Embarazada del príncipe: Los gemelos que lo harán rey (Sangre Real 2) Capítulo 48
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Capítulo 48

Príncipe Haakon III

Los días en los Emiratos Árabes estaban llegando a su fin.

Pronto partiríamos hacia Japón, haríamos una última parada fuera de casa en Rusia y después aterrizaríamos directamente en Koioskovo para celebrar, por fin, la coronación formal.

Mis días quedaron divididos entre acompañar a Petrus Avang, lord de los Diamantes, en las negociaciones con nuestros amigos árabes, llamar a Gaius para saber cómo iban sus vacaciones en Nueva York y cuidar de mis hijos.

También conseguí que los príncipes árabes consideraran apoyar a la organización Salve a la Reina.

Llevé el nombre de la institución a todos los rincones que visitamos y, aunque encontré oposición y extrañeza entre los árabes, prometieron plantearse la creación de una casa de acogida para mujeres víctimas de violencia.

Aquello era inédito por mil razones. Pero lo importante era apoyar a mi mujer en todo.

Sobre mis niños... quizá en algún momento de mi vida habría creído que era una locura querer cambiar pañales y dar baños, pero descubrí que era una delicia.

Verlos crecer, verlos mirarme y sonreír, jugar y hacer payasadas con mis hijos: nada podría valer más que eso.

—Tengo una buena y una mala noticia para ti —le aviso a Ravena; me quito el cinturón y voy desvistiéndome lentamente, entro en el lujoso baño y me doy una ducha.

—Se me pone la piel de gallina cuando dices eso. —Se queda inquieta y me observa desde la puerta del baño—. La buena noticia, por favor.

—Nuestra gira está llegando a su fin, los negocios con los árabes fueron un éxito y, si quieres saberlo, más de ocho de esos tipos intentaron comprarme para casar a sus hijos o hijas con nuestros bebés.

—Dios mío. —La veo abrir mucho los ojos.

—Nuestros hijos elegirán con quién casarse; nada de contratos matrimoniales.

—Eso espero. —Se lleva la mano al pecho y empieza a secarse el pelo húmedo—. ¿Y la mala noticia?

—La niñera va a tener que quedarse. —Termino la ducha y me seco.

—¿Qué?

—Dandara. Va a tener que quedarse.

—¿Por qué? ¿Qué ha hecho mal? —Si antes estaba inquieta, ahora está desesperada.

—No es lo que hizo mal; creo que hizo algo bien —bromeo con desdén, termino de secarme y vuelvo a la habitación, desnudo—. El jeque la quiere.

—¿Qué jeque?

—Zayn. —Parpadeo.

—¿Es un príncipe o un jeque? —pregunta, confundida.

—Es un príncipe y un jeque —le explico—. Quiere que cuide de Youssef.

—Pero Haakon, la chica vino de Brasil... ¡es responsabilidad nuestra! —Ravena se sienta en la cama.

Me coloco entre sus piernas y empujo su torso hacia abajo, haciéndola caer sobre la cama. Le subo las piernas y las apoyo en mis hombros; empiezo a besarle el abdomen y voy subiendo despacio hasta que sus pechos están en mi boca.

—El hombre la quiere, y cuando ese hombre quiere algo, aconsejo que nadie se interponga en su camino. —Le paso la lengua por el pezón y después le abarco el pecho con la boca.

La empujo para que suba lo máximo posible en la cama.

—¿Ella tiene opción? ¿La van a consultar? —dice jadeante entre mis besos en su cuello.

—Ya la consultaron; dijo que no le importaba, siempre que tú lo permitieras —respondo, para su alivio, que no dura mucho.

Presiono los dedos contra la entrada de Ravena y hago descender mi boca por su cuerpo. Al llegar a su ingle, abro bien la lengua y la abarco de una vez, succionándola.

Ella se retuerce en la cama, lleva las manos a mi pelo y tira con fuerza; después me empuja más adentro.

—¿Qué debemos hacer? —pronuncia cada palabra pausadamente, sin aliento.

—Hiciste un trabajo estupendo logrando que el padre, de alguna forma, se acercara de nuevo al niño. —La miro desde aquí abajo, solo los ojos a la vista y su cuerpo pareciendo la tierra con montañas generosas—. Si no sale bien, mando a buscarla.

—Ah, ¿va a ser tan simple? —Cierra los ojos y vuelve a retorcerse, aferrada a la sábana.

—Ajá.

Vuelvo a lo que estaba haciendo. Siento su abertura y me adentro entre los labios mayores, paso la lengua por el canal, dejándola más húmeda y lista para mí.

Como acordamos no tener hijos de nuevo hasta dentro de dos o tres años, cojo el preservativo y me preparo para entrar.

—Dios mío, voy a tener que buscar otra niñera... —Las palabras se pierden cuando presiono mi cuerpo para entrar en el suyo.

Ravena se despliega por la cama, abre mucho los ojos y da dos palmadas para que las luces bajen y dejen la habitación llena de sombras.

—¿Esa es tu mayor preocupación ahora mismo? —Contengo la risa y estiro el cuerpo para ganar espacio; ella se agarra al cabecero de la cama, intentando respirar.

—Voy a moverme sin parar si no me sujetas. —Guiña un ojo.

—Por desgracia no traje tus esposas, así que tendrá que ser a la antigua usanza. —Inclino el cuerpo hacia delante y agarro las manos de Ravena.

Nuestros dedos se entrelazan y la presiono contra la cama, inmovilizándola.

La cama parece atornillada al suelo: no tiembla, no se balancea y no cede. Eso me anima un poco más a hacer lo que quiera con la intensidad que Ravena aguante.

La beso para contener sus gemidos y sigo con las embestidas intensas, entrando casi por completo en su piel y saliendo hasta la mitad. Mi cuerpo ya no consigue mantenerse lejos del suyo ni una milésima de segundo.

—¿Qué pasa? —Parpadeo, atento a sus expresiones.

—No es nada, es solo que... —No completa lo que iba a decir.

—Vamos a conseguir a alguien igual de bueno, Ravena, no te preocupes —le aseguro—. Se inscribió muchísima gente competente.

—No es eso —dice apurada—. Es solo que... —Se mordisquea el labio.

—¿Qué pasa? —Estiro los músculos de la espalda—. ¿Quieres sentirme más adentro ahora? —Empiezo a bajar el cuerpo.

Ella aprieta los ojos y se ríe; niega con la cabeza.

—Solo estaba pensando si no querrías darme por detrás hoy.

Arqueo una ceja y parpadeo.

¿Contrato multimillonario con los árabes, todo saliendo bien y encima me toca la lotería esta noche?

—¿Qué pasa? —dice, inquieta.

—No, no es nada, yo solo... yo... yo solo estaba aquí, nada más —intento explicarme.

—Mmm, parece que te has quedado un poco descolocado.

—No, yo solo estaba aquí, así, sin más, y ahora esto, así que vamos allá. ¿Qué me pides tú sonriendo que yo no haga llorando? —Imito mi mejor cara de llanto.

—¡Payaso! —Se suelta de mi mano y me da un manotazo en el hombro.

—Anda ya, Ravena, hago este sacrificio por ti. —Pongo un puchero.

Con una mano bajo su espalda consigo darle la vuelta de una vez sobre la cama, debajo de mí. Estiro el cuerpo para coger el lubricante, le separo bien las nalgas y lo aplico.

—No pongas esa sonrisita —refunfuña.

Yo, que efectivamente estaba sonriendo, frunzo el ceño.

—No, qué sonrisa ni qué nada, estaba concentrado —miento.

—Pon más —protesta.

—Chica, estate quieta, sé lo que estoy haciendo.

—Haakon, pon más, que conozco el tamaño de tu polla.

Como la mejor inyección es la que te pilla desprevenido, entro, bastante animado. La veo hundir la cabeza en la cama, morder la funda de la almohada con fuerza y apretar los ojos.

—¿Estás bien?

—Sí —dice jadeante; la voz casi desaparece porque está mordiendo la cama.

—Amor, si tienes hambre, pido que...

—¡Haakon! —Me da un manotazo y me obliga a callarme, a sostener el peso de mi cuerpo con las rodillas y a mantener las manos en sus nalgas abiertas.

Entro y salgo despacio, con bastante menos de la mitad de la polla trabajando.

—Yo y mis ideas...

—No, tus ideas son estupendas. —Le beso la espalda sudada y sigo moviéndome.

—Aaaah, esto duele.

—Te acostumbras. ¿Segura que no quieres servicio de habitaciones? ¿Un champán? ¡¿Unas fresas con chocolate?! —le ofrezco.

—Pensándolo bien, acepto —dice.

Su mano tantea la cama hasta conseguir agarrar el teléfono; no detengo las embestidas y me concentro para hablar con el cocinero del palacio.

—Hola. Soy el rey Haakon. ¿Podría dejar unas botellas de champán, sus mejores fresas y chocolate semiamargo fundido en la puerta de mi habitación? Dos copas frías también. Gracias.

—Por un momento pensé que ibas a tocar el timbre —dice Ravena, aliviada.

—Ah, no, no voy a permitir que nos interrumpan. —Me río.

Agarro con firmeza un puñado de su pelo y tiro de él, levantando su cuerpo. Ravena parece quedarse sin aire, suelta un gemido alto y sus dos manos vienen hacia atrás, apoyándose en mi cintura.

Su cuerpo va hacia delante con violencia y luego vuelve. A cada embestida agarro más fuerte su pelo y hago que se recueste sobre mí.

—Eso es, ahora levanta bien ese culo. —Lentamente voy sentándome sobre mis piernas, dejándola sentarse encima de mí a la velocidad que quiera.

Y como conozco a mi mujer, sé que la querrá a la velocidad más intensa posible.

—¡El champán, señor! —Llaman a la puerta.

—Yo me bebería ese champán sobre tu cuerpo. —La contemplo sentarse con fuerza encima de mí; los pocos vellos que tengo se me erizan, mis manos la sostienen para que no pierda el equilibrio—. Pero no puedo salir de aquí.

—¿Te atornillaron junto con la cama? —provoca.

—Me atornillaron junto contigo —respondo, y vuelvo a agarrarle el pelo.

La siento venir con tanta fuerza que mi respiración falla y mi cuerpo casi pierde el equilibrio. Solo esta mujer es capaz de sacarme de quicio y hacerme sentir como si me saliera del cuerpo, viviendo una experiencia casi espiritual en un acto tan carnal.

—Hoy se cumple un año de nuestra boda —dice.

El corazón se me para. Abro mucho los ojos.

—No te habrás olvidado, ¿verdad?

Paso la mano alrededor de su cuerpo y entro con aún más fuerza, dejándola sin aire.

—Claro que no, amor. —Sudo frío—. Te compré algo especial.

Mentira, no compré nada. Estoy jodido.

Nos salva —o mejor dicho, me salva— la campana. Apenas terminamos nuestro momento íntimo y abro la puerta para recoger lo que nos dejaron, oigo a los niños montar el berrinche en la habitación de al lado.

Ravena se pone rápidamente una bata y viene conmigo hasta el cuarto.

Los dos angelitos deberían estar durmiendo, pero parece que alguien se ha hecho caca en el pañal y, por la entonación del llanto de la otra, parece que le duelen los dientecitos que están saliendo.

Cojo al pequeño Iovius y lo llevo a la mesita alejada de la cuna que, en lugar de patas, tiene leones tallados con la melena muy dorada.

Le cambio el pañal al niño y lo limpio bien, le pongo talco para prevenir rozaduras, le doy una olisqueada solo para asegurarme de que está como nuevo y le pongo el pañal otra vez.

—Qué padre más atento. —Ravena me espía.

Tiene a Talita tumbada en su regazo, masajeándole la barriguita con la mano y meciéndola; le da un mordedor con forma de cerdito. La niña todavía hace algunos ruiditos, pero ya no llora.

—Vamos a llevarlos a la habitación; es nuestro último día aquí, deben de estar estresados —concluyo.

Al llegar al cuarto dejo a Iovius en la cama y acerco el carrito con las cosas que dejaron en la puerta hasta el lado de la cama.

Ravena intenta darle el pecho a Talita, pero ella no quiere; quiere quedarse entre los adultos fingiendo ser mayor. En cambio el hermano, al que ni siquiera se le ofreció, se agarra al pecho de su madre como si fuera suyo y se alimenta, abrazado a su cuello, colgado.

—Hijo mío, ¿esa postura no es incómoda? —Se ríe.

—Mmm —es todo lo que responde la criatura.

Preparo una de las fresas grandes y frescas en el chocolate y se la ofrezco en la boca. Ella se pringa entera y tengo que limpiarle la barbilla con la lengua.

—Gracias.

—No hay de qué.

Me recuesto en el cabecero de la cama y Talita se encaja entre mi cuerpo y el de su madre; agarrada a mi brazo, parece que va a volver a dormirse. El hermano lo quiere todo: intenta ponerse de pie, gatear por la cama, zapatear, pero no aparta la boca del pecho de su madre.

—Es mío, ¿eh? ¡Cuídalo bien! —Le clavo el dedo índice.

—¡Mmm! —Me devuelve el golpe con su manita regordeta, respondón como es.

Ravena sonríe, intenta colocar a su hijo en una postura más cómoda para ambos y se queda observándome comer.

—¿Quieres? —le ofrezco.

Abre la boca para que le ponga otra fresa y sigue mirándome mientras mastica.

—¿Qué pasa? —Arqueo una ceja.

—Nada, solo estaba pensando.

—¿En qué?

Ravena suspira y esboza una sonrisa.

—¿Vas a seguir amándome mientras envejezco?

La pregunta es tan inesperada que hasta me muerdo el dedo al llevarme una fresa sola a la boca.

—Sabes que yo también envejezco, ¿no? —Le saco la lengua.

—Lo que quise decir, Haakon, es: ¿seguirás amándome cuando ya no sea guapa?

Parpadeo, sin comprender de dónde viene esa pregunta. Probablemente de alguna broma de programa de televisión o algo por el estilo.

—Cada día estás más guapa, Ravena —digo, serio—.

Tu cuerpo maduró y cambió con el nacimiento de nuestros hijos; estás en la cima de tu belleza.

Y créeme —le paso una fresa con chocolate por la nariz, para mancharla y provocarla, y solo después se la pongo en la boca—, seguirás en la cima de tu belleza cada año.

Dentro de diez, veinte, cincuenta, setenta años. Seguirás en la cima para mí.

—Mentiroso, despreciable. —Me da un manotazo.

Su hijo la imita: estira la mano gordita y me pega también.

—Nuestro amor no se sostiene en tu belleza, tonta. Nuestro amor se sostiene en algo más grande.

—¿Algo más grande como qué?

—Como lo que hace que las montañas se derritan y los volcanes se congelen. —Parpadeo despacio.

—¿Y qué sería eso? —pregunta, confundida.

Me río como respuesta y beso sus labios con restos de chocolate.

—Te deberé esa respuesta —murmuro.

—¡Mmm! —dice el niño de forma más incisiva, y ahora me pega en la cara. Claro que el manotazo duele tanto como una pluma cayendo sobre el cuerpo.

—¡Mmm! Para ti también, jovencito. —Le presiono la barriga con el dedo índice.

Me tumbo y contemplo a Talita dormir. En algún momento Ravena se levanta, hace eructar a Iovius y lo limpia, lo prepara para dormir y viene a acostarse con nosotros; el niño se agarra a su brazo y cierra los ojos.

De vez en cuando levanta la cabeza, me espía y vuelve a recostarse en el brazo de su madre.

—Están creciendo rápido —murmuro.

—Ojalá se quedaran de este tamaño para siempre. —Ravena sonríe.