Capítulo 12
L a cena había sido estupenda, no solo por la comida, también por la compañía. Kingston se había adaptado con facilidad a todos y estaba segura de que se lo había pasado bien. No obstante, estaban a punto de pasar por la prueba de fuego: la fiesta, propiamente dicha.
A la hora de ponerse en marcha no había querido dejar colgado a Kingston, por lo que se había ido con él en el coche en lugar de con Daniel y los demás. La mirada que le lanzó Morgan fue significativa, pero hizo como que no se daba cuenta y la ignoró.
Se trataba de hacer lo correcto, no de pasar más tiempo con su escritor favorito que, además, era el tipo más atractivo que hubiese visto nunca.
Además, todavía no estaba segura de que su encanto compensara a su carácter. De acuerdo que se mostraba más amable y accesible que antes, pero eso no era suficiente para hacer que perdiera los papeles por una cara y un cuerpo impresionantes.
Los aparcacoches llevaron el vehículo de Kingston y, tras darles una propina, como hacía cada vez, le abrió y cerró la puerta del coche, dándole un trato al que no estaba acostumbrada.
Una vez dentro arrancó el motor y sacó el teléfono de su bolsillo para cambiar la música.
Emily no pudo evitar echarse a reír cuando Snow on the Beach de Taylor Swift y Lana del Rey comenzó a sonar de fondo.
—Me gusta esta canción —confesó con una sonrisa.
—Otra cosa que tenemos en común —dijo Kingston saliendo del lugar.
—No creo que tengamos muchas.
—Te equivocas. Te sorprenderías de lo parecidos que somos, al menos en gustos.
—¿De veras? —preguntó con incredulidad en la voz.
Asintió muy serio.
—Nos gustan los mismos libros, los mismos autores, la misma música, casi podría afirmar que nos cae bien la misma gente —se encogió de hombros—, son muchos puntos y, sobre todo, son puntos importantes.
Emily sonrió.
—Supongo que puede que tengas razón.
—La tengo —sonrió mirándola—, aunque no te guste dármela.
—Otra cosa que tenemos en común —bromeó.
Para su deleite, Kingston no le protestó al respecto.
Se decidieron por el Aether, el club más de moda de Manhattan, situado en Hudson Yards.
Como cada vez que había ido, siempre con Daniel, se saltaron la cola de acceso y los condujeron directamente a la zona VIP. El padre de Daniel era uno de los inversores, por lo que el trato allí siempre era excepcional.
En la zona VIP, donde las paredes eran de cristal, podías ver sin ser visto por quienes se encontraban al otro lado.
El club era realmente impresionante, completamente de cristal y aluminio, con un toque etéreo y futurista. Siempre con los mejores DJ y famosos que protagonizaban el papel cuché o el cine.
Se acomodaron en uno de los reservados de la zona VIP e inmediatamente después aparecieron camareros con copas, hielo y las botellas de cortesía que siempre les entregaban.
Se fijó en que, igual que durante la cena, Kingston y Sarah se limitaron a pedir refrescos. Nada que ver con Morgan y Daniel, quienes parecían decididos a beberse hasta el agua de los floreros.
Emily, por su parte, tenía pensado tomarse una copa y parar ahí.
Al día siguiente no iba a ir a la librería.
Dejaría que Steve y Amy se encargaran y ella misma se tomaría el día libre para organizar su casa y prepararse una bolsa de fin de semana, ya que iba a quedarse con Daniel después de la fiesta que su amigo daba en su casa al día siguiente.
—Mañana no hace falta que vayas a la librería —le dijo a Kingston, que se había sentado a su lado.
—¿Por?
—Puedes ir si quieres, solo te lo comento porque no hace falta que madrugues después de hoy.
—¿Tú vas a hacerlo?
—Voy a dormir y a recoger mi casa —confesó—. Después me haré un tratamiento de belleza estilo Emily.
—¿Estilo Emily? —inquirió con una sonrisa en la voz.
—Mascarillas, baño con espuma, libro y copa de vino...
—Suena bien. Voy a tener que plagiarte la idea.
Ella se rio de buena gana imaginándoselo con una mascarilla en la cara.
—Tengo la sensación de que lo estás visualizando —adivinó.
No pudo responder porque Daniel se dejó caer de golpe en su otro lado y asomó la cabeza para mirar a Kingston.
—Mañana doy una fiesta en mi casa —anunció—, estás invitado. Puedes traer un más uno.
—Suena bien.
—Te esperamos —dijo, pasando el brazo por encima del hombro de Emily.
—Allí estaré.
Antes de que pudiera meter la pata preguntándole a Kingston si tenía previsto ir solo, Morgan apareció y tiró de sus manos para arrastrarla a la pista de baile, pero Emily ya se había quedado colgada con la idea de que se uniera a la fiesta de Daniel y de que, además, lo hiciera con una mujer.
¿Acaso tenía pareja y le había mentido? Tampoco era que fuera un problema tan grande, el asunto de que esa noche fuera una salida de solteros era más una exigencia de Morgan que un tema que a ella misma le preocupara.
Se esforzó por dejar de pensar en el tema y disfrutar del ambiente y el baile con su amiga.
Al poco tiempo de estar allí se les unió Sarah, y las tres disfrutaron como locas en medio de la pista más exclusiva de Nueva York.
Cuando ya no podían aguantar más la sed regresaron al reservado, encontrándose con que Kingston y Daniel charlaban animadamente con dos chicas que no estaba muy segura de dónde habían salido.
—¡Vaya! —dijo Sarah—. Parece que han tenido más suerte que nosotras.
Morgan se rio y se sentó en uno de los sillones más alejados del cuarteto.
Emily hizo lo propio y, de hecho, se esforzó mucho en no mirar lo que estaba sucediendo.
Sarah, por su parte, se bebió de un trago su refresco y les dijo que volvía a la pista de baile.
—Tengo la sensación de que vamos a tener que volver a casa en taxi.
—¿Por?
—Ni de coña voy a arruinarles el plan.
—Sarah tiene las llaves de Daniel. Nos puede llevar ella.
Morgan la miró con sorna.
—Sarah está en plena campaña de búsqueda de pareja, ¿de verdad crees que se va a ir a casa pronto?
Asintió.
—Tienes razón. ¿Quieres irte ya? Podemos compartir ese taxi del que hablas.
—La verdad es que suena bien. Estoy agotada.
—Vamos, pues. ¿Nos despedimos de ellos?
—No, pasemos por la pista y se lo decimos a Sarah, deja a estos dos a lo suyo.
—De acuerdo.
—Lo siento —dijo Morgan muy seria.
—¿Por qué?
—Me gustaba Kingston para ti y parecía muy pendiente de todo lo que decías.
—No te preocupes por eso, siempre supe que era un idiota —comentó sin querer darle importancia. Por suerte, no había terminado de permitirse que le gustara, por lo que no había nada de lo que preocuparse. Su corazón y su ego estaban intactos.