Emily y el rey de picas (Reyes del juego 2) Capítulo 9
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Capítulo 9

E l primer día de trabajo de Kingston se presentó con unos vaqueros, una camiseta y unas gafas negras de pasta estilo Clark Kent que sorprendieron a Emily.

No estaba muy segura de si eran graduadas o formaban parte de su disfraz de librero en prácticas, el caso era que no podía negar que le quedaban de maravilla, aunque en su estructura ósea cualquier cosa le quedaba de maravilla, lo que ni siquiera era mérito propio, sino probablemente de los genes heredados de sus padres.

Pero lo más sorprendente fue que llegó puntualmente, media hora antes de la apertura al público, con los brazos cargados de vasos de café para sus compañeros y una caja de rollos de canela de su cafetería favorita.

Su primer pensamiento fue que Pauline le hubiera recomendado que lo comprara y lo llevara, pero después lo descartó. La mujer no parecía la clase de persona que aconsejaba a otros llevar sobornos, sino que era más probable que la idea de encandilarlos con café y azúcar fuera del propio Kingston.

Para no ser la nota discordante, aceptó los presentes y le instruyó sobre lo que debía hacer. Afortunadamente, Steve se ofreció a ser su guía en su primer día, lo que contribuyó a que Emily se relajara.

Había aceptado ayudarlo por Pauline; aunque apenas la conocía, le parecía buena gente y entendía que su trabajo era estresante y, para qué negarlo, el hecho de poder mangonear a Kingston mientras trabajara para ella tampoco le había desagradado.

Durante las primeras horas, casi ni se cruzó con él.

Y no porque estuviera encerrada en su despacho imprimiendo pedidos de papelería y organizando paquetes —porque se tomó su tiempo para estirar las piernas y echar un vistazo al ambiente de la librería—, sino porque Kingston se había tomado en serio su trabajo y estuvo junto a Steve detrás del mostrador atendiendo a los clientes.

El día pasó sin sobresaltos. Como siempre se turnaron para comer y, para sorpresa de nadie, Steve y Kingston fueron los primeros en tomar su turno. Amy y Emily comieron en el pequeño comedor de la librería mientras que los otros dos salieron a una cafetería cercana.

—Parece que Steve y King han congeniado bien —apuntó Amy mientras abría su fiambrera.

—Sí, supongo que Steve necesitaba otro hombre para equilibrar la balanza —bromeó Emily—. Entre que casi todos son clientas y que sus compañeras también somos mujeres, el pobre debe sentirse en minoría.

—Al principio King no estaba muy contento de que lo emparejaras con él. Creo que quería pegarse a ti porque no paraba de buscarte con la mirada y de hacer preguntas sobre ti.

—¿Qué tipo de preguntas?

—¿Si sabíamos cómo se te había ocurrido la distribución de los libros?, ¿si habías decorado tú Dear Reader? Esas cosas.

—Supongo que está tomándose muy en serio su trabajo de documentación —dijo tratando de que sonara como una broma.

Por un lado, le pareció extraño que no le preguntara esas cosas directamente, pero por el otro comprendió que temiera hacerlo dado lo complicada que había sido su relación hasta el momento.

No obstante, Emily era una persona de palabra y si se había comprometido con ayudarlo para su nueva novela lo haría, aunque se viera obligada a contarle algunos de sus secretos para ello.

—Sí, es muy profesional. —Sonrió Amy.

Dejaron el tema y se enfrascaron en hablar de la última novela que ambas habían leído.

El resto de la tarde siguió su curso sin que pudiera cruzar más de dos palabras con Kingston. A las nueve, cuando llegó la hora de cerrar, Steve propuso ir todos juntos a comer una hamburguesa para celebrar el primer día de trabajo de Kingston:

—Podemos ir a la hamburguesería que está a dos calles de aquí. La que tiene las mejores patatas fritas de la ciudad, con todas esas salsas para mojar.

—Yo no puedo, tengo una cita y he de ir a casa a ducharme y a cambiarme de ropa —comento Amy sonriendo—, que lo paséis bien.

—Y tú —dijo Steve con un gesto travieso.

—Eso espero —confesó ella mientras se despedía con la mano de ellos y salía por la puerta de la librería.

—Eso nos deja a los tres.

—Por mí, perfecto —aceptó Kingston, cuando Emily había esperado que pusiera alguna excusa para no ir.

—Maravilloso —habló por primera vez, fingiendo entusiasmo; y aunque logró que Steve se lo creyera, la mirada cargada de diversión del escritor le anunció que su actuación no había sido lo bastante buena como para que él no se diera cuenta de que era un acto.

La hamburguesería estaba literalmente a dos calles de Dear Reader, por lo que no era un lugar desconocido ni para ella ni para Steve.

Emily dudaba que Kingston estuviera habituado a comer en lugares tan concurridos.

Si lo que le había contado Pauline era cierto, y no había motivo por el que no lo fuera, no le gustaba mucho socializar, lo que le daba sentido a su actitud distante.

La hamburguesería desde fuera no parecía gran cosa, pero en cuanto abrías la puerta, el aroma a pan recién tostado, carne a la parrilla y patatas especiadas te envolvía como un abrazo inesperado en mitad de la polución neoyorquina.

Las paredes blancas y lisas estaban cubiertas de fotografías de clientes tratando de meterse en la boca hamburguesas gigantescas, lo que resultaba cómico y entrañable al mismo tiempo.

Sonaba música suave de fondo, pero estaba tan baja que apenas se escuchaba por debajo de la voz de los comensales.

Tomaron asiento en una de las pocas mesas vacías y esperaron a que alguien se acercara a tomarles nota.

Para sorpresa de Emily, Kingston se sentó a su lado, lo que inevitablemente la puso nerviosa, no porque él fuera capaz de ello ni mucho menos, sino porque temía que soltara alguna de sus impertinencias y con su réplica se cargara el buen ambiente que parecía reinar entre los tres.

Que fuera increíblemente atractivo y que oliera de maravilla no tenía nada que ver con que su estómago se retorciera de nervios, eso se debía al hambre nada más.

—¿Qué vais a pedir? —interrumpió Steve sus pensamientos al preguntarles.

—Hamburguesa crujiente de pollo y patatas con todas las salsas que tengan —confesó sin apuros.

Vio a Kingston reírse a su lado, pero no parecía estar burlándose, por lo que lo dejó pasar.

—¿Y tú? —le preguntó Steve al escritor.

—La elección de Emily me ha convencido, pediré lo mismo que ella.

—Bien, yo quiero una doble de ternera con todo y patatas de rejilla.

—También suena bien, pero me quedo con el pollo —apuntó mirándola.

Emily estaba comenzando a montarse películas en la cabeza, de modo que sacó su teléfono del bolso y se puso a teclear para evitar fantasear con el chico guapo pero idiota sentado a su lado.

Detrás de la barra, los cocineros trabajaban con rapidez y en menos de diez minutos tenían su comida delante.

Las hamburguesas llegaban envueltas en papel encerado, enormes y apetecibles, con el queso derritiéndose lentamente sobre la carne y el pan brioche ligeramente brillante por la mantequilla.

Y luego estaban las patatas: doradas, crujientes y servidas en pequeñas cestas metálicas, con recipientes enormes para las salsas.

—Esto tiene una pinta estupenda —apuntó Kingston—. Lo malo van a ser los kilómetros extra que voy a tener que correr para quemar tanta grasa.

Emily estaba en sus pensamientos mientras sus compañeros hablaban de rutinas de ejercicios.

Por culpa del comentario de Kingston, en esos instantes su cabeza no dejaba de mostrarle imágenes del escritor en pantalón corto y camiseta sin mangas, luciendo sus perfectos músculos en una carrera al aire libre por las calles del West Village.

Volvió en sí cuando los chicos le preguntaron si quería postre. Trató de unirse a la conversación, pero la cercanía de Kingston la obnubilaba más de lo que estaba dispuesta a reconocer.

Cuando terminaron de cenar, Emily sacó la tarjeta para pagar, pero Kingston se le adelantó, diciendo que, dado que habían salido a celebrar su primer día, le correspondía a él hacerse cargo de la cuenta.

—Trabajas sin cobrar —protestó Emily—, deja que al menos te pague la cena.

Él la miró con una sonrisa maquiavélica.

—¿Esto es cosa de un día o te estás ofreciendo a pagarme la cena cada noche que trabaje en tu librería?

La pregunta la dejó desconcertada por lo inesperada.

No era que tuviera problemas en pagarle la cena a alguien que trabajaba sin cobrar, era que la idea de cenar con Kingston cada noche le resultaba tan inquietante como interesante.

—¿Todos?

Escuchó a Steve reírse.

—Puedo rebajarlo a tres, pero ni uno más. Lunes, miércoles y viernes tienes que llevarme a cenar para compensarme por mis servicios.

—¿Y si tengo planes los viernes?

—Pásalos al sábado. Una promesa es una promesa —comentó muy serio.

—De acuerdo —concedió, sin tener muy claro cómo había terminado en semejante lío.

—Estupendo. Es martes, me toca pagar a mí —dijo levantándose de la mesa para ir a atender la cuenta.

—¿Qué acaba de pasar? —le preguntó a Steve, que parecía encantado con la situación.

—Que acabas de comprometerte a tener citas con tu escritor favorito. Eres una chica afortunada.

—¡No hay citas que valgan!, solo estoy pagando por su trabajo —exclamó indignada.

—Me alegra comprobar que no has negado que sea tu escrito favorito.

—Eres un amigo horrible.

Él se rio a carcajadas y le guiñó un ojo.

La aparición de Kingston hizo que se prepararan para marcharse. Una vez en la puerta, Steve se excusó con que tenía cosas que hacer y se encaminó hasta la boca de metro más cercana.

—Te llevo a casa —se ofreció Kingston.

—No hace falta. No vivo lejos.

—Mi coche está aparcado al lado de la librería, te llevo.

—Al lado de la librería hay un garaje particular.

—Así es.

—¿Cómo has aparcado ahí? Es superexclusivo, hay que ser propietario para poder hacerlo.

—Tengo un amigo que tiene varias plazas que alquila. Me ha dejado la que tenía libre. —Se encogió de hombros restándole importancia.

—¿Casualmente al lado del Dear Reader?

Asintió, pero sin hablar. Caminaron juntos de vuelta a la librería y, tal y como había dicho, el BMW M5 híbrido enchufable de Kingston estaba aparcado en una de las mejores plazas del lugar. Fuera quien fuera su amigo, estaba claro que tenía dinero y contactos.

Sorprendentemente la acompañó hasta la puerta del copiloto y se la abrió para que entrara. Después dio la vuelta y se sentó frente al volante.

Al encender el motor, la música de Taylor Swift con All Too Well (Taylor’s Version ) comenzó a sonar descolocando a Emily.

Decidió no comentar nada y se limitó a darle su dirección. En menos de quince minutos estaba parando frente a su edificio, y durante todo el trayecto se esforzó en no mirarlo, a pesar de que hubo momentos de que por el rabillo del ojo lo vio observar en su dirección.

—Gracias por traerme.

—De nada. Recuerda que mañana es miércoles.

Lo miró sin entender.

—Te toca invitarme a cenar.

—Cierto. Buenas noches.

Antes de que tuviera tiempo a abrir la puerta y salir, Kingston ya estaba frente a ella escoltándola. Salió del coche y pasó tan cerca de él que no pudo evitar que sus cuerpos se rozaran. Notó los fuertes músculos de sus brazos, pero se mantuvo firme y se obligó a no mirar atrás.

Una vez en su casa, hizo una llamada a tres bandas y les contó a su hermana y a su amiga Morgan lo que acababa de pasarle.

—Eres una afortunada —se quejó Morgan—, te salen citas sin siquiera hacer nada.

—No son citas. Es el pago por un servicio.

—Eso ha sonado fatal, que lo sepas —apuntó Morgan mientras su hermana apoyaba su historia:

—Lo que tú digas, cariño.

—Buenas noches, ya no quiero hablar con vosotras —se quejó colgando la llamada, no sin que antes hubiese llegado a tiempo para escuchar sus risas.

Kingston no le gustaba, aunque fuera guapísimo, tuviera un cuerpo impresionante y escribiera de maravilla. Ni siquiera su nueva personalidad amable iba a hacer que se olvidara de lo borde y desagradable que había sido en su primer encuentro.

No era rencor, era simple afán de supervivencia.