Capítulo 1
E mily estaba emocionada con la idea de que Kingston Ellsworth presentara su última novela en su librería, hasta que lo trató y recordó el dicho de que era mejor no conocer a tus héroes.
El tipo era el hombre más guapo que ella hubiese visto nunca.
Sí, seguía sus redes sociales y sabía cómo era, pero en persona superaba cualquier fotografía por muy retocada que estuviera, aunque él no necesitara del Photoshop para estar increíble.
Tenía cuerpo de deportista, no el de una persona que se pasara las horas sentado frente a un ordenador, y sus ojos verdes eran impresionantes de cerca.
Su cabello oscuro parecía suave; y durante una vergonzosa cantidad de segundos, Emily se quedó con la boca abierta mirándolo sin devolverle el saludo y estrechar la mano que él le había ofrecido. Su expresión molesta la hizo reaccionar y sonrojarse, todo a la vez.
Pauline Black, su agente, una pelirroja pecosa, le sonrió con complicidad, como si fuera algo habitual para ella ver cómo las mujeres se quedaban boquiabiertas ante el atractivo de su autor.
Sin embargo, el encanto de Kingston Ellsworth salió por la puerta de la librería en cuanto abrió la boca para algo más que replicar «encantado» cuando le presentaban a alguien.
Se topó con la primera bandera roja cuando el tipo anunció solemnemente que no necesitaba que nadie le presentara a la audiencia que le esperaba.
Habitualmente, Emily era la encargada de saludar a sus clientas y de dar paso al autor invitado en su librería.
Suya. Emily era la dueña y por lo tanto la anfitriona de todos los eventos que se realizaban en ella.
No era la primera vez que se organizaba una firma de libros en Dear Reader, por lo que ya tenía experiencia en el tema.
La librería era un lugar de culto para muchos lectores, no solo por la maravillosa ubicación, a solo unos pasos de una salida de metro especialmente transitada, sino principalmente por la originalidad que reinaba en ella.
Los libros estaban organizados por temática y había clubes de lectura que los clientes se tomaban muy en serio.
Por todo ello, para Emily era una novedad que uno de los autores invitados no quisiera que lo presentaran.
No obstante, por mucho que quisiera obviar la actitud soberbia de su autor favorito, lamentablemente, la segunda bandera roja no tardó mucho en llegar. Y eso no pudo dejarlo pasar:
—King, por favor, ¿podrías...?
No terminó la frase al ver la mirada fulminante que él le lanzó. Entre avergonzada y confundida se quedó plantada frente a él intentando adivinar qué había hecho para ofenderlo.
Su agente le había pedido que lo llamara por su nombre y él no había protestado ante sus palabras, por lo que en lugar de decirle «señor Ellsworth», usó su nombre acortado.
—No lo digas —pidió él, muy serio.
—¿Perdón?
Durante un segundo se preguntó si había hecho mal al no llamarle Kingston, pero se dio cuenta de que estaba hablando de otra cosa al instante.
—No tengo tratos de favor con nadie —anunció en un tono circunspecto y frío—. Si quieres que te dedique algún libro vas a tener que hacer cola como el resto de mis lectores —zanjó descortés.
Emily abrió la boca para decir algo, pero su mente estaba completamente en blanco.
—No creo que tengas problemas para ser la primera de la cola —siguió él—. Al fin y al cabo, es tu librería.
Emily abrió la boca para replicar que se alegraba de que fuera consciente de ello, pero decidió que debía imponerse su profesionalidad y optó por callar.
Después de eso, desconectó por completo de la situación y huyó de la escena.
En lugar de quedarse a escuchar la presentación, delegó en Steve, su amigo, socio y el gerente de la librería, y se escondió en su pequeño despacho donde retomó la lectura del libro que estaba leyendo que, por supuesto, no era de Kingston Ellsworth, autor al que había decidido dejar de leer por principios.
Eso de que había que separar a la persona del artista siempre le había parecido una gilipollez. Un artista era una persona y su obra era una parte de sí mismo.
Así que su preferencia por Kingston había llegado a su fin comenzando desde ese mismo instante. Escribía muy bien y era guapo, pero su personalidad era tan mala que no compensaba. Después de todo, iba a ser incapaz de leerlo sin recordar lo grosero que era.
Se relajó en su pequeño despacho. Sus trabajadores podían hacerse cargo de todo, eran gente en la que confiaba y que hacían bien su labor.
Solo se sentía mal por Pauline, la agente de King, quien le había caído bien desde el minuto uno, pero ni siquiera por ella estaba dispuesta a dejar que un autor endiosado la tratara mal.
Como solía sucederle, se perdió en el libro y solo salió de su inmersión cuando llamaron a la puerta.
—Adelante.
La cabeza pelirroja de Pauline asomó por la puerta.
—Pasa, por favor. ¿Ya ha terminado?
—Gracias —dijo haciendo lo que le pedían—. La presentación sí, ahora está firmando libros. He pensado que era buena idea avisarte.
—Te lo agradezco. Normalmente, me quedo en el público, pero...
Pauline suspiró.
—Lo sé. A veces King puede ser... un poco especial.
—¿Especial? Yo no hubiese usado ese adjetivo, pero supongo que puede valer si te refieres a que es egocéntrico, grosero y déspota. —Concedió con una risita burlona.
Las dos se miraron y se echaron a reír por lo ridículo de la situación.
—De acuerdo, dejémoslo en «capullo» y que sea un secreto entre las dos. No puedo insultar a mis clientes, no es profesional.
Emily hizo el gesto de cerrar la cremallera sobre sus labios.
—Soy una tumba, pero tampoco hubiese usado esa palabra.
—No, las tuyas han sido mucho más elocuentes.
—¿De veras? Porque tengo más: ególatra presumido y maleducado con un complejo de superioridad que no se corresponde con la realidad.
—Me alegra comprobar que tiene un vocabulario extenso, señorita Rosewood —comentó la voz molesta de Kingston.
—¡Mierda!
Pauline se había dejado la puerta abierta al entrar y, dado lo tranquila que estaba la trastienda, era evidente que King lo había escuchado todo.
Giró la mirada consciente de lo que iba a encontrar y se topó con los ojos molestos de su autor invitado, quien ni siquiera había franqueado por completo la puerta de su despacho. Estaba parado en el umbral, mirándola.
—Lo dicho, muy amplio.
La primera reacción de Emily fue avergonzarse, pero el recuerdo de la actitud de él la hizo erguirse en su asiento y aparentar normalidad.
—Es usted desopilante, señor Ellsworth.
—Y sigue intentado impresionarme —se burló él.
—Pues espero haberlo conseguido.
—Por supuesto —dijo, pero no aclaró en qué exactamente estaba de acuerdo, si en que lo había impresionado o en que creía que ella trataba de llamar su atención.
Pauline disimuló una risa con una tos que no engañó a nadie. Había entendido perfectamente el doble sentido de sus palabras.
—Espero que haya disfrutado de Dear Reader —se despidió ella.
Él se limitó a asentir antes de darse la vuelta y marcharse.