Embarazada del príncipe: Los gemelos que lo harán rey (Sangre Real 2) Epílogo
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Epílogo

Reina Ravena Lessa

Me despierto temprano para acompañar a Gaius en la degustación de tartas y dulces de su boda. Su casamiento con Alice Evans será dentro de menos de veinte días, así que necesitamos dejarlo todo perfecto y al gusto de él y de su familia.

—¡Familia Evans! ¡Qué alegría veros! —saludo a los neoyorquinos.

Ethan y Valentina Evans acaban de llegar. Los demás hijos no llegarán hasta dentro de una semana.

—Esto es tan bonito y tan frío... —sonríe Valentina—. ¡Parece un lugar sacado de los cuentos de hadas!

—Es una época muy especial: está nevando y hay aurora boreal, todo se vuelve más especial. —Le sonrío a la mujer.

Gaius parece muy nervioso ante los padres de su amada; los conoce bien, viajaba todos los años a Nueva York, pero es la primera vez que la familia conoce oficialmente su casa.

—No es tan tecnológico como la Trojan Horse Security y no tenemos drones volando por ahí, pero tiene su encanto —intenta explicar, inquieto.

Le agarro el hombro para darle fuerzas y sonrío con firmeza.

—Es un lugar adorable. Pero ¿dijiste que Alice y tú viviréis en Koyaska? —pregunta Valentina, interesada.

—Sí, en un castillo. Koyaska no queda lejos de aquí. —Gaius acompaña a Valentina hasta el comedor; yo voy detrás con el señor Evans.

Somos los primeros en llegar; nos acomodamos y esperamos la llegada de la novia, que entra acompañada de Laios.

Alice ha crecido mucho. Todavía parece una muñequita, pero ya es toda una mujer. El cabello rizado y voluminoso como nubes en el cielo, y el vestido rosa que parece mecer su cuerpo. Sonrío en señal de aprobación y recibo su beso.

—Majestad. —Hace una reverencia respetuosa.

—Siéntate, querida, te estábamos esperando. —Miro el reloj—. Ya solo falta Leon...

Un minuto después, entran carritos llenos de exquisiteces con los empleados del palacio. Leon entra detrás, vestida de negro, con el pelo largo que le llega a la espalda recogido en un moño y la mirada felina vigilando sus creaciones.

Sonríe, viene hasta mí y me saluda.

—Tuve que llevar a Astrid al médico, perdona —se explica; se alisa la ropa con la mano y se sienta a mi lado.

—No pasa nada, yo también soy madre; todavía hoy me angustio cuando sienten algún malestar —suspiro—. ¿Está bien? —Le cojo la mano por encima de la mesa.

—Una infección alimentaria; no podrá acompañarnos hoy. —Sonríe con amabilidad a los Evans—. ¡Svar está hecho una furia, quiere descubrir cómo consiguió una infección alimentaria!

—Qué raro, sí —arqueo las cejas—. Ese pintalabios rosado te queda precioso, prima.

—Gracias. —Leon encoge los hombros—. Bueno, ¿empezamos por la tarta de frutas frescas? —dice con mucho entusiasmo.

Pasamos una mañana deliciosa disfrutando de tés para las tartas más dulces, zumos para los aperitivos salados y un poco de champán al final para celebrar.

Gaius se queda con los Evans, porque los llevará a sus habitaciones; Leon y yo seguimos para ir a ver a mis hijos.

Nuestra primera parada es la sala libre, junto a la sala de combate, donde Brigitte, mi pequeña de cuatro años, está entrenando ballet con algunas de sus compañeras, hijas de nobles.

Es una monada y cada día mejora su coordinación. Es todo mi orgullo; parece más madura de lo que era yo a su edad.

—¿La princesa Brigitte tiene algún compromiso esta noche? —le pregunto a Hannah, la empleada que se ocupa de todo lo relacionado con ella y la acompaña.

—Tiempo libre, majestad. —Lo comprueba en la agenda.

—Vale, esta noche vamos a Drü, vamos a recibir a mi prima Beatriz.

—Por supuesto, majestad.

Leon y yo subimos a la segunda planta, donde escuchamos una esmerada melodía de piano. Abrimos la puerta y nos encontramos con Hobbes, mi hijo mediano, de siete años, tocando sin parar.

—Cariño, ¿no tenías clase de historia ahora? —Lo miro.

Él gira el rostro lánguido, con los ojos verdes muy vivos y las cejas pobladas.

—Terminé los deberes de historia y matemáticas; tengo el resto de la mañana libre. Decidí practicar para tocar ante los neoyorquinos —dice de manera presuntuosa, sin dejar de tocar.

Miro a Leon, sin saber qué decir.

—He traído pan de miel y queso con dulce de guayaba; alguien lo servirá en breve —avisa Leon.

—Gracias, tía —dice, y vuelve a balancear la cabeza de un lado a otro, tocando.

—¡Dios mío, está tan concentrado! —digo orgullosa, y me agarro al brazo de Leon.

—El próximo Beethoven, ¿verdad, amores? Que se cuide Mozart —dice, y salimos muertas de risa.

Iovius es el más fácil de encontrar. Salimos del palacio y oímos los sonidos de disparos. El chico está entrenando con algunos amigos y un instructor; están disparando a latas y botellas. Les prohibí usar pájaros.

—Laios. —Encuentro al secretario del palacio admirando al muchacho practicar—. ¿El Príncipe de Pelmuria tiene algún compromiso esta noche?

—Esgrima, majestad. —Agacha la cabeza al darse cuenta de que estoy detrás de él.

—¿Puedes cancelarlo? Vamos a viajar a Drü para recibir a los Mitchell.

—¿Con tan poca antelación, majestad? —Parpadea y se agita.

—Querían dar una sorpresa —sonrío—, pero, como sabes, por aquí siempre necesitamos prepararnos, así que Ethan me lo confió durante la degustación.

—¡Dios mío! ¡Tengo que llamar a Drü! ¡Y a los Iranovichk! —dice, y sale a toda prisa, tecleando en el móvil.

—Pobrecillo. Un día de estos matas a ese hombre de un infarto. —Leon se sacude los copos de nieve de los hombros—. Deberíamos entrar y coger un abrigo.

—Tienes razón. Pero nos queda una última por avisar, y creo que está con su padre.

Le doy el brazo a Leon y vamos caminando; rodeamos el palacio y llegamos al mar. Justo frente a nosotras, a unos kilómetros, están las montañas que anuncian el fin del Septentrión.

—¿Están en un bote? —Leon entrecierra los ojos para ver mejor.

—Ajá. —Saludo con la mano a Haakon y a la Princesa de Drü.

—¿Deberíamos coger uno también? —Hace una mueca, dejando claro que no lo hará ni aunque le paguen.

—No, podemos esperar aquí; no deben de tardar.