Embarazada del príncipe: Los gemelos que lo harán rey (Sangre Real 2) Capítulo 49
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Capítulo 49

Ravena Lessa

Japón y Rusia eran los últimos países que visitaríamos para, por fin, regresar al Septentrión.

Me daba miedo conocer a la familia de Jemima, pero todos fueron muy amables y aceptaron mis condolencias; también se disculparon por el comportamiento de su hija, algo a lo que le quité importancia porque ya no la tenía.

Visité su tumba, le dejé sus flores favoritas y recé para que estuviera en paz.

Nuestro regreso a la Vieja Escandinavia ocurrió en un día lluvioso, por eso me impresionó ver, al avistar la pista de los nobles, una vasta multitud de personas —una de las mayores que he visto jamás— reunidas bajo paraguas, chubasqueros y carpas que habían montado.

—¡Haakon! ¡Haakon! ¡Haakon! —claman; las voces llegan hasta nosotros dentro del avión.

—Sí, te siguen queriendo —le dice Svar a su primo, entusiasmado.

—Sigo pensando que merecen un rey mejor —responde él con modestia.

—Permítame discrepar, majestad. Cada pueblo tiene el gobernante que se merece, y nuestro pueblo es el más feliz del mundo.

Leon y Svar se despiden de nosotros. Saldrán cuando ya estemos en el coche.

Cuando la puerta del avión se abre, el viento fuerte sopla contra nosotros. Sujeto con firmeza al pequeño Iovius y espero a que Haakon salga delante con Talita, pero él me indica que debo seguirlo.

—¿Cómo consiguen quedarse aquí bajo todo este temporal? —pregunto.

El niño mira hacia arriba y hacia atrás, examinando el paraguas grande y al guardia de seguridad que nos sigue sosteniéndolo.

—Yo me pregunto lo mismo todas las veces. —Haakon respira hondo.

Pasamos entre los soldados del ejército que contienen a la multitud, saludamos y dedicamos un rato a estrechar la mano de algunas personas, haciendo que nuestros hijos se rían y saluden también, para que la espera bajo el temporal les merezca la pena.

—¡Buena suerte en la coronación, majestad! —nos gritan.

—¡Gracias! Espero que estéis allí —responde Haakon con amabilidad, y saluda con la mano.

Subimos al coche y vamos directos al palacio de Skarsgard, que en nuestra ausencia fue reconstruido por completo para parecer fiel a como era antes.

El heraldo nos anuncia. Me llevo un susto y siento las manos de Iovius aferrarse a mi cuello, impactado también.

—Dios mío, nunca me acuerdo de que gritan tan alto. —Respiro hondo e intento calmar a mi hijo, que sigue desconcertado tratando de entender por qué un hombre ha gritado de repente.

—Majestades. —Laios se acerca, muy entusiasmado.

—¿Me has echado de menos, Laios? —pregunta Haakon.

—Por supuesto que sí, majestad —dice, pomposo.

—¿Y a mí, Laios? —Hago una mueca.

—Sin lugar a dudas, majestad, este palacio no es el mismo sin usted...

El hombre es interrumpido por la mano de Haakon alzándose; entonces la coge y la besa.

—A mí nunca me ha dicho eso. —Mira al secretario del palacio con un disgusto fingido y se marcha hacia las escaleras.

—¡Majestad! ¡No es lo que parece! —Corre tras él para explicarse.

—No le hagas caso, Laios, solo te está provocando —digo, y le doy un besazo en la mejilla a Iovius—. ¿Echabas de menos tu casa, hijo?

—Umbuna mamama nanain —balbucea.

—Estoy de acuerdo, hijo. Ahora vamos a bañarnos y a ponernos ropa calentita.

Le beso la naricita.