Capítulo 11
E mily no estaba segura de que fuera buena idea juntar a sus amigos con Kingston, pero se había comprometido a invitarlo a cenar cada lunes, miércoles y viernes mientras trabajara en la librería, por lo que al quedar con las chicas había tenido que ofrecerle unirse a ellos para no incumplir con su palabra.
Lo que no se esperaba fue que él aceptara e incluso que se ofreciera a llevarla en su coche.
Quizá, el que conociera a Daniel y a Sarah —ya que ella también había estudiado con Daniel, lo que por defecto la hacía compañera de Kingston— le había animado a aceptar la invitación, o puede que solo estuviera buscando nuevas experiencias que después plasmar en sus novelas, ya que según Pauline no salía mucho.
De cualquier manera, tenía que reconocer que las cosas entre ellos estaban mucho mejor que cuando se conocieron el día de la presentación.
Él había rebajado mucho su tono e incluso se mostraba amable y educado con todo el mundo.
No obstante, Emily no terminaba de bajar la guardia con él, después de todo, era el prototipo perfecto de villano de novela romántica: guapo, rico y exitoso.
Como una especie de CEO dominante que no dudaría en pisar a quien fuera si eso lo beneficiaba de alguna manera.
El caso era que esa noche tenía la intención de pasarlo bien y no iba a permitir que sus locos pensamientos sobre su nuevo empleado se interpusieran. A las nueve menos cuarto se metió en su despacho y se cambió de ropa para salir.
Había optado por ir cómoda pero guapa, por lo que escogió un vestido largo de color vino entallado hasta la cintura, con un escote en uve que se abría hasta la cintura, una chaqueta corta de cuero negro, botas y bolso.
El cabello se lo dejó suelto y solo retocó un poco su maquillaje.
Salió cuando Steve ya estaba apagando las luces y, como siempre, Amy ya había salido corriendo hacia su siguiente cita a ciegas.
Ella se jactaba de ser una romántica empedernida, pero no había duda de que Amy le ganaba la partida.
Tenía que serlo para tolerar tanto encuentro con desconocidos esperando a que apareciera el adecuado.
Quizá, si dejara las aplicaciones y tratara de conocer a alguien por el método tradicional, las cosas le irían mejor.
En cualquier caso, Amy seguía convencida de que en alguna de esas citas encontraría a su chico perfecto.
Una vez que terminó de arreglarse, se ocupó de la alarma y salió de Dear Reader. El único que estaba en la puerta era Kingston, Steve se había marchado a toda prisa por sus propios planes de viernes.
—¿Lista? —le preguntó con una sonrisa.
—Sí.
—Estás guapísima —dijo con una mirada apreciativa.
—Gracias.
Eso sí que no se lo esperaba. Una cosa era ser amable y educado y otra que acariciara su ego. Sintió que debía corresponderle...
—Tú también lo estás.
No le respondió, se limitó a sonreírle.
Caminaron los pocos pasos que los separaban del aparcamiento donde estaba el coche de Kingston y una vez en él se pusieron en marcha.
De nuevo la voz de Taylor Swift inundó el coche y Emily ya no pudo aguantarse las ganas de preguntar:
—Me sorprende tu elección musical.
Kingston apartó un segundo la mirada de la carretera para responderle:
—¿Por qué? A los hombres también nos gusta el pop.
—No, no se trata de que seas un hombre, sino de que... me ha sorprendido.
Él se rio.
—Taylor es maravillosa para escribir, es imposible que no se te ocurra alguna historia increíble con ella cantando de fondo —explicó—, al principio solo la escuchaba mientras escribía, pero ahora me la pongo a todas horas. Lana también es una fuente de inspiración, si te lo preguntas.
Fue el momento de sonreír de Emily.
El gusto musical compartido hizo que la atmósfera en el coche se sintiera cómoda y agradable.
Cuando llegaron al restaurante se bajaron para que uno de los aparcacoches se hiciera cargo del BMW y se dirigieron hacia la entrada.
El japonés que había escogido Daniel era, como se podía esperar, de los más selectos de la ciudad.
Emily no tenía ni idea de cómo conseguía mesa en ellos con tan poco tiempo de antelación.
Se preguntó si el apellido Astor tenía tanto poder y se dio cuenta ella sola de que la pregunta era ridícula, aunque no la hubiese hecho en voz alta.
La fachada del local era discreta y de madera oscura iluminada por faroles de papel. Se leía el nombre en una pequeña placa negra, con caracteres dorados, y había un portero impecablemente vestido que era en extremo cortés y educado, casi hasta la exageración.
Emily se dio cuenta de que Daniel era un asiduo al restaurante cuando el hombre lo saludó por su nombre.
Dentro, el ruido de la ciudad desaparecía.
Olía a arroz avinagrado, a salsa de soja tostada y a cedro húmedo.
El restaurante estaba iluminado con una luz cálida y baja que convertía cada mesa en una escena íntima.
Las paredes mezclaban piedra oscura y paneles de madera pulida, y desde algún lugar sonaba música tradicional japonesa muy suave, apenas un murmullo elegante entre el tintinear del cristal fino.
Pero lo verdaderamente especial estaba al fondo.
Tras un corredor estrecho decorado con ramas de cerezo secas y grabados antiguos de Kioto, se encontraban las zonas de reservados privados. Una puerta corredera de madera lacada separaba aquel espacio del resto del restaurante.
El reservado era pequeño, exclusivo y por demás silencioso.
El suelo estaba cubierto por tatamis impecables y en el centro descansaba una mesa baja de nogal oscuro preparada con precisión casi ceremonial.
Había velas diminutas reflejándose en copas de cristal, platos de porcelana artesanal y un arreglo minimalista de flores blancas que parecía colocado al milímetro.
Desde una ventana estrecha podían verse las luces de Manhattan.
Era el tipo de lugar donde se cerraban contratos millonarios... o donde alguien podía enamorarse sin darse cuenta.
Al dejar sus zapatos en la entrada del reservado se dieron cuenta de que sus amigos ya habían llegado, dado que había unos zapatos de caballero y dos de mujer.
—No llegamos tarde —le dijo Kingston, al ver su expresión.
—Pero sí los últimos.
—¡Vamos!
Abrió la puerta corredera para ella y la dejó pasar primero.
Tras los saludos y las presentaciones —tal y como había supuesto, Sarah también había sido compañera de clase de Kingston—, se decidieron a pedir.
Mientras ellos charlaban animadamente, los camareros entraban y salían en absoluto silencio, sirviendo nigiris perfectos, sashimi cortado como si fuese una obra de arte y pequeños cuencos de ramen humeante con una delicadeza casi reverencial.
Y precisamente por eso había tanta demanda para acceder no solo al restaurante, sino a esa parte de él a la que solo podían entrar unos pocos elegidos.
Emily estaba sentada delante de Daniel y al lado de Kingston, por lo que su conversación prácticamente era solo con ellos.
Le sorprendió saber que ambos se habían mantenido en contacto al terminar los estudios y, por las cosas que decía, incluso Sarah lo hacía.
—Y dime, Kingston, ¿de qué va tu nueva novela que has necesitado trabajar gratis para documentarte? —preguntó Morgan de repente.
—Gratis no. —Se rio él, sin darle importancia al modo tan directo en que le había lanzado la pregunta—. Estoy cobrando en cenas como esta.
—¡Cierto! —se rio Morgan—, pero no disimules y cuéntanos.
—Lo único que diré sobre ella es que hay una librería y es muy importante para la historia.
—Muy diplomático —se burló Daniel—. Eso es lo mismo que no decir nada.
—Soy un poco supersticioso con estas cosas —confesó—, no me gusta hablar de mis libros antes de haberlos terminado.
—¿No tienes lectores cero? —preguntó Emily.
Negó con la cabeza.
—¿Vale mi madre? Es la única, además de Pauline, que lee mis novelas antes de que salgan a la venta.
—Depende de si te da su opinión al respecto y de si le haces caso —bromeó.
—En ese caso, sí. Tengo dos lectoras cero.
La conversación siguió y todos disfrutaron de la velada.