Capítulo 6
A pesar de que Daniel pretendía que fueran a Chelsea en su coche, Emily acabó convenciéndolo de que no vivirían la experiencia completa si no cogían el metro y se movían como lo hacía la gente normal.
Daniel protestó un poco, pero acabó cediendo, de modo que desayunaron en una cafetería famosa por sus bagels y se pusieron en camino para llegar pronto al mercadillo de libros, antes de que nadie pudiera hacerse con las joyas que Emily estaba segura de que iba a encontrar.
—No voy a volver a dejar que me convenzas de coger el metro un domingo —se quejó muy indignado—. Todavía hay gente que vuelve de fiesta y su aroma es brutal.
Emily se rio entre dientes.
—Pobre niño rico —bromeó.
—Los ricos son mis padres —aclaró, como siempre hacía—, yo solo soy el heredero.
—¿Solo?
Se encogió de hombros.
—Están a tiempo de desheredarme —anunció muy serio.
—Ni que fueras a hacer algo malo.
—Tienes razón —estuvo de acuerdo—, soy un santo. Nada de lo que haga hará que mis padres dejen de adorarme.
—Yo no diría tanto..., pero sí, eres de los buenos.
Antes de que se diera cuenta de que iba a moverse, ya la había envuelto entre sus brazos estrujándola, encantado con su declaración.
Bajaron en la parada más cercana al mercadillo y caminaron unos minutos antes de llegar a su destino.
El encuentro lo organizaba un grupo de tiendas de antigüedades que, un domingo al mes, sacaban los libros de los que disponían y pasaban de ser tiendas de antigüedades en general a ser, exclusivamente, un mercado de libros antiguos y raros.
El resto del mes, esas mismas tiendas vendían arte, muebles, pero ni un solo libro, lo que hacía que los domingos de venta de libros fueran más especiales.
Al llegar a la primera parada, Emily ya estaba dando saltitos de felicidad. Acababa de comerse un bagel delicioso, estaba con uno de sus mejores amigos y tenía ante sí filas y filas de libros por descubrir.
Se dio la vuelta cuando notó que Daniel le daba un golpecito en el hombro.
—¿Ya te he perdido? —preguntó con una sonrisa.
Había estado hablándole, pero ella no se había dado cuenta.
—Lo siento, ¿qué?
Él le sonrió.
—¿Qué buscamos? —repitió—. Yo me llevaré cualquier libro de H. G. Wells.
—Ya tienes todos sus libros.
Se encogió de hombros.
—¿De verdad me estás diciendo eso?, ¿cuántas ediciones tienes de La abadía de Northanger ?
—Tienes razón. Cuantas más, mejor.
—Ya me parecía a mí.
Emily adoraba ese libro por muchas razones, una de ellas era porque la protagonista de la novela, Catherine Morland, era una fanática de las novelas góticas obsesionada con el libro Los misterios de Udolpho , cuya heroína se llamaba Emily St. Aubert.
De algún modo, al igual que Catherine, la propia Emily se había obsesionado de jovencita con esa misma novela y con la protagonista que llevaba su nombre.
De ahí uno de los motivos por los que le encantaba la novela de Austen.
Animados por haber establecido objetivos, se pusieron manos a la obra a revisar libro tras libro.
No habían ni cubierto la mitad de los puestos y Daniel ya llevaba comprados tres y Emily, dos.
No obstante, estaba convencida de que en los sitios restantes encontraría la joya que le cambiaría la vida.
Y como si de una protagonista de novela se tratara, se dio de bruces con una edición de La abadía de Northanger de principios del siglo XX.
Estaba a solo dos pasos de ella, la había reconocido por la cubierta verde oscuro con letras doradas. Llegó a él en solo una zancada y lo asió con fuerza, temerosa de que alguien más lo hubiese visto.
Suspiró cuando por fin lo tuvo en sus manos, pero la tranquilidad le duró poco.
Alguien se plantó a su lado y con todo el descaro le hizo una oferta al librero de la obra que Emily todavía sostenía. Ni siquiera tuvo que darse la vuelta para saber quién era el malintencionado comprador que pretendía robarle su hallazgo.
—¡Es mío! —le dijo acunando el libro en sus brazos y lanzándole una mirada mortal.
—No lo es hasta que lo pagues y yo soy el único que ha hecho una oferta —dijo el maldito Kingston Ellsworth.
—Le daré el doble de lo que él le ha ofrecido —dijo sin titubear—. Yo lo he visto primero.
El pobre hombre paseó la mirada de una a otro, confundido.
—¿No son pareja?
Kingston se rio mientras que Emily negó con vehemencia con la cabeza.
El hombre se encogió de hombros.
—El precio está marcado —anunció—. Si ella puede pagarlo es suyo —dijo muy serio—. Ha sido la primera en cogerlo.
—Sí, lo he cogido yo.
El librero asintió.
Al ver que no podía salirse con la suya, Kingston lo intentó con ella.
—Te doy el doble si me lo vendes —le dijo, muy serio.
—Ni aunque me dieras el triple. El libro es mío y me lo llevo.
—Si esa es tu manera de pedirme el triple, ¡hecho!
Emily lo fulminó con la mirada.
—No eres gracioso.
—No pretendo serlo.
—¿Qué está pasando? —preguntó Daniel, plantándose al lado de Emily.
Kingston miró al recién llegado y hubo un reconocimiento por parte de ambos.
—Daniel Astor, qué sorpresa verte por aquí.
—Kingston Ellsworth.
—¿Os conocéis?
—¿Has venido con él? —preguntó Kingston, paseando la mirada de Daniel a ella.
No podía sorprenderse porque ya sabía que eran amigos, se lo había dicho durante la fiesta de los Astor en la que habían coincidido.
Ella ni siquiera había caído en que el hecho de que estuviera implicaba que conocía a la familia.
Simplemente imaginó que lo habían invitado porque era un autor famoso.
—Sí. ¿De qué os conocéis?
Fue Daniel quien contestó.
—Estudiamos juntos en el mismo internado.
Emily asintió. Así que Kingston era del mismo círculo social que Daniel, pensó, tenía sentido. Era un estirado con complejo de superioridad, que tuviera dinero además de éxito con sus novelas de algún modo avalaba su actitud.
—La cuestión es ¿cómo os conocéis vosotros?
Emily se dio cuenta de que la pregunta pretendía ofenderla, pero se negó a dejar que la insultara.
El día de la fiesta de los Astor, ella misma le había dicho que había acudido como acompañante de Daniel, por lo que no era una sorpresa para que él que fueran amigos, su comentario solo pretendía resaltar la diferencia de nivel económico entre ellos.
Iba a ponerle en su sitio, pero Daniel se le adelantó.
—Es una de mis mejores amigas, además de una empresaria de éxito.
—Ya veo.
—¿De verdad?, ¿y qué ves? —inquirió ella con la sangre hirviéndole en las venas.
—Que sois adecuados, para ser amigos, quiero decir.
—Lo somos —zanjó Daniel—. ¿Pagamos el libro y seguimos con nuestra mañana?
—Sí —aceptó sonriente—. Mira lo que he encontrado.
Se regodeó mostrándole a Daniel el motivo del enfado de Kingston.
—Tu libro favorito —se emocionó su amigo—, y en una edición que no tienes.
—¿Es tu libro favorito? —le preguntó Kingston, que no se había movido de donde estaba.
Parecía sorprendido porque lo fuera, pero Emily estaba tan molesta con él que ni siquiera tenía ganas de ser educada.
—Lo es.
Él asintió perdido en sus propios pensamientos.
—Nos vemos —se despidió.
—Eso ha sido raro —comentó Daniel viendo como su antiguo compañero se iba con el rabo entre las piernas.
Emily pagó por el libro antes de responderle:
—Kingston es raro en general, cualquier cosa relacionada con él lo es también por defecto, ¿cómo es eso de que fuisteis juntos al colegio?
Lo vio encogerse de hombros.
—Al colegio y al instituto, en realidad. Su familia es amiga de la mía.
—¡Vaya! Qué horrible.
Daniel se rio a carcajadas.
—Tampoco es tan malo —trató de defenderlo—. Parece frío y distante al conocerlo, pero no es mal tipo.
—Claro, porque no ha matado a nadie.
Las carcajadas de Daniel subieron de nivel y Emily llegó a preocuparse de que se ahogara riendo.
—¿Sabes? No quiero pensar mal, pero tanta animadversión huele a romance de esos de los que lees.
Emily le lanzó una mirada fulminante.
—Retíralo ahora mismo —exigió—, o me vengaré haciendo mis propias cábalas.
—¡Qué miedo!
—De acuerdo, pues si lo mío con Kingston huele a romance, lo tuyo con Phil apesta a tensión sexual no resuelta.
Daniel se rio tan fuerte como lo había hecho antes.
—Este día está siendo pura diversión —se burló.
—¿No lo niegas?
Lo vio encogerse de hombros.
—A diferencia de otras, yo no miento.
Emily abrió los ojos con sorpresa.
—¡Ja! —dijo simplemente.
Su amigo esperó a que añadiera algo más, pero no fue el caso.
Una cosa era suponer que había una química intensa entre él y Phil, y otra era que Daniel lo reconociera abiertamente.
—¿No vas a hacer nada al respecto? —preguntó, por fin.
—Es mi jefe, por supuesto que no voy a hacer nada. —Y añadió con una sonrisa maliciosa—: ¿Y tú estás dispuesta a vivir ese amor de novela romántica que tanto anhelas?
—Por supuesto, aunque Kingston Ellsworth no será el coprotagonista.
—Torres más altas se han derrumbado. —Se rio Daniel.
—Estás empezando a caerme mal —bromeó.
—De acuerdo, cambiemos de tema, ya me regodearé cuando se cumplan mis vaticinios.
—En tus sueños.
—O en los tuyos, preciosa.