Capítulo 13
C uando Emily se despertó a la mañana siguiente se encontró con que no tenía ningún mensaje por leer ni ninguna llamada perdida.
Tampoco es que esperara nada realmente, sino que le llamó la atención que Daniel no la hubiese apedreado a mensajes cuando se dio cuenta de que se había ido sin despedirse.
Siguió con su rutina de fin de semana en el que se saltaba el trabajo, sin volver a pensar en el tema, hasta que a primera hora de la tarde llamaron al timbre de su puerta.
Normalmente su portero no dejaba pasar a nadie sin informarla primero, Emily estaba segura de que era cosa de su padre, quien había establecido una interesante amistad con los porteros de su edificio, por lo que pensó que quizá había subido a su piso para alcanzarle un paquete.
La sorpresa fue encontrarse con Daniel apoyado en el quicio de la puerta con un aspecto impecable, sonriéndole; nadie adivinaría que había estado de fiesta la noche anterior.
—Hola, preciosa —saludó—, he venido a recogerte para que no tengas que cargar con tu maleta por el metro —anunció, circunspecto.
Emily sonrió y se apartó para dejarlo pasar.
—No voy a llevar una maleta para pasar la noche en tu casa, pero se agradece el gesto.
Lo vio encogerse de hombros.
—Ya sabes lo servicial que soy con mis chicas.
—¿Cómo es que te han dejado subir sin avisarme?
Daniel sonrió con picardía.
—¿Me has visto bien?, tengo cara de buena persona. —Se encogió de hombros—. No se puede ser tan guapo y malvado.
Emily se rio del comentario, porque no iba a negar que su amigo era realmente guapo.
—¿Quieres beber algo? Por cierto, ¿cómo llevas la resaca?
Daniel la siguió hasta el salón y se dejó caer en el sofá.
—Agua está bien, gracias. Y respecto a la resaca, no sé de qué me hablas si casi no bebí nada.
Le dio un botellín de agua que sacó de la nevera.
—¿Te llevo Sarah a casa o...?
—¿O?
—Te vi con dos chicas en el reservado.
—Lo sé, y te fuiste sin despedirte.
—No quería molestar.
—Tú nunca molestas y, en cualquier caso, no había nada que molestar. Eran dos viejas conocidas.
Emily se rio, aunque tuvo que hacer un esfuerzo para no preguntar sobre Kingston.
—Conoces a todo el mundo —dijo en su lugar.
—Así soy yo —se encogió de hombros—, una mariposa social.
No quiso ahondar en el tema y Daniel tampoco siguió con él, lo que la sorprendió; su amigo no era alguien que se guardara un buen chisme para sí mismo.
Una parte de ella se moría por hacerle un tercer grado y descubrir quiénes eran las mujeres con las que habían estado hablando, pero si preguntaba directamente, Daniel pensaría que tenía algún tipo de interés por Kingston y no era así.
—¿Al final Sarah conoció a su príncipe azul? —preguntó mientras entraba a su dormitorio a por la bolsa de fin de semana que tenía preparada.
—No creo que sea tan fácil como ella cree. —Levantó la voz para que lo escuchara.
—El amor debería ser fácil —se quejó—. Si es complicado no es amor.
—¡Qué simplista!
Asomó la cabeza indignada.
—No es cierto. Si alguien es perfecto para ti y tú eres perfecta para él no debería haber complicaciones. Te quiero, me quieres, nos queremos. Punto.
Daniel se rio de buena gana.
—Bonito resumen, aunque poco realista.
—El realismo no va conmigo —protestó—. Sobre todo si se carga el romanticismo de que todo encaje sin esfuerzo.
—Para que el amor funcione hay que trabajarlo cada día.
—El amor no es un trabajo ni una obligación, sino un sentimiento.
—Claro que sí, y Papá Noel existe y vive en el Polo Norte —se burló.
Emily volvió a meterse en su dormitorio, ignorando las risas de su amigo.
Las fiestas de Daniel siempre eran épicas, no solo por la comida o la música, sino principalmente por la localización. Las vistas desde la terraza cubierta de su ático eran espectaculares.
También era increíble poder estar con sus amigos en un ambiente en el que se podía hablar sin tener que dejarse la voz para hacerlo.
La velada estaba yendo tan bien como siempre hasta que apareció Kingston. El problema no fue que estuviera en la fiesta, Emily ya sabía que Daniel lo había invitado, la sorpresa fue que la persona que lo acompañaba fuera una de las chicas que estuvieron con él y con Daniel en el Aether.
Se quedó petrificada donde estaba hablando con Sarah, trató de disimular para que no se diera cuenta de su reacción, pero Sarah era amiga de Daniel, por lo que, igual que a él, no se le escapaba una.
—Es una antigua compañera de clase —le dijo—. Creo que también fueron pareja, pero por aquella época no me fijaba mucho en King y ella no era alguien con quien me relacionara, por lo que no puedo asegurarlo. El que estoy convencida de que lo recuerda es Daniel.
—No importa.
Sarah la miró con atención unos segundos, antes de asentir.
—Se llama Grace Montgomery y, francamente, nunca me ha caído bien.
—¿Por qué? —no pudo evitar preguntar.
—Es peor que King en todo el sentido de la palabra. Es como si ampliara los peores defectos de él: soberbia, creída y prepotente. —Se encogió de hombros—. No es una persona de la que querría ser amiga.
—Supongo que por eso se llevan así. Se parecen.
Sarah sonrió encantada de que Emily la hubiera entendido tan bien.
Ni siquiera pasaron unos minutos antes de que Kingston se acercara a ella con su amiga al lado para presentársela a Emily.
El gesto la pilló por sorpresa; aun así, pudo actuar con normalidad sin que se notara su malestar.
La tal Grace era, tal y como Sarah le había dicho, una mujer encantada de haberse conocido. Era alta y morena, con los ojos de color miel; no se podía negar que era atractiva, aunque su gesto serio y su nariz exageradamente levantada le restaran atractivo.
Incluso se atrevió a menospreciar el que Emily fuera la dueña de una librería, fue sutil, pero no lo suficiente como para que no se diera cuenta.
—¿Y cómo conoció una librera a Daniel Astor? —Su tono destilaba clasismo en cada sílaba.
—Es compañero de trabajo de mi hermana.
—Entiendo.
—No, creo que no lo haces —dijo sin poder aguantarse.
—¿Perdón?
—Daniel es la clase de persona capaz de entablar amistad con alguien en la cola del supermercado; tú no pareces de ese estilo, por lo que estoy segura de que no lo entenderías, aunque lo intentaras.
Sarah sonrió de oreja a oreja, encantada por el modo en que la había puesto en su sitio.
Kingston no dijo nada a favor ni en contra, se quedó junto a Grace sin mediar palabra; no obstante, Emily creyó ver un brillo de aprobación en sus ojos.
—Supongo que tienes razón —concedió—, Daniel no es muy selectivo a la hora de escoger amistades.
Por si no había quedado claro de lo que hablaba paseó la mirada de Emily a Sarah con evidente desprecio.
—Todo lo contrario —contraatacó Emily—, por eso cuando te mencionó solo dijo que eras alguien a quien conocía.
Se giró para mirar a su amiga.
—Vamos, Sarah, necesito una copa para superar el mal rato de hablar con gente tan esnob.
—Amiga, no permitas que personas tan indeseables te lleven a la bebida —pidió Sarah muy seria sin molestarse en ocultar de quién estaban hablando.
Las dos se alejaron aguantándose la risa que se les quedó al ver la cara roja de ira de Grace.