Capítulo 10
M organ apareció en la librería al día siguiente de que les contara lo que le había sucedido con Kingston y el pago por su trabajo, ¿casualidad o cotilleo?
No estaba muy segura de con cuál de las dos opciones quedarse.
Si hubiesen aparecido las dos —Morgan y Alice—, no habría dudado un segundo, pero que solo apareciera su amiga la hacía abogar por simple casualidad con intención.
Por supuesto, lo primero que hizo al entrar por la puerta de Dear Reader fue buscar a Kingston sin ningún disimulo.
En esos instantes estaba hablando en uno de los pasillos con la señora Collins que había pasado de ser una clienta habitual que les visitaba cada semana a ser una clienta diaria que exigía que le atendiera el chico nuevo; había sucedido dos veces, pero Emily estaba segura de que iba a convertirse en la tónica habitual.
Llevaba años conociéndola y si algo tenía la señora Collins era su infinita constancia y su obsesión por los chicos guapos y jóvenes, literarios y reales.
—Definitivamente eres una chica con suerte —se emocionó Morgan—, es atractivo y muy sexy con esas gafas de intelectual musculoso.
—¿Así que has venido a cotillear?
—No, he venido porque necesito que me consigas un libro.
—Un libro.
Su amiga la miró con fingida preocupación.
—Sí, normalmente cuando necesitas un libro acudes a una librería.
—De acuerdo. —Decidió seguirle el juego—. ¿Qué libro necesitas?
—Ahí está el problema, no sé su nombre. Solo te puedo decir que es antiguo y que trata sobre las técnicas de teñido de telas durante la civilización egipcia.
—¿Para qué quieres un libro sobre ese tema? Porque si es una excusa para venir a ver a Kingston y me paso días buscándolo me voy a enfadar mucho contigo.
Morgan le lanzó una mirada fulminante.
—A no ser que te estés planteando teñir tú misma la tela con la que haces tus vestidos.
—No digas tonterías. Necesito entretenerme. Ahora que estoy divorciada tengo demasiado tiempo para mí. —Se encogió de hombros—. Necesito una afición.
—Prueba a con lo que hace la gente normal: salir a divertirse.
—¿Estás diciendo que reconoces que no eres normal? Porque que yo sepa tú no sales mucho, aunque ahora parece que las cosas van a cambiar —dijo moviendo las cejas sensualmente.
—Muy graciosa. Voy a cenar con él, nada más.
Morgan se encogió de hombros.
—Tú te lo pierdes. Yo aprovecharía la ocasión.
—Seguro que lo harías.
—¿Qué significa eso?
Fue su turno para encogerse de hombros y reflejar su postura desinteresada.
—A lo mejor, si hubieses invitado a salir a cierto abogado guapísimo, no necesitarías buscar aficiones raras.
Morgan la miró en silencio antes de cambiar de tema.
—Consígueme el libro, anda.
—Lo haré, pero también podemos salir una noche y tratar de ser normales —ofreció.
—Me apunto a lo de salir, no a lo de ser normales.
—¡Bien! Le mandaré un mensaje a Alice para saber si está libre el sábado.
Su amiga negó con la cabeza.
—Otro día. Que sea solo para solteros. Daniel y Sarah están invitados. —Hizo una pausa, pensativa—. A no ser que Sarah ya haya encontrado pareja en estos días que no nos hemos visto.
—Creo que sigue buscando.
—¡Genial! Salimos el viernes. Avisa a todos.
—Sabes que el viernes no puedo.
Morgan la miró sin entender durante unos segundos hasta que cayó en la cuenta y se echó a reír.
—¿Está soltero?
—Creo que sí.
—¡Invítalo a venir con nosotros! Cuantos más, mejor.
—Eres una mandona.
—No pienso refutar eso.
La jornada en la librería llegó a su fin y Emily recogió sus cosas para cerrar.
Ni siquiera sabía dónde llevar a Kingston a cenar.
Había accedido a invitarlo, y dado el trabajo de contención que había hecho con la señora Collins, se merecía un entrante, un plato principal y un postre, el problema era que, como ella misma no salía mucho, no estaba al día de dónde ir.
Por otro lado, no quería pasarse y que él pensara que estaba tratando de impresionarlo, porque ese no era el caso.
Decidió que la persona indicada para que le recomendara un restaurante para cenar era Jacob Hearst, el novio de su hermana. Sin pensarlo mucho le envió un mensaje y esperó por su respuesta.
Jacob contestó en seguida con una serie de preguntas sobre lo que buscaba, las respondió mientras Steve apagaba las luces y se despidió de Amy sin levantar la vista del teléfono. Sabía que Kingston estaba pendiente de lo que hacía, pero no podía cumplir con su palabra si no sabía dónde ir.
Finalmente, él le mandó un mapa lleno de puntos en los que había restaurantes adecuados y que estaban relativamente cerca.
Pinchó sobre un par de ellos hasta que descubrió uno que le gustó.
Agradeció a su cuñado por la lista y levantó la mirada en busca de Kingston.
—¿Te gusta la comida tailandesa? —preguntó, pero antes de que le respondiera siguió—: Hay un restaurante que pinta bien a diez minutos de aquí.
—Me gusta.
—Entonces, vamos a cenar.
Amplió su invitación a Steve, pero este dijo que tenía planes, por lo que se encontró caminando al lado de Kingston con el estómago revuelto de nervios y la mente en blanco.
Le parecía de mala educación no hablar con él, de modo que sacó el tema más inofensivo que se le ocurrió.
—¿Qué tal tu primera experiencia con la señora Collins?
—No es la primera.
Emily asintió al recordar cómo lo había apuntado con su lupa.
—Pero bien. Es una fuente inagotable de información interesante —comentó, dejándola completamente descolocada.
—¿De verdad?
—Es un poco excéntrica, pero muy interesante.
—¿A pesar de su obsesión por los hombres jóvenes?
Kingston se rio con naturalidad y Emily se encontró a sí misma con la mirada fija en su boca. Apartó la vista, temerosa de que se diera cuenta.
Estaba perdiendo la cabeza. Kingston había fingido ser amable dos días y ella se olvidaba de su soberbia y su mala leche.
—Siempre ha sido respetuosa. Ha mirado, pero mirar está permitido.
Se puso colorada al instante, preocupada de que eso fuera una indirecta hacia ella. Sin embargo, no parecía molesto o incómodo.
—Supongo.
Lo primero que llamó la atención de Emily cuando llegaron al restaurante era que se trataba del tipo de local al que alguien te lleva cuando quiere impresionarte sin parecer que lo está intentando demasiado.
Ese lugar donde una conversación cualquiera puede acabar convirtiéndose en el principio de algo importante.
Eso era, precisamente, lo que no quería.
La cena era un pago por su ayuda en la librería, nada más.
Y, aunque la elección del restaurante no había sido de Jacob sino suya, sí que no pudo evitar sospechar que su hermana hubiera puesto en antecedentes a su novio y que este, tratando de ayudar, le hubiese enviado una lista de restaurantes coquetos para parejas.
Desde fuera parecía discreto, casi imposible de encontrar si no sabías que estaba allí, pero las luces cálidas que se escapaban por los ventanales empañados prometían exactamente el tipo de noche que no se olvida.
Dentro olía a jazmín, coco y curry suave.
Las paredes estaban pintadas en tonos oscuros, con lámparas doradas colgando sobre las mesas de mármol y velas diminutas que convertían cada rincón en algo íntimo, casi romántico.
Sonaba música tailandesa moderna, y el murmullo elegante de las conversaciones hacía que todo pareciera una escena de una de las novelas románticas que ella misma leía.
Las camareras llevaban vestidos negros sencillos y sonrisas serenas.
Los cócteles llegaban adornados con flores comestibles y rodajas de lima, y el pad thai tenía ese aroma imposible que hacía que incluso las personas más sofisticadas olvidaran la compostura durante un segundo.
Había parejas compartiendo curry rojo mientras se rozaban las manos sobre la mesa, escritores corrigiendo manuscritos junto a una copa de vino blanco y hombres de relojes imposiblemente caros que, por alguna razón, parecían menos inaccesibles bajo aquella luz dorada.
Desde la ventana podía verse la calle mojada reflejando los neones del Village. Taxis amarillos pasando despacio y gente bajando y subiendo de ellos. Y dentro, entre el vapor de los platos y el tintinear suave de las copas, el tiempo parecía más cálido y aromático.
—Este sitio es increíble —comentó Kingston.
—Lo siento.
Él la miró con una sonrisa en los ojos.
—¿Por traerme a un sitio tan estupendo?
—Sí, no..., es la primera vez que vengo —aclaró, por si creía que había tenido la intención de impresionarlo—. Me lo ha recomendado mi cuñado.
—En ese caso felicítalo de mi parte. Tiene muy buen gusto en materia de restaurantes.
—Ni siquiera hemos probado la comida —protestó.
—¿No puedes olerla? Si sabe la mitad de bien de lo que huele va a ser increíble.
—Supongo que tienes razón.
—Vas a tener que superarte el viernes, después de hoy me muero por ver qué otros lugares te ha recomendado tu cuñado.
—¿Cómo sabes...? Quería decirte algo sobre el viernes.
—Dime.
—Mis amigos han organizado una salida de solteros: cena y copas, nada salvaje. Sé que tenemos nuestra cena pendiente, así que quería invitarte a unirte a nosotros, si estás soltero y te apetece.
—Sí a las dos cosas.
—¡Bien! A lo de que te unas, no a que estés soltero —aclaró, más nerviosa de lo normal—, eso es cosa tuya.
Él se rio sin disimulo.