Capítulo 8
P auline entró con una enorme sonrisa en los labios y fue directa hacía Emily, quien se sorprendió al verla.
La única vez que había contactado con ella para la presentación de Kingston en Dear Reader había sido, primero, vía correo electrónico y, después, de manera telefónica.
No fue hasta el mismo día del evento cuando la conoció en persona y, aun así, Emily se dio cuenta de que estaba nerviosa, lo que propició que ella misma se pusiera en alerta.
La aparición de Pauline tenía que estar directamente relacionada con su escritor estrella, lo que no auguraba nada bueno.
Su instinto ya la había puesto en alerta cuando se presentó todo sonrisas y buenos modales y los mensajes de texto... estaba claro que, tal y como ella había sospechado, había gato encerrado en su inesperado buen rollo.
—Buenos días, Emily —la saludó Pauline—. Me gustaría hablar contigo de un tema... delicado. ¿Tienes tiempo para tomarte un café?
—Por supuesto. Vamos a mi despacho.
—¿Hay alguien que pueda sustituirte un rato? Hay un café de especialidad con una pinta estupenda a una manzana de aquí.
Emily sonrió.
—Lo conozco. La repostería que tienen es un pecado.
Pauline le devolvió la sonrisa, visiblemente más tranquila.
—Me has pillado —bromeó—, necesito un chute de chocolate para superar la mañana.
—En ese caso vayamos a por él —aceptó sonriendo—. Dame un minuto que avise a Steve y a Amy de que voy a salir.
La vio asentir y salió de detrás del mostrador donde se encontraba revisando el inventario en el ordenador, para avisar a sus empleados de que se marchaba.
Aprovechó para pasar por su despacho para coger su bolso y salió al encuentro de Pauline llena de curiosidad sobre el motivo de su visita.
La cafetería ocupaba la esquina de una calle tranquila de Greenwich Village, protegida del ruido por un toldo verde oscuro y unas jardineras rebosantes de flores blancas.
Desde fuera, las luces cálidas prometían refugio; desde dentro, el aroma a café recién molido y mantequilla derretida hacía imposible querer marcharse.
El local tenía ese encanto imperfecto y acogedor de los sitios que parecen más un salón familiar que un local de moda.
Las paredes de ladrillo estaban cubiertas de pequeñas ilustraciones, fotografías antiguas de Nueva York y pizarras escritas a mano con nombres de cafés importados de todas las partes del mundo.
Sonaba jazz suave de fondo, mezclándose con el murmullo de conversaciones tranquilas y el tintineo de las cucharillas contra las tazas.
Tras el mostrador, había una vitrina iluminada que exhibía auténticas tentaciones: rollos de canela cubiertos de glaseado brillante, cookies enormes con el chocolate todavía fundido en el centro, tartas de queso tan cremosas que parecían deshacerse antes incluso de probarlas y cruasanes dorados con capas infinitas y crujientes.
Todo olía a vainilla, canela y azúcar tostado.
Las mesas eran pequeñas y de madera clara, estaban ocupadas por personas leyendo novelas, escribiendo en portátiles o simplemente observando la lluvia deslizarse al otro lado de los ventanales.
Ese era el encanto de Greenwich Village y el de sus locales. Había cierta similitud en el ambiente, del mismo que se respiraba en Dear Reader.
La camarera saludó a Emily con una sonrisa y se acercó a ellas en cuanto se sentaron.
—Así que eres una habitual —adivinó Pauline.
—Lo soy. Aunque la mayoría de las veces me privo de las tartas y los postres y me limito a comerme la galleta de mantequilla en forma de corazón que obsequian con el café. Y créeme, es una experiencia realmente dolorosa decir que no a todas esas delicias.
Tanto Pauline como la camarera se rieron del tono dramático con que hablaba Emily.
—Pues imagínate yo que trabajo aquí y estoy oliéndolos todo el día.
—Eso es peor. —Estuvo de acuerdo Emily mientras Pauline asentía.
Entre bromas hicieron su pedido; y unos minutos después, las dos estaban disfrutando de un pedazo de tarta: de chocolate, Pauline; y de queso con mermelada de arándanos, Emily.
La agente no fue directa al grano con lo que necesitaba de ella, sino que primero tanteó el terreno. Ya le había caído bien la primera vez, pero después de ese ratito de charla se dio cuenta de que era una persona divertidísima y con un agudo sentido del humor.
Por todo ello, decidió ponerle las cosas fáciles y fue ella quien se lanzó de cabeza a la piscina.
—Supongo que tu visita tiene algo que ver con Kingston, así que dispara. Estoy preparada para lo que sea —dijo con un tono cómico que pretendía facilitar la conversación.
—En realidad no sé cómo decirte esto —confesó Pauline. No paraba de tocarse el pelo, lo que demostraba que estaba nerviosa.
—¿Tan malo es?
—No es malo, solo... complicado. Sobre todo porque sé que King y tú no congeniasteis mucho el día de la presentación.
—Ni el día de la presentación ni cada vez que ha venido a comprar libros, si quieres que sea sincera. Solo nos toleramos cuando compartimos impresiones sobre los libros que hemos leído.
—¿Perdón?
Emily la miró extrañada. Pauline parecía completamente desubicada por sus palabras.
—¿Me estás diciendo que Kingston Ellsworth ha salido de su despacho en su ático de Manhattan para ir a comprar libros a tu tienda?
—Sí.
—¿Y más de una vez?
Asintió.
—¿E incluso ha hablado contigo de libros y habéis intercambiado impresiones?
—Sí, me escribió en las redes sociales de la librería y al final intercambiamos números de teléfono.
—¿Te ha dado su número personal?
—¿De verdad es tan extraño que venga a Dear Reader a comprar libros?
—Teniendo en cuenta que es la clase de persona que lo compra todo online, incluida la comida, sí. Es muy extraño. Aunque supongo que eso le da sentido a lo que tengo que pedirte.
—Ahora sí que estoy asustada.
Pauline se rio.
—Yo también.
—Eso no ayuda.
Su respuesta fue un encogimiento de hombros.
—Voy a soltarlo y listo. Después valoramos daños.
—Muy bien.
—Kingston quiere trabajar en tu librería. —Al ver que Emily no dijo nada al respecto, continuó con la historia—: Por supuesto será mano de obra gratuita, no tendrás que pagarle.
Las dos se quedaron en silencio unos largos segundos mientras Emily asimilaba lo que le acababa de decir.
—¿Para qué necesita mi librería? Estoy segura de que debe de tener una biblioteca del tamaño de la de La Bella y la Bestia .
—La tiene, quizá no tan grande, pero lo que busca no son libros, sino inspiración.
—¿Por qué en mi tienda? Ni siquiera le caigo bien.
Pauline sonrió incómoda.
—Hay poca gente que le cae bien y, por alguna razón le gustas lo suficiente como para pensar que pasar tiempo contigo puede inspirarlo.
—¿Conmigo o en Dear Reader?
—Creo que su petición tiene más que ver contigo que con tu encantadora librería, sobre todo después de lo que me has contado.
—Creo que solo viene para sacarme de quicio y, quizá, porque se fía de mi criterio literario.
—Eso ya es ser especial. Te aseguro que no es fácil de complacer.
—También tengo que pensar en mis clientes. No es precisamente amable y servicial, no puedo dejar que se relacione con ellos si va a ser un déspota.
—Lo entiendo y se lo haré saber. Creo que lo que busca es la experiencia para después poder plasmarla en su novela.
—No creo que sea necesario ser tan minucioso para escribir.
Pauline volvió a encogerse de hombros.
—Es mi autor más exitoso. No puedo llevarle siempre la contraria.
De vez en cuando me toca ceder y esta vez lo he hecho con esta loca petición —confesó—, tú míralo por el lado interesante: trabajará para ti gratis, por lo que podrás mandarle a hacer lo que sea que quieras.
Si se niega o se muestra impertinente sin motivo, tendrás derecho a despedirlo como a un trabajador más. Solo hay beneficios para ti.
—Supongo que visto así...
—Sabía que íbamos a estar de acuerdo en esto.