Capítulo 47 #3
El niño no reacciona a nuestra llamada; vuelve al libro.
—No pasa nada, estamos jugando con la princesa. —Dandara intenta animarlo.
Youssef cierra el libro y lo deja donde estaba sentado, se acerca y se queda a cierta distancia de nosotras tres; formamos prácticamente un triángulo.
Dandara le pasa el balón a Youssef; él tiene que sujetarse la túnica para que sus pies detengan la trayectoria, y luego me lo chuta con fuerza moderada.
—Un poquito más despacio, ¿vale? Así. —Le muestro y le devuelvo el balón.
Youssef baja la cara y da media vuelta.
—No sé jugar.
—¡Claro que sabes! —Dandara y yo corremos hacia él, pero ella llega primero—. ¡Claro que sí! Y cuando no sepas, aprenderás rápido.
—No puedo fallar; así no enorgullezco a mi padre —dice cabizbajo.
—Pero ¿cómo vas a acertar si no fallas? —Dandara sonríe. Lo agarra por los hombros y se agacha para quedar a su altura—. Eres hijo de tu padre. Él juega bien al fútbol; tú también debes de jugar bien.
—¿Tú crees? —Se seca las lágrimas.
—Vamos a comprobarlo, ¿qué te parece? —Trae a Youssef de vuelta y luego regresa a su sitio.
—¡Venga! ¡Pásamelo, pero despacio!
Youssef todavía chuta con bastante fuerza, no voy a mentir: me pongo nerviosa y el corazón se me sube a la boca porque Talita está justo ahí en medio. Pero no le pasa nada, y el niño le coge el truco enseguida.
Cuando menos se lo espera, está sonriéndonos y pasando el balón de un lado a otro.
—¡Youssef! —explota el padre al verlo, y viene a toda prisa.
La forma en que asusta al niño lo deja clavado en el sitio, con los hombros caídos y los ojos fijos en el suelo.
—¿Qué estás haciendo? ¿No ves que puedes hacerle daño a la princesa? Cuántas veces te he...
—No pasa nada, solo estamos jugando. —Dandara sonríe.
El hombre la mira como si se esperara cualquier cosa: que un objeto volador no identificado aterrizara en su césped, que Haakon IV metiera la mano en el pañal, cogiera la caca y se la lanzara a la túnica, que la fuente de oro se derritiera al sol, pero jamás, de ninguna manera, que una niñera le dirigiera la palabra.
—Es un niño muy despierto —explica ella—. Solo quiere aprovechar un día de sol.
Y por si hablarle fuera poco, le chuta el balón a los pies de Zayn.
El hombre abre la boca, se le inflaman las aletas de la nariz; parece que va a estallar en cualquier momento.
—¡Aaaaaah! —Talita grita fuerte y llama su atención—. Ubukebubu —dice, y agarra el balón, manoseándolo sin parar.
El hombre, desconcertado, se queda inmóvil mirando a la nena hasta que la cojo en brazos.
—Discúlpeme, príncipe Zayn. Es que hace un día tan bonito... Su palacio es precioso y fresco, pero a veces un niño necesita estar al aire libre disfrutando del buen tiempo —le explico.
Talita se estira entera para agarrarle la cara al hombre; dejo que lo haga. Se aferra al pañuelo de su cabeza y tira de él.
—¡Uy! ¡No, no hagas eso! —Me río—. Discúlpeme, príncipe Zayn.
—No pasa nada. —Él asiente con la cabeza, y una sonrisa imperceptible resquebraja su rostro duro.
—Deja, ya la cojo yo. —Dandara viene en mi auxilio y coge a Talita.
La niña, con ganas de jugar, le tira del velo de la cabeza y deja que su cabello voluminoso brille contra el sol.
—¡Ay, Dios mío! —Intenta agacharse para recoger el pañuelo, que ha caído al suelo, pero Zayn se agacha primero.
—Si me permite. —El hombre le cubre la parte superior de la cabeza y le arregla el velo lo mejor que puede.
Se queda casi un minuto entero contemplando el rostro de mi niñera, de cerca; hasta parece que no respira. Cuando termina, sigue mirándola, sin saber qué decir.
—¿Qué tal si seguimos jugando? —propongo.
—Vimos algunos vídeos suyos jugando al fútbol, señor. —Dandara baja la cara y sonríe—. Por eso se me ocurrió pedirle a la reina Ravena que comprara el balón y la equipación para Youssef. Para que crezca inspirándose en su padre.
El hombre no dice nada, pero tampoco deja de mirarla.
Se aleja un poco, hasta parece que se va a marchar, pero luego se detiene.
—De acuerdo, vamos a jugar.
—¡Bien! —Youssef se anima.
—¡Pero despacio, para no hacerle daño a la niña! ¡Es una princesa! —dice en tono tempestuoso.
—Sí, papá. —Youssef sonríe.
—Tú también eres un príncipe. —Dandara le sonríe a Youssef y le pasa el balón.
Ahora Talita pide volver al suelo, porque quiere atrapar el balón en movimiento. Dandara la coloca en el centro y formamos un cuadrado, pasándonos el balón lentamente y viendo a la niña perseguirlo.
—Eso es, muy bien, despacio —le dice el hombre a su hijo.
El niño pálido y algo tímido parece cobrar vida. Empieza a ponerse radiante, examina la forma en que su padre se comporta e intenta imitar la postura, la posición de las piernas, la manera de chutar el balón.
Eso, para mí, es una familia.
Y no me perdonaría marcharme de aquí sin que ellos se sintieran así.
Porque cuando somos felices, no queremos causar intrigas, peleas ni hacer daño a nadie. Solo queremos compartir amor y ver a los demás bien.
Dandara me mira de reojo, como diciendo: lo hemos conseguido, señora.
Gracias a Dios, sí, lo hemos conseguido.