Emily y el rey de picas (Reyes del juego 2) Prólogo
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Emily y el rey de picas (Reyes del juego 2)

Emily y el rey de picas (Reyes del juego 2)

Por Olga Salar

© inepub.com

Prólogo

E mily tuvo que aguantarse las ganas de ponerse a dar saltitos y gritar de alegría mientras se tomaba el primer café de la mañana en la trastienda de su librería. Estaba emocionada y enamorada de los protagonistas de la novela y, por defecto, del autor que la firmaba.

Kingston Ellsworth era el sueño húmedo de cualquier chica.

No solo era un romántico de manual, sino que, además, era increíblemente guapo a juzgar por sus redes sociales y por las fotografías de las contraportadas de sus libros.

Él y Eleanor Vane eran sus autores favoritos del género, aunque no podía negar que Kingston era su primera opción siempre.

Leerlo le aseguraba suspiros y noches de sueños en los que, por fin, encontraba a su media naranja.

Emily había caído en la novela romántica siendo una niña en la librería de su padre.

El señor Fletcher era quien se había ocupado de Dear Reader cuando murió el progenitor de la pequeña en un inesperado y trágico accidente, antes incluso de que esta naciera.

Su madre apenas había tenido fuerzas para sobrevivir, por lo que la tienda recayó en sus manos y se mantuvo a flote gracias a su arduo trabajo.

Emily era una niña la primera vez que decidió que iba a ayudar en la librería, se pasó el verano en que cumplió doce haciendo pequeños recados y enamorándose de los libros y la lectura.

Hasta ese momento había querido ser escritora, pero a esa edad se debatía entre sus dos amores: escribir y compartir su pasión por los libros con los clientes.

Desde muy pequeña había sabido que Arthur, el padre de su hermana Alice, no era su padre biológico.

No se lo habían ocultado, aunque hubiesen podido hacerlo, ya que su propio apellido era Rosewood como el de su padrastro y no Lockwood como el de su padre.

Su madre había sido sincera porque quería que la memoria de Henry siguiera presente en su vida.

Había deseado que su hija mayor fuera consciente de quién era, por lo que le dijo la verdad y lo trató como algo natural, de lo que podían hablar abiertamente en casa.

Y Emily había querido a Henry Lockwood sin conocerlo, tanto como adoraba a Arthur Rosewood, el hombre que la había criado y el que jamás había hecho distinciones entre ella y Alice, su hija biológica.

Buscando esa conexión paternal con Henry, Emily se interesó por la lectura.

Al principio porque quería tener algo en común con el padre que nunca conoció, pero después porque se enamoró profundamente de las vidas que habitaban en los libros.

Seguramente, se debía a algo genético. Su padre había tenido tres grandes amores: su madre, su hija en camino y su librería: Dear Reader.

Emily siempre había sabido que algún día iba a ser suya porque su madre le contó que la había mantenido en funcionamiento para ella.

Y fue en Dear Reader donde a escondidas del señor Fletcher leyó a Jane Austen y a las hermanas Brontë el verano en que cumplió trece años.

Descubrió a Edith Wharton con dieciséis, a Elizabeth Gaskell y a Georgette Heyer.

Esperó a los diecisiete para leer a Nicole Jordan porque había escuchado que no tenía edad para hacerlo, cuando el señor Fletcher se la recomendaba a las clientas.

Y tras ellas llegaron Kate MacAlister, Mary Balogh, Johanna Lindsey, Lisa Kleypas, Emma Wildes, Susan Elizabeth Phillips y Julia Quinn.

Su amor por la literatura se expandió a límites cada vez más locos, según su hermana pequeña, y culminó cuando se matriculó en Literatura inglesa en la universidad. Tenía claro lo que iba a hacer con su vida, pero para ello necesitaba saber valorar mejor que nadie una buena lectura.

Y allí se encontraba, años después, con el señor Fletcher, jubilado, dirigiendo su librería, luego de su padre, y disfrutando cada momento que pasaba en ella.

Emily había sabido mantener la esencia de ese hombre al que no había conocido y la había fundido con la suya, con la romántica empedernida que era, con la mujer que creía que el amor movía el mundo, que estaba segura de que un gran gesto romántico solucionaba casi cualquier problema y que soñaba con ser una de esas personas afortunadas que encontraban un amor para toda la vida.

La que hallaba evasión en las páginas de un libro, que amaba releer aquellos que le gustaban y que adoraba descubrir nuevas joyas que compartir con sus clientes.

Que organizaba clubes de lectura con señoras que podían ser, perfectamente, sus abuelas y que disfrutaba de una conversación sobre personajes literarios como si fueran personas de carne y hueso que conocía personalmente.

La misma mujer que soñaba con encontrar al hombre perfecto del modo más romántico posible.

No importaba que tuviera manías o mal humor mañanero, lo único que tenía que ser era el adecuado, el único.

Por todos esos motivos, seguía soltera, leyendo cada novela que llegaba a la librería, casi sin importar el género, aunque disfrutando especialmente las que hablaban de amor.

Y en medio de esa pasión que tenía por el amor y esa esperanza de encontrar el suyo propio, recibió la llamada que podía alegrarla más que la reedición de los libros de Rachel Gibson.

La petición del agente de Kingston Ellsworth para hacer la presentación de su nueva novela en su librería.

Por fin iba a conocer a su ídolo en persona, iba a poder hacerle las preguntas que siempre le había querido hacer e iba a conseguir que le firmara todos sus libros.

Se puso de pie de un salto cuando recordó el estado de estos: sobados, gastados... no podía pedirle que le firmara esos ejemplares, por lo que salió corriendo de su despacho en la parte de atrás de la tienda y fue directa a las estanterías en las que estaban los ejemplares de Kingston.

La vida era maravillosa, decidió. Su librería iba de maravilla, su hermana tenía un novio estupendo que la adoraba y la hacía feliz, y ella iba a conocer a su autor favorito. ¿Qué más se podía pedir?

Que su autor favorito no fuera un idiota, pero eso ella todavía no lo sabía.