Embarazada del príncipe: Los gemelos que lo harán rey (Sangre Real 2) Capítulo 47
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Capítulo 47

Ravena Lessa

Fueron seis meses que pasaron volando.

Mientras tanto, me dediqué a mis hijos, estudié francés y árabe para prepararme para la reanudación de la gira real —solo estábamos esperando a que los niños crecieran un poco más para llevarlos— y tuve que contratar a algunas niñeras. Me empeñé en que una fuera brasileña.

Aunque mis hijos tuvieran a Leon y a mis padres hablándoles en portugués, quería que hubiera alguien en el equipo que pudiera interactuar con ellos en mi lengua materna.

Papá y mamá no volvieron a Brasil. Las vacaciones en Drü se volvieron vitalicias: se quedaron alojados en una buena habitación del palacio y a veces salían por la ciudad conociendo los puntos turísticos y las playas, y estaban deseando acompañarnos a los Emiratos Árabes y a Japón —cómo, no lo sé, porque todavía no habían vencido el miedo a volar.

—Ha llegado la chica seleccionada para ser niñera —me avisa Leon; las dos bolitas regordetas y adorables duermen dentro del carrito que él sujetaba.

—Vale, vamos allá. —Me arreglo el mono de seda y voy al encuentro de la joven.

Se inscribieron más de cien; tuvimos que pasarlas por un filtro minucioso y elegir a una que tuviera buenas cualificaciones, y esta nos sorprendió por hablar varios idiomas.

—Dandara, majestad. —La chica hizo una reverencia.

Miré a Leon, sorprendida; por las cualificaciones pensé que sería mucho mayor. Cojo su ficha y observo que solo tiene diecinueve años.

—¡Tan jovencita y tan experimentada! —Sonrío y le indico que debe sentarse.

—Empecé a trabajar desde muy pronto para ayudar a mis padres. Y aprendí otros idiomas por mi cuenta —habla bien y no parece muy nerviosa.

—¿Has venido de Recife?

—¡Eso es!

—Pues te van a encantar nuestras playas. —Sonrío—. Y tampoco tienes problema en viajar con nosotros, ¿verdad? —Examino su ficha con más detenimiento.

—Estoy a su disposición, majestad.

La chica de cabellos de oro envejecido y mirada dulce me conquista de inmediato. No sé, veo algo de mí en ella y enseguida me identifico; fue así desde que entrevistamos a las candidatas por videollamada, y aposté todas mis fichas por Dandara al sentir que era la persona adecuada para mis hijos.

—Una camarera te mostrará tus aposentos; ponte cómoda. —Me levanto y me despido de ella.

Leon va empujando el carrito con los bebés hacia fuera y yo lo acompaño.

—Leon, ¡estos niños están recibiendo muchísima ropa! ¡Por si no bastara con las princesas y los nobles, la población en pleno envía cosas! ¿Qué hago?

—Dar las gracias. —Arruga la nariz y se ríe.

—Pero están creciendo deprisa y mucha ya ni les cabe. ¿Qué te parece si la donamos? A instituciones benéficas, a familias más necesitadas... ¿qué dice el protocolo real? —Me quedo inquieta.

—Bueno, no podemos rechazar un regalo, ¿verdad? Queda mal —reflexiona y cierra los ojos—. ¿Y si les ponemos la ropita, les hacemos fotos, las publicamos en su Instagram y luego donamos la ropa?

—Para mostrar que agradecemos los regalos, pero que ya no les caben o que hay gente que los necesita. —Entiendo la idea—. Gracias. ¡De verdad!

—Para eso estoy.

—Y tú... ¿cuándo vas a empezar la transición?

Leon suspira y esboza una sonrisa esperanzada.

—No lo sé. Antes de mi boda, probablemente.

—¡Madre mía, qué compromiso más largo! —Le saco la lengua y le doy un golpecito con el hombro.

—Todo tiene su momento; estoy respetando el mío y el de Svar. Han pasado tantas cosas en el último año... —Sacude la cabeza, con el pelo ya rozándole la barbilla—. ¡Uf!

Stephan dejó de ser regente, porque el país ya no necesitaba esa figura.

La primera medida de Haakon como rey fue disolver el parlamento y convocar nuevas elecciones, de modo que las familias nobles que apoyaron el golpe perdieron sus privilegios, y algunas hasta los títulos y las tierras.

Stephan recibió uno de los títulos nobiliarios; no solo fue elegido para la Cámara de los Lores, sino que se convirtió en su líder, regresando así al Consejo Real.

La plaza del miembro de mayor edad de la familia real en el Consejo la ocupó Irinna, y otro joven prometedor se convirtió en líder de la Cámara de los Comunes.

No hace falta decir que mi boda con el rey fue aprobada por unanimidad por el nuevo Consejo Real.

Haakon fue reconocido formalmente como rey del Septentrión, y yo, como su reina. La coronación tendría lugar tras el final de la gira real.

*

Algunas semanas después de la llegada de la niñera, y de dejar que se acostumbrara al palacio, a sus reglas y a sus empleados, viajamos a los Emiratos Árabes.

La vista aérea de Dubái quita el aliento: un verdadero oasis en medio del desierto, un lugar precioso y tecnológico, una moda repleta de tejidos raros y brillantes, palacios más grandes y opulentos que los del Septentrión.

Aunque no fuera obligatorio, les pedí a las mujeres que me acompañaban que llevaran velo, en señal de respeto.

—Estamos en casa de nuestros amigos, así que vamos a comportarnos según sus reglas —fueron las palabras de Haakon.

Y las suscribí por completo: igual que me gusta que quienes nos visitan respeten nuestros protocolos, también debemos respetar los protocolos de los demás lugares.

—Siempre que puedas, usa las palabras en árabe que aprendiste. Vamos a demostrar que valoramos y respetamos la cultura de nuestros amigos.

El jeque y príncipe Khaled Zayn nos recibió con su comitiva, otros nobles de los Emiratos Árabes —entre ellos uno de sus hermanos, que tiene siete esposas— y su hijo único, un niño algo pálido e inexpresivo bajo una túnica blanca y un pañuelo en la cabeza: Youssef.

—As-salamu alaykom («Que la paz sea con vosotros») —saludo al pequeño con una sonrisa en la cara.

—Aalaykom as-salaam («Y con vosotros sea la paz») —me saluda el niño de manera formal, pero sin expresar nada.

Se ofreció un banquete de ensueño en nuestro honor.

Primero me ocupé de alimentar a mis hijos; agradecí la generosidad de las esposas del hermano del príncipe, que se ofrecieron para ello, pero me di cuenta de que yo era de ese tipo de madres leonas que disfrutan estando encima, haciéndolo todo, manteniendo a sus hijos cerca.

Ser madre era mi mayor sueño y lo había cumplido hacía poco.

De ahí mi total extrañeza con Youssef y su padre.

Parecían distantes, no se miraron ni una sola vez; uno se sentaba en una punta de la mesa y el otro en el extremo opuesto, como si fueran desconocidos.

—No es que quiera meterme en la vida de esta gente... —suspiro cuando Haakon y yo estamos en la habitación; él me quita el collar de esmeraldas y me ayuda a retirarme la tiara de diamantes—. Pero ¿te has fijado en la distancia entre el príncipe Zayn y su hijo Youssef?

Me quedé muy inquieta. No podía estar loca.

Si Haakon tratara así a nuestros hijos, yo preferiría la muerte.

Y ese fue un miedo recurrente durante mi embarazo; por eso le presté tanta atención al asunto.

—Ajá. —Asiente y aprieta los labios.

Se pone a jugar con los niños encima de la cama y aprovecha para cambiarles los pañales.

Para mí, eso es la familia: el padre cuidando de sus hijos y jugando con ellos.

No lo que vi.

—Sé que no es nuestro país, pero él es tu amigo. ¿Qué le pasó, Haakon? —Me froto los brazos con las manos.

—La esposa de Zayn murió en el parto —explica Haakon, con la mirada llena de respeto—. Hace siete años. —Aprieta los labios.

—¿Y sus otras esposas? ¡Su hermano tiene siete!

—Zayn nunca quiso volver a casarse. Solo amaba a Sara. Aquella mujer era la vida del príncipe. Créeme, muchos árabes le ofrecieron a sus hijas, pero las rechazó a todas.

—Pero ¿y el hijo? ¡Ese niño es hijo suyo! ¿Por qué son tan distantes?

—Creo que, de alguna forma, culpa al hijo de la muerte de su mujer —suspira Haakon; termina de cambiar los pañales y me entrega los que hay que tirar—. Nunca ha sido cercano al chico.

—Eso me parte el corazón. —Tiro los pañales a la basura del baño, me lavo las manos y vuelvo a la habitación.

Ahora él está tumbado entre los niños.

Talita y Haakon IV están en pleno apogeo de la ternura de un bebé: la cabeza grande, desproporcionada respecto al cuerpecito regordete y lleno de pliegues, los ojos más grandes de lo normal, verdes, brillantes como esmeraldas.

Están en la fase de gatear, agarrar cualquier cosa que encuentran por el camino y llevársela a la boca.

—Es su hijo... ¡ya han pasado siete años, Haakon! —digo, impactada.

—Algunos dolores tardan en cicatrizar —es todo lo que dice—. No vamos a meternos en la vida de Zayn; es adulto y sabe lo que hace.

Ah, por lo visto, no.

Que se haya vuelto amargado y huraño por la muerte de su esposa, hasta lo entiendo. Que no haya querido casarse con otra mujer en siete años, me parece loable. Ahora, ¿no coger de la mano a su hijo y dejarlo perdido en medio de tantos adultos? Eso me desconcierta.

Siempre he oído que una madre es una madre en cualquier lugar. Y después del parto, empecé a fijarme en cosas que antes no tenían importancia.

Yo respetaba la cultura de Zayn y actuaba conforme a las normas, pero no conseguía entender esa distancia entre padre e hijo. Yo no podría vivir así.

Al día siguiente, Haakon y Zayn iban a visitar una de las petroleras del país y a tratar de negocios, así que Dandara y yo nos fuimos a los jardines interiores del palacio.

Mamá, papá, Leon y Svar se fueron a visitar centros comerciales y a comprar cosas; yo preferí tener un momento más tranquilo y, de paso, buscar a Youssef.

Encontré al niño leyendo el Corán frente a una fuente de leones, no sé si hecha de oro o bañada en oro.

Espero a que el niño se distraiga o cierre el libro, cosa que tarda unos buenos minutos, y entonces me acerco.

—Hola, príncipe Youssef —sonrío—. ¡Hace un día tan bonito! ¿No deberías estar jugando?

—As-salamu alaykom —me saluda formalmente, recordándome que soy pésima practicando la cultura de los demás—. Debo estudiar el Corán para enorgullecer a mi padre.

—Aaah... ¿y cuándo juegas?

—¿Jugar? ¿Qué es jugar?

Esa pregunta me desarma por completo.

Abro mucho los ojos y me quedo sin palabras; solo sacudo la cabeza de un lado a otro.