Emily y el rey de picas (Reyes del juego 2) Capítulo 3
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Capítulo 3

E mily estaba encantada con el nuevo amigo que había hecho gracias a su hermana pequeña. Daniel era encantador, divertido y un cómplice a su medida. Lo único en lo que no coincidían era en el gusto por la literatura, pero nadie era perfecto.

Esa misma semana, Dan la había sorprendido con una invitación para ser su acompañante en el evento del año: la gala benéfica anual que organizaban los Astor para recaudar fondos para su fundación. Fundación que presidía el propio Daniel.

En realidad, no era la primera vez que lo acompañaba a eventos relacionados con la institución.

Se conocían desde hacía unos seis meses, pero él siempre contaba con ella cuando dichos eventos tenían que ver con libros, arte o con niños.

No obstante, era la primera vez que la invitaba a una fiesta por todo lo alto.

—¿Estás seguro de que quieres que te acompañe yo? —le había preguntado entre emocionada y asustada por la envergadura del evento—. Seguro que Alice es más adecuada, o Sarah. No conozco a nadie importante si no vive con la nariz enterrada en libros.

Dan había resoplado.

—Estoy seguro de que Alice irá con Jacob, su bufete también ha sido invitado.

—Pero...

—Y aunque es cierto que normalmente llevaría a Sarah, mi amiga más antigua, no es menos cierto que ella está tan harta de mí como yo de ella —rio—, necesito carne fresca para no aburrirme de muerte en el evento, y tú —la señaló—, eres perfecta.

—Eres un adulador.

Él sonrió, sin negarlo.

—Pero...

—No, Sarah no va a enfadarse por no ser mi acompañante, ya que tiene su propia invitación y está en su fase de búsqueda de pareja y yo sería un estorbo.

—Lo sé. —Se rio ella—, me lo dijo el viernes pasado cuando coincidimos en la reunión en tu casa.

Daniel la miró con perspicacia.

—¿Que buscaba novio o que yo era un estorbo?

—¿Las dos cosas? —bromeó Emily, riéndose de él y de su expresión desolada—. ¡Es broma! —siguió riendo—. Me confesó que está cansada de estar soltera. ¿Y Phil?, ¿no te apetece invitarlo?

Daniel bufó, pero hubo algo en su gesto que la hizo sonreír.

—Phil también tiene su propia invitación —se encogió de hombros—, no me necesita.

—Puede que no te necesite, pero te quiera igual —lo pinchó.

—Por supuesto —concedió—. ¿Quién en su sano juicio no iba a quererme?

—Eres demasiado modesto —se burló.

Siguieron bromeando, pero Emily ya estaba dándole vueltas a que necesitaba llamar a Morgan para pedirle un vestido para la fiesta.

Tener por amiga a una diseñadora de moda fabulosa era una suerte, sobre todo cuando surgían invitaciones como esa.

No era que Emily estuviera acostumbrada a asistir a ese tipo de fiestas, pero sí que era cierto que desde que Daniel había entrado en su vida, esta estaba mucho más animada y llena de imprevistos.

Adoraba a su hermana pequeña, por muchas razones, y el que le hubiese presentado a Daniel, que trabajaba con ella, era un punto más en la larga lista de motivos por los que era una fan de Alice.

El día del evento llegó y Emily se sintió como la protagonista de una novela romántica con un vestido de ensueño.

El vestido de Morgan era largo hasta los tobillos, de pedrería, con escote cuadrado y tirantes, con on flecos en la falda y de corte entallado.

El color, un gris entre el azul y el plateado, destacaba su tono de piel y el color de su cabello, que llevaba suelto en ondas.

Daniel, a su lado, iba tan guapo que era imposible no fantasear con él, y, aun así, Emily nunca lo había visto como nada más que un buen amigo.

El que parecía embelesado con él era el propio Phil, quien hasta el momento se había mantenido alejado, pero sin apartar la mirada de ellos.

Emily se preguntó si podía estar confundiendo su relación con Daniel y pensaba que eran algo más que muy buenos amigos.

A pesar de su personalidad romántica en ningún momento lo vio como una potencial pareja. Seguramente por eso habían congeniado tan bien, su química era tan solo amistosa, pero igual de intensa que si se hubiesen convertido en amantes.

En cuanto cruzaron las puertas del salón y Daniel la condujo a saludar a sus padres, quienes fueron por demás amables y encantadores y bromearon con que ya la conocían gracias a que su hijo no paraba de hablar de ella y de su hermana; mientras su amigo se entretuvo hablando con los invitados, Phil decidió que era un buen momento para acercarse, sorprendiéndola, para susurrarle al oído:

—No te gires ahora, pero hay un chico muy guapo que no te quita ojo de encima —hizo una pausa—, aunque parece que no le caes muy bien —apuntó con el ceño fruncido.

Si no hiciese meses que conocía a Phil se habría sentido incómoda con su comentario, pero si algo había aprendido de él tras sus encuentros era que el jefe de Daniel y Alice siempre decía lo que pensaba sin filtrar lo que decía.

No por maldad ni por impertinencia, sino porque su mente funcionaba así.

—¿Perdón? —preguntó al tiempo que se giraba y se encontraba con la mirada de Kingston.

—Te he aconsejado que disimules.

—No hace falta. —Apartó la vista del escritor y devolvió su atención a Phil—. Es un idiota de manual.

Phil parpadeó sorprendido.

—De acuerdo —concedió—. Supongo que eso explica su mirada.

Emily estuvo de acuerdo con él y, tras ver que Daniel estaba en su salsa saludando a los invitados, enredó su brazo en el de Phil y le propuso buscar una copa.

—¿Y Daniel?

—Ya es mayorcito —bromeó ella—, estoy segura de que nos encontrará cuando termine con su ronda social.

Phil asintió muy serio y se dejó llevar por ella.

Por suerte, tal y como le había prometido Daniel, se encontraron con personas a las que conocía, como Sarah, Jacob y su hermana, y Gabriel, el socio del bufete de Jacob, su cuñado.

Con tanta gente alrededor que le caía bien, ni siquiera le dedicó un solo pensamiento a Kingston Ellsworth, hasta que no tuvo más remedio que hacerlo.

—¿Se ha colado en la fiesta, señorita Rosewood? —le preguntó Kingston Ellsworth, antes conocido como su «autor favorito», cuando regresaba del tocador para reunirse con sus amigos.

Apareció de la nada, sorprendiéndola porque hubiese buscado una conversación con ella, hasta que abrió la boca y se dio cuenta de que lo que quería era incomodarla.

Aun así, no se le escapó la mirada apreciativa que le dio, de arriba abajo. Por su parte tampoco pudo evitar pensar en lo increíble que le quedaba el esmoquin y lo impresionante que se vería sin él.

—En realidad he venido con el señor Astor —dijo, encantada de poder jactarse de ello.

—¿De veras?, ¿y qué piensa su esposa de eso?

Emily lo fulminó con la mirada.

—Daniel Horatio Astor —aclaró, aunque estaba segura de que solo lo había dicho para tener la última palabra porque no tenía ninguna duda de que la había visto colgada de su brazo.

—Es usted una persona interesante —dijo con reticencia—, la mujer que tengo delante no se parece en nada a la que es cuando está en su librería.

—No se deje llevar por el atuendo, señor Ellsworth, es usted un intelectual, ¿no debería ser una persona sin prejuicios?

—Solo soy un hombre, señorita Rosewood. Ni siquiera yo puedo ser completamente perfecto —dijo con una prepotencia mal disimulada.

—No se preocupe por eso, señor Ellsworth, ni siquiera se acerca a esa perfección que menciona —le soltó para, acto seguido, darse la vuelta y marcharse a reunirse con sus amigos.

Sonrió enormemente complacida. La noche estaba siendo maravillosa: estaba en una fiesta fabulosa, con un vestido precioso que la hacía sentir guapísima, rodeada de buenos amigos y de gente fascinante y, como guinda del pastel, acababa de bajarle los humos al tipo más prepotente y engreído que había conocido en toda su vida. Una noche de diez.