Capítulo 4
L a semana había comenzado más intensa de lo habitual.
Tenía un montón de novedades que distribuir en las estanterías, dos presentaciones que organizar y una exorbitante cantidad de pedidos que preparar y que enviar a sus compradores; además, por si eso fuera poco, se había comprometido con Jacob y con Morgan en ayudarlos a organizarle una fiesta sorpresa de cumpleaños a su hermana, y el lugar elegido era nada más y nada menos que en su librería, lo que implicaba mover mobiliario para dejar espacio a toda la comida que querían llevar y que supondría para Emily menos horas de sueño porque tenía que hacerlo fuera del horario laboral para no molestar a sus clientes.
Con todo lo que tenía pendiente, lo que menos necesitaba era añadir problemas a su extensa lista de preocupaciones.
—Hay un tío raro paseándose por la librería.
Emily levantó la cabeza del libro que estaba hojeando y miró a su amigo. Steve no era una persona exagerada o alarmista, aun así, decidió mantener la calma.
—La librería siempre está llena de personas... especiales.
Steve le puso mala cara.
—Hay raros y luego está este tío que es de otro nivel.
—¿En qué sentido? —La curiosidad se adueñó de ella.
—Va con gorra y gafas de sol, pero eso no es lo que me escama.
Lleva unas zapatillas que cuestan tres mil dólares y que son una edición limitada a la que muy poca gente tiene acceso.
Tenemos clientes especiales —hizo el gesto de las comillas con los dedos de las dos manos—, pero no tenemos clientes «excéntricos», y uso esa palabra para resaltar que tiene más dinero que el resto de los raros que nos visitan.
Emily le lanzó una mirada de censura.
—No hables así de nuestros clientes —se quejó—. Queda fatal.
—Tus clientes —recalcó Steve—, yo soy solo el gerente, la dueña eres tú.
—Eres mi socio al cincuenta por ciento en el negocio de la papelería. Son nuestros clientes.
—De acuerdo, pero los que vienen a comprar libros son solo tuyos.
—¿Y si vienen a por libretas?
Steve no protestó, se limitó a mirarla con una expresión de desconcierto que no parecía falsa.
—De acuerdo —concedió ella rápidamente—. Voy a echar un vistazo, pero no veo el problema en que nos visite gente con dinero —se encogió de hombros—, comprará más.
—O puede que sea de alguna franquicia de librerías y esté aquí para evaluar a la competencia o incluso para hacerte una oferta de compra. Últimamente nos están llegando noticias de ese tipo con cada comunicación del gremio.
Emily se quedó sin réplica ante sus palabras. Dear Reader no estaba en venta y nunca lo estaría, pero tener a alguien molestando por ello no era lo que quería.
—¡Menuda semana llevo! —se quejó mientras buscaba al tipo con la mirada.
Steve le hizo un gesto con la cabeza para indicarle dónde podía encontrarlo.
—Estamos a martes —anunció Steve muy serio—. Te queda más de la mitad por delante. Deberías tomártelo con calma y no hacer comentarios que atraigan la mala suerte.
—Eso, eso. Tú anímame —protestó.
—¡Siempre!
Cada vez más curiosa, se dirigió hacia la zona donde las estanterías contenían los clásicos de la literatura, esos que nunca pasaban de moda y que siempre eran un acierto, y se dio de bruces con el posible comprador.
Steve había tenido razón con que era alguien con dinero. Desde sus zapatillas hasta su corte de pelo, todo indicaba que era alguien pudiente.
Llevaba unos vaqueros, jersey de cachemira y una chaqueta que costaban más que una estantería completa de libros. Lo único que desentonaba un poco era la gorra, porque las gafas también eran de una marca de lujo.
Lo observó sin terminar de acercarse a él. Tenía muy buen cuerpo: era alto, de hombros anchos y no había duda de que estaba en forma.
Él todavía no la había visto, por lo que se debatió unos segundos en si acercarse a ofrecerle su ayuda o dejar que fuera él quien moviera ficha; después de todo, solo estaba especulando sobre sus razones para estar allí.
Quizá solo era un aficionado a los libros al que le gustaba visitar librerías originales como la suya.
Estaba a punto de darse la vuelta y volver al mostrador cuando el tipo misterioso se volvió y quedó frente a frente con ella.
Durante unos segundos ambos fueron incapaces de reaccionar.
Él se quedó inmóvil a unos cinco pasos de ella, y Emily ni siquiera estaba segura de que lo que estaba viendo fuera real.
¿Por qué Kingston Ellsworth estaría en su librería tratando de pasar desapercibido enfundado en una gorra y unas gafas de sol?
No, rectificó mentalmente, ¿por qué Kingston Ellsworth estaría en su librería? Suya, de Emily Rosewood.
—Señor Ellsworth —lo saludó cuando pudo ser capaz de sonar normal.
—Señorita Rosewood —respondió él, quitándose las gafas y manteniendo la gorra.
—¿A qué debemos el grandísimo honor que supone su visita? —Destilaba sarcasmo con cada sílaba, pero en lugar de ofenderse, como era lo que pretendía, él se irguió orgulloso.
—He venido a comprar libros. ¿A qué si no va una persona a la librería?
—Por supuesto —concedió ella—. ¿Necesita ayuda o prefiere echar un vistazo usted mismo? —No tenía ninguna gana de pasar tiempo con él, pero no dejaba de ser un cliente y Emily se debía a ellos.
Estaba segura de que Kingston iba a rechazar su oferta, por lo que se quedó boquiabierta cuando él le ofreció una sonrisa del todo falsa y aceptó que le asesorara.
Compuso una expresión cordial y se mostró mucho más amable y atenta de lo que era habitualmente. De hecho, fue incluso empalagosa, pero qué mejor forma de demostrarle a alguien que no te caía bien sino siendo superamable, en falso, pero amable.
Por su parte, Kingston hizo lo mismo, pero desde la ventaja del cliente; le hizo sacar toneladas de libros y no se decidió por ninguno de ellos.
Cuando Emily estaba a punto de pedirle socorro a Steve o incluso a Amy, Kingston entró en razón y aceptó varios libros que le propuso, no sin antes marearla con mil preguntas.
—¿Por qué te gustan?
—La historia de amor es preciosa, están bien escritos y son adictivos —enumeró levantando un dedo cada vez.
—¿Por qué te parece preciosa la historia de amor?
—Porque no aparece sin más, hay una evolución de los personajes, un descubrimiento. El autor no se saca de la manga su romance, lo trabaja desde el principio.
—¿Crees que me saco de la manga las historias de amor de mis personajes?
Emily lo miró sin comprender el derrotero que había dado su conversación.
—¿Perdón?, ¿cuándo he mencionado tus libros?
—No lo has hecho y yo te he hecho una pregunta fácil.
A la mierda que se tratara de un cliente, le lanzó una mirada fulminante antes de tomarse la molestia de responder.
—No hay nada malo en tu forma de escribir. El problema eres tú como persona —dijo sin remordimientos.
Por primera vez desde que se conocieron él le ofreció una sonrisa enorme y, lo más importante, sincera, lo que la cabreó más si cabe, porque Kingston Ellsworth era un completo idiota y por tanto su mala personalidad tenía que eclipsar por completo a su atractivo.
No era posible ser guapísimo y un capullo, no era normal.
Cuando te topabas con esa clase de tipos por la vida lo habitual era que acabaras olvidándote de su aspecto por culpa de su mala actitud, lamentablemente eso no sucedía con él.
Seguía siendo impresionante siempre y lo era más cuando sonreía sin dobleces.
—¡Fabuloso! Me llevo estos dos y aquellos tres que me has recomendado antes.
—¿Te refieres a los tres primeros que te he recomendado? —Emily sabía que estaba sonando pasivo-agresiva, pero a esas alturas ya no le importaba.
Él volvió a sonreírle.
—Sí, esos. —Y añadió para total sorpresa de Emily—: Por favor.
—Por supuesto, señor Ellsworth.