Emily y el rey de picas (Reyes del juego 2) Capítulo 2
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Capítulo 2

—E mily, quiero la novela que el autor recomienda en este libro —exigió la señora Collins entrando en la librería, libro en mano.

—Señora Collins, buenos días, ¿qué tal se encuentra esta mañana? —la saludó Emily.

La mujer de setenta y cinco años largos la fulminó con la mirada mientras se acercaba al mostrador, dejaba su bolso sobre él y sacaba su enorme lupa, que se unía a las gafas que llevaba puestas.

La dueña de Dear Reader suspiró y esperó a que su clienta más especial continuara con su habitual actitud.

—No sé qué libro es, señora Collins, ya sabe que no soy muy fan del dark romance .

Ella la fulminó con la mirada.

—¿Qué clase de librera eres que no lee libros?

Como siempre, Emily se armó de paciencia y esbozó una sonrisa.

—Que no lea ese tipo de novelas no quiere decir que no lea, señora Collins.

Ella le hizo un gesto desdeñoso con la mano y le puso en toda la cara el libro que llevaba.

—Quiero ese libro —exigió.

Emily lo apartó con cuidado, no queriendo ofender a una de sus mejores clientas, y le sonrió con amabilidad.

—¿Cómo se llama el libro?

Ella la miró con molestia.

—No me acuerdo —contestó altiva—, pero eso tendrías que saberlo tú que eres la librera —se quejó.

—¿Recuerda si lo menciona al principio o al final del libro?

—No.

—De acuerdo —aceptó Emily.

La única opción que le quedaba era preguntarles a las clientas que solían leer el género, pero la señora Collins no iba a tener la paciencia necesaria para esperar a que consiguiera la información. No si no le daba algo para apaciguarla.

—Me pondré a ello y le conseguiré el libro —ofreció—, pero mientras tanto tengo algo que podría gustarle.

Ella la miró con suspicacia, pero no se movió de su sitio.

Emily sonrió, consciente de que había evitado el desastre. Al menos de momento.

Salió de detrás del mostrador y se encaminó a la estantería del romantasy . Buscó el libro con la portada más explícita posible y se lo ofreció con una sonrisa.

—Este le va a encantar. Y mientras lo lee me da tiempo a que encuentre el que quiere —prometió con una sonrisa amable.

La señora Collins apuntó con su lupa a la portada del libro y decidió que no estaba tan mal, por lo que asintió y se lo quitó de las manos.

—No tardes, quiero ver si es tan bueno como parece.

—No se preocupe. Si necesario yo misma me leeré el libro para apuntarme el nombre y conseguírselo.

Contenta con la oferta la mujer pagó su nueva adquisición y se marchó con la misma actitud con la que había aparecido.

—Qué paciencia tienes —le dijo Steve, acercándose al mostrador.

—¿Ahora apareces? —se quejó—, si la hubieras saludado no habría estado de tan mal humor.

Steve la miró con fingida molestia.

—Por supuesto que no, habría aprovechado para darme un pellizco en el trasero —comentó—, es lo que siempre hace y le da igual que le llames la atención por ello.

—Lo sé. Lo siento, tienes razón —estuvo de acuerdo—, lo mejor es que no te acerques a ella. Ahora me siento culpable por haber pensado en usarte como escudo.

Steve se rio de buena gana.

—No te preocupes. Tú no tienes la culpa de que ella sea como es.

Emily se encogió de hombros.

—Quizá debería prohibirle la entrada. Creo que sería la única forma de evitar que te acose.

—Tiene ochenta años y las manos largas, pero no hay acoso. No me siento intimidado por ella, no tengo problemas en pararle los pies cuando se excede.

—Que es siempre.

—Es una octogenaria de manos largas. Nada grave.

—Todavía no tiene ochenta.

Steve la miró con sorna.

—Eso es lo que dice ella. A las pruebas me remito.

—Es posible. Como sea, no toleraría que nadie molestara a Amy, por lo que no voy a permitir que te meta mano a ti tampoco.

Steve la miró unos segundos antes de lanzarse a abrazarla.

Era dos cabezas más alto que ella y musculoso, por lo que a Emily le llegaba a la altura del pecho. Su pelo largo y rubio le hacía cosquillas en la cara.

Podía entender que la señora Collins estuviera fascinada con Steve. No solo era guapo, con su pelo dorado y largo y su cuerpo de estrella del fútbol, además era educado, amable y unos sesenta años más joven que ella.

Era el gerente de la librería y un antiguo compañero de estudios de Emily, sin él no hubiera podido hacerse cargo de todo. Cada año asumía nuevos riesgos y proyectos, tener a Steve le permitía ampliar el negocio.

Ya habían creado una web para vender online a todo el país, habían acogido las presentaciones y los clubes de lectura y ahora, además, habían creado una línea de papelería en la que ambos eran socios.

Comenzaron con marcapáginas y la habían ampliado hasta que se había convertido en una gama completa que abarcaba desde tazas hasta mantas y zapatillas de estar por casa, con las que leer a gusto.

—No merece la pena perder a una buena clienta solo porque tiene un carácter... peculiar —dijo con tiento.

—¿Peculiar?

—Es más que peculiar.

Su amigo sonrió.

—Dejémoslo en peculiar y sigamos con la mañana.

—Buena idea. Ahora que el peligro se ha marchado ¿te quedas aquí y voy a mi despacho a imprimir la lista de los pedidos online?

—Me quedo. Si vuelve le pediré socorro a Amy para que me rescate.

—Buena idea, creo que no la soporta.

—¿Crees? —se burló él—, la mira fatal y encima se niega a que ella le atienda porque dice que no tiene buen gusto en lecturas.

—Muy bien, la odia. Aunque soy sincera al decir que no sé por qué.

Lo vio encogerse de hombros.

—Es la señora Collins, nada de lo que dice o hace tiene sentido.

Emily asintió.

—Recemos para que el libro que se ha llevado le dure un par de días —dijo mientras se dirigía hacia su despacho.

Estaba pasando por en medio de las estanterías de enemies to lovers cuando de la nada se cayeron varios libros. La sorpresa hizo que diera un gritito que hizo reír a carcajadas a Steve.

Le lanzó una mirada fulminante y se agachó para coger los cuatro libros que se habían desplomado.

Las estanterías estaban a rebosar, por lo que no era de extrañar que eso hubiese ocurrido.

Su enfado cambió de Steve y su risa a los libros que tenía en las manos. No podía ser de otra manera, pensó, tenía que ser culpa de Kingston Ellsworth.