Emily y el rey de picas (Reyes del juego 2) Capítulo 5
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Capítulo 5

K ingston apareció dos veces más esa semana —eso sí, sin la gorra y las gafas— y pidió expresamente que fuera Emily quien lo atendiera.

Compró más libros y las dos veces que apareció trató de entablar una conversación civilizada con ella; no obstante, aunque cortés, Emily no dio pie para que la charla fuera más allá de un intercambio de opiniones sobre lecturas comunes.

Si no fuera porque ella misma era una ávida lectora, no habría creído posible que leyera tan rápido y habría asumido que sus visitas solo eran para molestarla.

Como fuera, tenía que reconocer que era un buen cliente, a nivel económico, y se portó lo más profesional que pudo durante sus intercambios.

Ni siquiera se fijó por demás en lo maravillosamente bien que le quedaban los vaqueros o lo amplios que parecían sus músculos al marcarse en sus camisetas.

La semana había sido demasiado intensa, por lo que salir a cenar con sus amigas era lo que necesitaba para recuperar un poco de su cordura, y que Dan hubiese organizado una de sus maravillosas fiestas en su terraza era lo mejor que podía haberle pasado.

Era una mujer adulta, con las cosas claras, que trabajaba para conseguir la vida con la que siempre había soñado y, de momento, iba por el buen camino; lo que menos necesitaba era que apareciera un idiota decidido a estropear su organizada y satisfactoria existencia.

—Morgan, ¿estás libre el miércoles para comer?

—Puedo estarlo, ¿por qué lo preguntas?

—Quiero que me acompañes de compras. Necesito asesoramiento.

Alice sonrió con disimulo.

—No hace falta que me invitéis. Ya sé que estáis fingiendo y que en realidad vais a por mi regalo.

—¿Regalo?, ¿qué regalo? —preguntó Emily haciéndose la tonta.

—¿De qué hablas, Alice? —intervino Morgan—, ¿qué me he perdido?

Ella las miró sin dejar de sonreír.

—No hace falta que disimuléis que no os acordáis. No cuela, sois mi hermana y mi mejor amiga.

—De verdad que ahora mismo no caigo —continuó Emily.

—Me pillas en blanco —la secundó Morgan.

—Muy graciosas, como si me fuera a creer que no os acordáis de la fecha de mi cumpleaños.

—¡Ostras! Tienes razón, es el mes que viene. Ni me acordaba. —Emily se estaba divirtiendo conforme Alice comenzaba a dudar de que de verdad lo hubiesen olvidado.

—Yo tampoco me acordaba, pero no te preocupes, tenemos tiempo para comprarte algo que te guste.

Alice paseó la mirada de una a otra, debatiéndose entre creerlas o no. Finalmente, optó por hacerlo y asintió con menos vehemencia de la que esperaban.

—Me parece bien, pero que sea increíble —pidió—, para compensarme por haberos olvidado.

Las otras dos sonrieron y estuvieron de acuerdo sin protestas.

—Estáis siendo crueles con Alice —la regañó de broma Daniel, cuando desapareció con Jacob unos minutos más tarde.

Casi todos se habían ido a casa. Su hermana y su pareja se habían ofrecido a llevarla, pero Daniel le había pedido que se quedara a dormir y ella había aceptado.

Tenían planes para el día siguiente, por lo que era más cómodo que se quedara con él en su casa, así podrían salir temprano a la mañana siguiente para su aventura de domingo.

Daniel vivía en ático impresionante, por lo que tenía habitaciones de sobra para que ella pudiera quedarse, aunque incluso si hubiesen compartido dormitorio tampoco hubiese pasado nada porque ninguno de los dos se veía como otra cosa más que amigos. Muy buenos amigos.

Había sido un regalo de la vida que se encontraran, porque Emily estaba convencida de que Daniel era eso, un regalo.

Las horas pasaron y los invitados comenzaron a marcharse. El que parecía no tener prisa porque terminara la fiesta era Phil, el jefe de Daniel y de Alice, quien se había apalancado en el sofá mientras veía como el resto de sus amigos se marchaban a sus casas.

Consciente de que la relación entre ellos era complicada, ya que no se comportaban como jefe y empleado y tampoco como simples amigos, decidió despedirse y acostarse para dejarles tiempo a solas y que hablaran de lo que fuera que Phil necesitara decirle a Daniel.

—Me voy a la cama —les anunció con una sonrisa cansada.

Los ojos de Phil se abrieron como platos ante su comentario:

—¿Se queda en tu casa? —le preguntó a su asistente, sin siquiera mirarla a ella.

—Sí, mañana tenemos planes juntos. Es más fácil si se queda conmigo.

—¿Juntos?

—Planes juntos, sí —confirmó Daniel, aunque los tres sabían que no era eso lo que le estaba preguntando.

La escena se estaba volviendo incómoda, así que decidió alejarse sin decir nada más ni prestar atención a lo que le estaba comentando Daniel a su jefe.

Sus cosas ya estaban en el dormitorio de invitados, de modo que se quitó los zapatos, sacó su pijama y sus cosas de aseo, de la bolsa que había llevado para pasar la noche, y se metió en el cuarto de baño para darse una ducha y prepararse para dormir.

Media hora más tarde, fresca y cómoda, se metió en la cama, no sin antes buscar su teléfono, que iba a poner a cargar. Sin embargo, decidió revisarlo al ver que tenía notificaciones.

Lo desbloqueó, por si eran de las redes sociales de la librería, que actualizaba con regularidad, anunciando novedades o simplemente invitando a los lectores a conocerla, pero, aunque tenía varias docenas, no fue eso lo que le llamó la atención, sino el mensaje directo de una cuenta verificada que jamás imaginó que la contactaría.

King le había escrito para pedirle su número de teléfono.

Revisó varias veces el mensaje, preocupada de que el cansancio y los dos cócteles que se había tomado hicieran que viera cosas donde no las había, pero no. Las palabras que había leído seguían allí después de que volviera del baño, donde se lavó la cara con agua fría.

Si la tensión entre Daniel y Phil no hubiese sido tan evidente habría salido solo para que ellos le confirmaran que de verdad Kingston Ellsworth le había pedido su número de teléfono.

Tras pensarlo durante varios minutos se decidió a responder, después de todo se había convertido en un cliente, por lo que le dio su número y cerró la aplicación.

No añadió ningún mensaje más, solo su número de teléfono. Escueto y frío, nada desesperado, se dijo, perfecto para que no se hiciera ideas raras.

Dejó el móvil sin voz sobre la mesilla de noche; era de madrugada y no quería obsesionarse con el mensaje porque al día siguiente o, más concretamente en unas horas, iba a tener que levantarse para que ella y Daniel fueran al mercadillo de libros antiguos más increíble de la ciudad.

Se realizaba una vez al mes y, aunque había querido ir multitud de veces, siempre había sucedido algo que se lo había impedido, por eso cuando su amigo le contó que ese domingo se organizaba y que podían ir juntos, no se lo pensó dos veces y dijo que sí.

Necesitaba estar descansada para rebuscar entre miles de libros la joya oculta que solo ella encontraría porque estaba destinada a ella y que le haría hallar a su amor eterno y predestinado.

No estaba segura de si se trataría de un libro de recetas, con el que tras hornear galletas siguiendo sus pasos conseguiría que su amor perfecto apareciera; un libro de hechizos, que haría lo mismo con unas pocas palabras; o un manojo de cartas antiguas que la llevaría a descubrir una triste y preciosa historia de amor que le permitiría conocer a uno de los descendientes de los protagonistas, un hombre guapísimo, culto y amable que se enamoraría de ella a primera vista y con el que viviría un «felices para siempre».

Se rio de sí misma y tomó nota por si alguna vez se decidía a escribir su propia novela, ya que las ideas podían tener futuro.

Apagó la luz y cerró los ojos, pelándose consigo misma para no echar una última miradita al teléfono para ver si King había leído su mensaje.

Al final perdió la batalla contra el sentido común y abrió la aplicación de mensajes para toparse con que no era la única con insomnio.

Guardó su número en contactos y respondió.

King solo le había dicho que era él, no le había pedido nada, lo que resultaba raro.

Ella le respondió con el emoticono de un pulgar hacia arriba, y antes de que pudiera siquiera parpadear, volvió a entrarle un nuevo mensaje en el que le pedía que le preparara un nuevo lote de libros de su elección que recogería el lunes cuando Dear Reader volviera a abrir.

Bufó molesta, ¿para eso quería su número de teléfono, para hacerla trabajar incluso en su tiempo libre? Cerró la aplicación sin molestarse en responder y se acurrucó entre las sábanas decidida a descansar para poder darlo todo en la búsqueda del tesoro del día siguiente.