Capítulo 47 #2
Le señalo a mis hijos gateando por el césped, intentando alcanzar los juguetes que hay desperdigados.
—Divertirse, ¿sabes? Hacer cosas lúdicas... —No encuentro explicación, creo que por lo impactada que estoy.
—No debo jugar hasta que mi padre esté orgulloso —es su respuesta.
Abre el libro sagrado, como si esa fuera su manera amable de despedirme, y vuelve a leer.
Regreso, con los hombros caídos y expresión derrotada, junto a los niños.
Haakon IV grita más alto de lo normal cuando agarra su oso polar de peluche y se pone a sacudir el juguete de un lado a otro. Talita probablemente está midiendo la distancia entre el suelo y el borde de la fuente; quizá quiera ponerse de pie.
—¿Y bien? —dice Dandara, ansiosa.
—Nada. —Me arreglo el velo de la cabeza—. Pobrecito... Alguien tiene que cambiar esto de verdad —cierro los ojos—; no voy a poder irme a Japón dentro de dos semanas y dejar al pobre así.
Intento acercarme a Youssef varias veces, cuando tengo la oportunidad de encontrármelo por el palacio, pero siempre está muy ocupado leyendo el Corán, estudiando con sus tutores particulares o simplemente callado en un rincón, ignorado por los adultos y por su padre.
—Te he comprado algo. —Apoyo una caja en mi regazo.
—¿Qué es? —Ni siquiera la mira.
—¡Ah, muestra un poco más de entusiasmo! —Lo agarro del hombro y lo zarandeo con suavidad—. ¡Ha venido de Brasil! ¡Directo para ti! ¿Sabes que yo vine de Brasil?
—Sí.
Ni siquiera parece un niño de siete años, y eso me preocupa. Le falta entusiasmo, le falta brillo, le falta esa pizca de travesura. E imagino que es por el miedo a decepcionar a su padre.
—¡Y pasé unos días conociendo tu precioso país y descubrí que Brasil y los Emiratos Árabes adoran el fútbol! ¿Te gusta?
El ánimo de este niño me arranca las esperanzas del cuerpo. Me quedo mustia, con los hombros caídos, pero no me rindo.
—¡Ábrela! ¡Vamos a ver qué ha llegado de Brasil para ti!
Youssef es de ese tipo de niños que se comportan de una forma tan extraña que, en lugar de rasgar el papel de regalo, lo retira con calma, lo dobla y lo deja a un lado; después abre la caja.
Esboza una sonrisa pequeña y sincera, que pasa casi desapercibida, al ver un balón y la equipación de la selección de Brasil, con botas y medias.
—¿Qué te parece?
—No sé jugar. —Me mira apenado.
—Ah, pero eso no es problema, podemos entrenar todos los días... también leí que a tu padre le encanta el fútbol y juega con sus amigos. ¿Lo sabías?
No. Claro que no lo sabía. No debe de saber nada de su padre.
—Pues mañana quedamos en el jardín para jugar, ¿vale?
—¿Tú y yo? —Se sorprende.
—Y quien más se apunte. ¿Qué te parece? —Estoy que exploto de alegría, y solo con ver una sonrisa de medio lado en este niño, me pongo aún más radiante.
—Youssef. —Oigo la voz grave de su padre—. ¿No te da vergüenza pedirles cosas a nuestros amigos? Son nuestros huéspedes.
—Perdona, papá. —Agacha la cabeza.
—No, no, señor Khaled, Youssef no ha pedido nada, fui yo quien lo compró para regalárselo y...
El hombre ni siquiera me escucha. Le frunce el ceño a su hijo y le indica que debe salir de inmediato; el chico se adelanta hacia su habitación. Cuando está saliendo, Zayn se cruza con Haakon, que viene hacia mí.
—Controla a tu mujer, por favor —gruñe, y sale del salón.
—¿Qué ha pasado? Estaba de buen humor hasta hace un momento... —Se arregla la corbata y estira el cuello.
—Solo está de morros. —Le quito importancia y recojo la caja—. Vamos, Dandara, vamos a bañar a los niños y a planear qué haremos con ese chiquillo.
Dandara, Leon y yo maquinamos mil cosas: una fiesta en la piscina, preparar una visita a la ciudad o comprar algunos juegos para entretener al niño. Si Gaius no estuviera en Nueva York, lo traería aquí; seguro que él sabría bien qué hacer.
—Está hecho una furia, no lo provoques —suspira Haakon al tumbarse en la cama, cansado.
—El problema es suyo. No voy a permitir que trate así a su hijo.
—Él es el padre, Ravena. Y estamos en su país. Aquí la cultura es diferente.
—Un hijo es un hijo en cualquier cultura —es mi respuesta, y por eso encojo los hombros.
—¿Es que no te cansas de ser desobediente? —Me da un azote fuerte en el trasero y rueda por la cama para escapar de mis manotazos.
—¡No me canso! —Me cruzo de brazos.
—Aquí las cosas son diferentes...
—¡No lo son! —Frunzo el ceño—. Ahí fuera, en los jardines, hay tantos turistas y tantas madres y padres musulmanes paseando de la mano de sus hijos... cogiéndolos en brazos... ¡jugando con ellos!
—Ya. —Da su brazo a torcer.
—Tu amigo es increíble, nos salvó la vida, es tu mayor socio comercial. Pero ese hombre necesita mucho más que petróleo, diamantes y dinero. ¡Hay algo más valioso que no tiene! —refunfuño.
Haakon no me da la razón en voz alta, pero asiente con la cabeza: estoy en lo cierto.
—Anda, vamos a dormir —me llama y abre los brazos.
—¡Estoy inquieta, creo que no voy a poder dormir! —Me tumbo en la cama.
Dejo que me abrace y me apriete contra su pecho firme. Apoyo la cabeza sobre su brazo y deslizo la mano por su espalda fuerte y suave.
—Mira qué bien se está así —murmura, y apoya la nariz en mi frente.
Haakon se duerme fácilmente; debe de estar realmente agotado por el viaje.
Yo, en cambio... no puedo. No estoy en paz.
*
—Eso es, mi amor, ven con mamá, ven aquí —llamo a Talita, y ella avanza con sus manitas por la alfombra mullida que parece no tener fin.
La pequeña gatea con valentía y agilidad, balbucea algo y no se detiene hasta quedar agarrada a mi pierna.
—¡Qué niña más lista! —La cojo en brazos y la lleno de besos y mordisquitos—. ¡Qué niña más fuerte! —La sacudo en el aire.
Veo a la nena levantar los bracitos regordetes y gritar, entusiasmada.
Youssef, de vez en cuando, aparta los ojos del Corán y nos mira; tarda apenas medio segundo en volver a su lectura.
—Hace un día precioso ahí fuera. —Dandara llega animada con el balón en la mano—. ¿Jugamos, señora?
—¡Vamos! —digo entusiasmada—. ¿Leon?
Mi primo, que está dando de comer a Haakon IV, se levanta.
—Yo voy, pero no creo que sea buena idea: el príncipe acaba de comer.
—No pasa nada, necesita que le dé un poco el sol.
Salimos uno a uno y Youssef nos sigue con la mirada.
—¿Puedes leer el Corán ahí fuera, Youssef? ¡Hace un día precioso!
El niño mira a un lado y a otro y, como no ve a nadie, abraza el libro y nos acompaña.
Dandara y yo nos colocamos a unos tres metros la una de la otra, pasándonos el balón muy despacio y viendo a Talita gatear para intentar atraparlo. Cada vez que el objeto se escapa hacia un lado, ella se detiene en la hierba, recalcula el trayecto y va en la dirección que tomó el balón.
—¿No quieres venir a jugar, Youssef? —lo llama Dandara.
—Eso. Tenemos dos plazas libres, ya que Leon está dando de comer al bebé.