la sección de matrimonios del periódico, pero eso no podía importarle.
En tan solo unas semanas había pasado de parecerle detestable a gustarle. No podía permitirse que pasara de ahí. Su propio carácter romántico y su cabeza llena de fantasías hacían que fuera peligroso para ella dejarse llevar.
—¿Emily? —llamó Amy, parecía que había estado tratando de llamar su atención, pero ni siquiera se había enterado de lo que estaban hablando.
—Sí, perdón. No te he escuchado.
Steve se rio a su lado.
—Decía que este sitio es increíble. ¿Dónde lo has encontrado?
Dudó unos segundos antes de responder. No estaba dispuesta a reconocer delante de todos que había estado investigando restaurantes en la zona para encontrar locales a los que llevar a Kingston sin que pensara que estaba tratando de seducirlo a través del estómago.
—Me lo recomendó mi cuñado. Jacob y Alice son geniales para encontrar locales de comida increíbles.
—Pues se ha lucido con este —comentó Steve mientras cogía un falafel.
Sorprendentemente, Kingston no habló mucho. Al igual que Emily, parecía absorto en sus propios pensamientos. No obstante, cada vez que miraba en su dirección, de frente o con disimulo, sus ojos siempre se encontraban, como si él no pudiera evitar hacer lo mismo: observarla.
Fue Amy quien llevó la mayor parte del peso de la conversación contando anécdotas de sus citas. Los otros tres se rieron por lo bizarras que fueron algunas de ellas, e incluso Kingston le pidió permiso a Amy para usar alguna de ellas en sus novelas.
—Sería genial —aceptó—, sobre todo si le pones mi nombre a una de tus protagonistas.
—Lo pensaré. —Rio Kingston.
—¿Cómo se llama el personaje femenino principal de la novela que estás escribiendo? —preguntó Steve.
—Todavía no tiene nombre.
—¿Puedes escribir sobre alguien que no tiene nombre? —le habló Emily, por primera vez, desde la fiesta del sábado—. Para mí algo que no tiene nombre no existe.
—¡Qué filosófica! —aplaudió Amy.
—No es filosofía, es realidad. Si no tiene nombre no existe. ¿Cómo vamos a referirnos a algo que no se puede definir sin un nombre? No tiene entidad.
—En ese caso, digamos que se llama Emily, aunque sus amigos la llaman Em —anunció Kingston sorprendiéndolos.
Amy se rio de buena gana hasta que recordó que le había pedido unos minutos antes a Kingston que le pusiera su nombre y él solo había dicho que lo pensaría.
—¿Por qué no Amy?
—Le pega más Emily.
La aludida no lo miró.
—Es porque es librera —le aclaró la Emily real a la chica.
Kingston no la corrigió y la conversación pronto cambió de tema gracias a Steve.
Cuando terminaron de cenar y se levantaron para marcharse, todos se ofrecieron a acompañarla a casa, ya que estaba cerca y ellos iban a pedir un taxi juntos para regresar a la librería donde tenían sus propios vehículos, pero Emily les agradeció y se negó, alegando que estaba muy cerca.
No les dio tiempo a que insistieran. Tomó su camino a casa y se negó a darse la vuelta para comprobar si estaban mirando en su dirección, aunque no pudo quitarse de encima la sensación de que al menos uno de ellos lo estaba haciendo.