Emily y el rey de picas (Reyes del juego 2) Capítulo 7
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Capítulo 7

C uando el lunes vio aparecer a Kingston por la puerta de su librería, Emily tuvo que contenerse para no salir de detrás del mostrador y pedirle que se fuera.

Todavía estaba molesta por el modo en que había hecho alarde de su poder adquisitivo para quedarse con el libro que ella había visto primero. Por suerte el vendedor no había querido aprovecharse de la situación y había negociado con ella.

No obstante, aunque el libro estaba en su poder, el hecho de que hubiera tratado de jugar sucio para conseguirlo, unido al desdén con el que la trataba, había hecho que se convirtiera en una de sus personas menos favoritas del mundo.

De hecho, ni siquiera le preocupaba perderlo como cliente, a pesar de la cantidad ingente de libros que se llevaba con cada visita.

Esperó con todo el cuerpo en tensión para ver qué hacía. Contra todo pronóstico, se acercó al mostrador y le ofreció la primera sonrisa amable que le había visto esbozar desde que se conocían.

—Buenos días, señorita Rosewood. Creo que es posible que hayamos comenzado con mal pie —dijo con una actitud que sorprendió a Emily.

—¿Perdón?

Lo vio extender su mano.

—Me gustaría presentarme. Soy Kingston Ellsworth.

Emily asió su mano por inercia, confundida.

—Lamento lo que sucedió el domingo —se excusó, y Emily no estuvo segura de si era sincero o solo pretendía serlo.

Según Daniel no era un mal tipo; sin embargo, su experiencia con él distaba mucho de la de su amigo.

Ella asintió sin saber muy bien qué decir.

¿Era, acaso, una táctica de su archienemigo para hacerle bajar la guardia? Era habitual que estas cosas sucedieran en las novelas. Y, aunque estaban en la vida real, King era un escritor, lo que lo convertía en alguien con una mente rápida y peligrosa.

—¿Tendrías tiempo para ayudarme a elegir libros nuevos? —preguntó, no exigió, lo que aumentó todavía más en Emily la sensación de gato encerrado.

Nadie cambiaba tanto de la noche a la mañana a no ser que lo hiciera porque esperaba algo.

—Por supuesto —concedió—, pero que sepas que no voy a venderte el libro por muy amable que intentes ser.

Kingston pareció sorprendido por sus palabras, pero se recompuso con rapidez.

—No lo pretendo —aclaró—. Estoy trabajando en un nuevo proyecto y antes de ponerme a ello me gustaría hacer un estudio de mercado, de ahí que te pida ayuda con las novedades que están saliendo. Eres la persona más al día que conozco.

—¿Gracias? —dijo con reticencia.

Kingston se rio, pero no fue una sonrisa de circunstancias, sino que soltó una serie de carcajadas que provocaron nudos en el estómago de Emily.

Cómo podía alguien ser tan guapo solo por reírse.

Sí, Kingston era guapo siendo serio, pero cuando se reía sus ojos se achicaban y en su mejilla izquierda aparecía un hoyuelo monísimo en el que ella no había reparado.

—De nada. Es la verdad.

Emily no dijo nada, se limitó a salir de detrás del mostrador y a ponerse a su lado.

—¿Qué buscas exactamente?, ¿romance contemporáneo o histórico?

—Novela contemporánea.

—De acuerdo, ¿en general o algo más concreto?

—General. Mientras no sea dark romance —se encogió de hombros—, no es mi estilo.

Emily torció el gesto.

—¿Qué sucede? —preguntó al verla.

—Nada, es solo que no esperaba que estuviéramos de acuerdo en nada.

Kingston volvió a reír.

—Puede que te moleste, pero tenemos muchas más cosas en común de las que crees.

—Para nada —protestó—, somos el agua y el aceite.

No queriendo prolongar la conversación, echó a andar hacia las estanterías en busca de libros que él todavía no hubiese comprado.

—Te aseguro que sí —insistió siguiéndola.

Emily le lanzó una mirada fulminante que hizo que Kingston tosiera para disimular su risa.

Durante los siguientes quince minutos hablaron solo de libros. Emily cumplió con su cometido y le vendió seis novedades que ella misma todavía no había tenido tiempo de leer. Se molestó consigo misma cuando se descubrió pensando en preguntarle sobre ellos cuando regresara a por nuevas lecturas.

No le caía bien Kingston, por lo que su opinión literaria tampoco era algo sobre lo que quisiera estar informada.

De hecho, ni siquiera sintió pena por él cuando la señora Collins, lupa en mano, se puso a seguirlos, siendo poco discreta hacia la dirección en que apuntaba su lupa, para espiar a Kingston, ya que a ella la tenía muy vista.

Ni siquiera la aparición de Steve hizo que la mujer apartara su interés del trasero del escritor.

Lo que tenía mérito, dado que la anciana solía plantarse frente al mostrador exigiendo que le llevaran los libros que quería, como si moverse para conseguirlos por sí misma fuera una tarea demasiado mundana para alguien de su estatus.

De modo que no, no le mostró ni un ápice de lástima porque sus clientas lo convirtieran en un objeto meramente ornamental y tampoco mostró interés en sus opiniones literarias ni de cualquier tipo.

Aun así, cuando cerró la tienda y se marchó a casa, lo hizo con tres de las novelas que le había vendido a él; y después de cenar y recompensarse con un baño de burbujas y una copa de vino, se dispuso a leer en el agua caliente de su bañera.

Minutos antes se encontró pensando en la posibilidad de enviarle un mensaje para saber por cuál había comenzado.

Molesta consigo misma eligió el que más le llamaba la atención y se hizo una foto, nada escandalosa, que subió a sus redes sociales. En ella se veían las burbujas del baño, la copa de vino y el libro escogido.

Se centró tanto en lo que leía que no se dio cuenta de que el agua se enfriaba hasta que tuvo escalofríos y la piel arrugada.

Reacia a dejar la novela, salió del agua, se secó y se puso el pijama, ansiosa por seguir leyendo. La novela era increíblemente adictiva y lo mejor era que se trataba de una autora nueva a la que nunca antes había leído, lo que le abría una nueva dimensión romántica que explorar.

Se metió en la cama con ganas de continuar, pero el sonido de una notificación de mensajes la hizo dejar la novela a un lado para comprobarlo.

La sorpresa fue quién le había enviado un mensaje y su contenido.

Kingston Ellsworth parecía demasiado interesado en sus redes sociales, se dijo. Seguramente seguía con su plan de hacerse el simpático para que le vendiera el libro o para sacarle un mayor descuento en el Dear Reader.

No era que necesitara de eso, pero el tipo era lo suficientemente retorcido como para querer pagar menos.

En el mensaje parecía interesado por su opinión sobre la novela.

Le contestó que estaba leyéndola todavía y él le respondió preguntándole por qué capítulo iba.

Un mensaje llevó a otro y el otro al siguiente; y cuando se dio cuenta estaba intercambiando impresiones con él mientras ambos leían al mismo tiempo la misma novela.

Se tranquilizó diciéndose que era como si estuviesen en el mismo club de lectura, uno muy exclusivo e íntimo. Y, sobre todo, muy interesante.