Capítulo 46
Ravena Lessa
Al llegar a Drü, nos recibió una multitud que se perdía de vista.
Gritaban mi nombre y el de Haakon, ondeaban la bandera del país y cantaban el himno del Septentrión. Mi corazón se llenó de dicha al sentir el apoyo y el cariño de todos ellos, sobre todo en ese momento final y decisivo de mi embarazo.
Me encontré con mis padres en cuanto llegué al palacio que se alza sobre la playa.
Eso era todo lo que necesitaba para poner la mente en su sitio y poder dedicarme única y exclusivamente al mes siguiente, en el que nacerían los gemelos.
Los rituales fúnebres de las reinas se celebraron y ellas partieron con una hermosa puesta de sol, en barcos cubiertos de flores y regalos del pueblo.
A la semana siguiente, Ayslan aprovechó su estancia para darnos algunas clases sobre cómo cuidar de los bebés y también sobre el momento del parto. Su formación era de obstetra, aunque llevaba un tiempo sin ejercer.
—Ahora necesito que los dos respiréis juntos, en sintonía, como si fuerais uno solo —explica Ayslan; se ata el pelo y se coloca detrás de Patrícia para dar ejemplo.
Pasa la mano por los lados y por debajo de su vientre.
—¡Inspira, espira, empuja! —le murmura a la mujer.
—Si crees que vas a darme órdenes durante el parto de esta criatura, Ayslan, ¡te voy a dar un codazo! —amenaza Patrícia.
—Eso es, siempre manteniendo el buen humor, ¡vamos allá! —nos anima.
Para Haakon y para mí todo esto es bastante extraño.
Somos padres primerizos, y la responsabilidad con estos bebés nos vuelve locos. Tienen que venir perfectos, recibir la mejor educación posible y ser entrenados desde la cuna para su gran misión: gobernar el reino algún día.
Aun así, es natural sentir su mano en mi cuerpo, la barbilla sobre mi hombro; su respiración guía la mía y me indica cómo hacerlo:
—Respira —me pide.
Lleno los pulmones de aire y espero a que dé la siguiente orden.
—Cuando el dolor se apodere de ti y no recuerdes lo que debes hacer, confía en tu pareja, que estará ahí contigo —explica Ayslan.
No es tan difícil.
Creo que lo hemos practicado bastante en los últimos meses, o sea, estamos más que preparados para este parto natural.
—¿Vamos a bañar al bebé? Sujétalo así, con delicadeza, eso es. —Va observando a Haakon—. No hace falta tener prisa, no se va a escapar de la bañera.
Lo veo encoger los hombros y pasar agua por la barriguita del muñeco de tamaño y aspecto reales.
—¿Qué ha sido eso? —refunfuña cuando Ayslan aprieta la mano del muñeco y un chorro de agua le da directo en el ojo.
—Te ha hecho pis. —Se ríe a carcajadas y viene a acompañarme—. Muy bien... mira tú, Ravena tiene mano para esto.
—Siempre quise tener un hermanito. Obligaba a Leon a jugar a las muñecas conmigo cuando me visitaba.
—Ah, qué monos, erais el papá y la mamá...
—En realidad, nos peleábamos por ser la madre. —Termino de lavar la muñeca y la seco con cuidado.
Los días fueron pasando.
A veces me quedaba en el jardín en compañía de Leon, leyéndoles algo a los bebés. Otros días, Haakon y yo salíamos a caminar por la playa, descalzos, a sentir la brisa, el olor a salitre, y a construir castillos de arena que las olas se llevaban cuando empezaban a avanzar contra la orilla.
Algunos días me quedaba en el criadero con Gaius, cuidando de sus conejos. Con el tiempo volvió a parecer menos triste y se fue implicando cada vez más con la familia.
—¡Mi turno! ¡Mi turno! —Cierro los ojos para pensar.
A veces reuníamos a todo el mundo después de la cena para juegos y entretenimientos.
—Vivo en una especie de castillo, pero no soy una princesa y tengo poderes mágicos... —Intento recordar todas mis pistas—. ¿Soy Mickey Mouse?
—¡Ah, no vale! —protesta Bjorn.
Me quito el papel de la frente y compruebo el personaje que debía adivinar: Mickey Mouse.
—Se está volviendo una experta. —Haakon le saca la lengua a su primo—. A ver, todavía no sé quién soy yo... ¿tengo el pelo negro, pero también loco? ¿Soy Sia?
Todos se ríen. En su papel está escrito: Goku.
Algunos días nos juntábamos para cantar en el karaoke y montar una fiestecita privada en el salón de recepciones.
Mientras los demás se lanzaban a por canciones pop internacionales o tradicionales de la tierra, Leon, papá, mamá y yo nos desgañitábamos cantando Evidências, Doce Vampiro y Garçom.
Cuanto más hortera sonara, mejor para nosotros.
Entonces, un día las contracciones aumentaron y todos se pusieron en alerta inmediata.
Esperamos hasta que el intervalo entre ellas fue corto y entonces prepararon la habitación donde yo daría a luz.
Por fin iba a cumplir mi mayor sueño desde niña. Mi madre se quedó a mi lado izquierdo, preparándome y explicándome cómo iría todo, y Haakon a mi lado derecho, diciéndome que todo saldría bien y que no se apartaría de mí bajo ningún concepto.
La habitación preparada para el nacimiento de los bebés era la más hermosa posible: la cama, ancha y espaciosa, quedaba frente a la puerta de la terraza que, abierta de par en par, daba al mar infinito de Drü y a su horizonte siempre azul y límpido.
—Ha llegado la hora, vamos a empezar la cesárea. ¿Todo bien? —Ayslan me mira.
En ese momento veo a alguien caminando de puntillas hasta llegar junto a la cama. Mi querido y digníssimo amigo Freud.
Aprovecha para redactar otro de sus informes médicos: cumplidora de sueños.
—¿Va a doler? —Abro mucho los ojos.
—No, voy a anestesiarte —explica Ayslan, y comienza el procedimiento.
—Todo va a salir bien. —Haakon me besa el lateral de la cabeza y me aprieta la mano—. ¡Estoy aquí!
Siento una leve molestia en el vientre y las piernas; Ayslan va dando pequeños pinchazos en la zona para asegurarse de que estoy perdiendo la sensibilidad tras la anestesia raquídea, y solo entonces hace el corte quirúrgico muy despacio.
No consigo ver lo que está pasando; estoy cubierta por una sábana quirúrgica y el equipo médico trabaja en conjunto para ir limpiando y abriendo la incisión.
—Mira tú, he encontrado a alguien. —Ayslan sonríe y levanta las cejas.
El protocolo real establecía que el parto fuera natural, pero debido al estrés que sufrí y por tratarse de un parto de gemelos, el Consejo Real votó por unanimidad que se realizara una cesárea.
—Solo un poquito más, amor. —Haakon apoya la nariz en mi mejilla.
Hace muchos años, escribí en un papel mi mayor sueño: ser madre de un príncipe.
Cuando lo releí, hace unos meses, me sentí tonta. Porque estaba viviendo un momento que me había arrancado toda la luz, la energía y las buenas vibraciones.
Insistí y luché por tener un hijo con Gustavo, pero Dios sabe cuándo y cómo cumplir nuestros sueños.
Mereció la pena esperar.
Ahora aquellos momentos de aflicción, de espera eterna y de la sensación de que nunca podría cumplir mi sueño, se alejan.
—La primera en llegar ha sido la niña —avisa Ayslan—. Ya la veo; al otro también. ¿El padre quiere cortar el cordón umbilical?
Haakon me seca el sudor y me indica que debo respirar y concentrarme en mi trabajo.
—Voy a esperar a que todo esté bien. —Se queda conmigo.
Ayslan saca al segundo bebé y le hace señas al padre para que vaya a cortar el cordón; la criatura empieza a llorar con fuerza.
—¡Es un niño!
—¿La niña está bien? ¡No la he oído llorar! —digo afligida, mirando de uno a otro.
—Está estupenda. —Ayslan me pone a la pequeña en brazos—. Ha nacido tranquila, ni siquiera ha llorado; ha venido al mundo sabiendo que venía de vacaciones —bromea—. Creo que hace más de cuatrocientos años que el Septentrión no tiene una reina. —Mira a Haakon.
—La última fue Meredith Kjaerlighet.
—Muy bien. ¿Habéis pensado en el nombre? Tienen que ser cuatro, para dar suerte. —Guiña un ojo.
—Me encanta el concepto de tener cuatro nombres —se divierte Patrícia, desde su rincón—. En Brasil decimos que quien tiene nombre compuesto es pobre.
Estoy completamente de acuerdo, siempre lo he oído.
—Pues quien tiene cuatro... —desdeña.
—Es miembro de la realeza. —Ayslan le frunce el ceño.
—Talita Cristina —digo, y miro a Haakon.
Él asiente por completo y añade:
—Talita Cristina Antônia Melissa.
Yo no habría elegido un nombre mejor. Una parte de mí todavía encuentra extraño ponerle cuatro nombres a una criatura; la otra se queda pensando en los gritos que voy a dar usando cada uno de ellos.
¡Ven aquí, Talita! ¡Cristina, Cristina, no me hagas quitarme la sandalia! Antônia, ¿qué estás haciendo? ¡Melissa, un día vas a matar a tu madre y ya veremos si la echas de menos!
Tal y como hacía mi madre conmigo.
Freud levanta los dos pulgares: él aprueba.
—Y ahora el escandaloso, que ya ha nacido queriendo llamar la atención. —Ayslan entrega al niño.
Ambos han nacido bien grandotes y pesados, muy sanos y animados. Los dos tienen los ojos claros y ya lucen una cabellera notable.
—Este es fácil: Haakon Iovius —hago una mueca.
—¿Entonces será el cuarto?
—Será el cuarto. —Asiento con la cabeza.
Él parece impresionado y emocionado. Me besa la frente y mira a los dos pequeños de una forma en que nunca lo he visto mirar a ninguna otra cosa o persona, ni siquiera a mí.
—Haakon Iovius Erick Harry IV —piensa Ayslan en voz alta—. Un nombre poderoso, que debe de traerle mucha suerte al bebé.
—Eso espero. Porque yo tuve muchísima suerte. —Me pasa la mano por el hombro.
—¿Quieres sostenerlos? —le ofrezco al padre.
—¿Puedo? —Arquea una ceja.
Le paso los paquetitos, uno a uno, para que pueda babear a gusto. Haakon, que ha estado sentado en la cama desde el principio, sostiene a los gemelos para que yo pueda verlos y agarrar sus manitas.
—Hola, Talita. —Saludo y apoyo la nariz en la manita, que se cierra enseguida alrededor de ella—. Iovius. —Chasqueo la lengua para llamar la atención del pequeño, que tiene los ojos clavados en su padre.
—Creo que ya ha elegido quién le cambiará el pañal por primera vez —lo felicita Ayslan.
Paso un rato recuperándome mientras el médico termina el procedimiento quirúrgico. Asistentes y empleadas del palacio lo preparan absolutamente todo: la cuna, cambian todas las sábanas y limpian la habitación.
Cuando nos trasladamos a la habitación principal del palacio, tres horas después, ya está lista y adaptada para recibir a los dos nuevos miembros.
A todo el mundo le parece extraño.
Porque es costumbre de la realeza que cada uno tenga su propia habitación. Pero debido a los acontecimientos recientes y a una corazonada de madre, prefiero mantenerlos conmigo y bajo mi supervisión.
Tampoco dejo que les cambien el pañal, los bañen o los alimenten.
A Haakon le hace gracia.
—Mis padres nunca me bañaron.
—¿En serio? —Hasta pierdo el equilibrio.
—Ya te lo dije, los empleados del palacio lo hacen todo. Mientras a ti eso te parece de otro mundo, ellos son los que piensan que la de otro mundo eres tú.
—Pues en mi mundo, quien cuida de mis hijos soy yo. —Arrugo la nariz y él se divierte—. Como mucho, los parientes... pero ¿¡empleados!?
Gente no faltó para cuidar de los pequeños. Cuando mis padres no se turnaban para cambiar los pañales, el propio Gaius, la bisabuela Irinna y los primos Iranovichk cumplían su papel. Pero la mayor parte del tiempo éramos Haakon y yo, juntos, haciéndolo como habíamos entrenado.
—Sujétalo, es inquieto igual que tú —digo cuando vamos a bañar a Iovius.
Del padre no tengo nada que decir: un completo baboso.
Nunca imaginé que vería a Haakon soplándole la barriga al bebé intentando imitar un sonido de pedorreta y haciéndole ruiditos, a ver si el pequeño era capaz de devolvérselos.
El bautizo fue muy distinto de lo que imaginé.
La primera parte comenzó antes del amanecer, en la playa del otro lado del palacio, por donde sale el sol. Caminamos con los bebés en brazos, acompañados de los obispos, los miembros del Consejo Real y los parientes.
Temí la reacción que tendrían los niños al ser presentados ante el mar pero, en realidad, se mostraron muy inquietos, curiosos, mirando hacia la inmensidad.
Ellos no entraron en el agua. Nosotros, los padres, sí.
—Que los Antiguos, aquellos que navegaron por estas aguas, construyeron nuestro reino y protegieron a nuestro pueblo, miren al Linaje Real y permitan que absorban sus dones. El Septentrión solo caerá cuando el último hijo del Norte deje de respirar —dice el obispo en tono ceremonial.
—El Septentrión solo caerá cuando el último hijo del Norte deje de respirar —repiten todos.
El bautizo en la catedral quedó para tres meses después, porque sabíamos que una multitud abarrotaría las calles y necesitábamos garantizar la salud de todos.
Los niños requieren un trabajo redoblado, así que el cuidado se extendía a la propia catedral, al palacio y a cada persona que transitara por allí, aunque estuviera elegida a dedo.
Eso, claro está, no nos libró de una ceremonia tradicional del reino: salir al balcón del palacio, en el punto desde donde se ven las dos playas, para mostrar a los bebés ante el pueblo.
Ahí abajo abarrotaron la arena, el paseo marítimo y las avenidas hasta donde alcanzaba la vista.
En la televisión, en la radio y en internet, en todos los rincones se anunciaba que gente de todo el Septentrión había viajado a Drü para conocer a su futura reina Talita y al príncipe Haakon IV.
Me invadió una emoción que no sabría explicar al ver a tanta gente llorando, gritando y vibrando por dos criaturas.
Solo yo sé lo difícil que fue llegar hasta aquí y poder cumplir mi sueño. Las piedras del camino me hicieron tropezar, me hirieron, pero nunca me impidieron seguir adelante.
Sé que no estuve sola.
Tuve a Dios, a Haakon, a Freud... me tuve a mí misma.
Luché, aun sin saber si conseguiría empezar de nuevo, si siquiera podría escapar de mi verdugo.
Y ahora, viviendo este momento, parece que siempre estuvo escrito, que siempre estuvo claro: los días que me asolaron quedarían atrás y la luz nacería en mi mundo para cumplir mis sueños y cosas que jamás imaginé.
Veo los fuegos artificiales silenciosos iluminar el cielo con colores verdes y lilas.
Parece que el sol brilla hoy más de lo que ha brillado en todos los tiempos.
Haakon y yo saludamos a las personas que gritan nuestros nombres y los nombres de nuestros hijos.
—¿Estás bien? —Él mantiene la pose y sonríe, mirándome de reojo.
—Me siento extraña. —Lo pienso un poco—. Una sensación como si mi historia ni siquiera hubiera empezado todavía... y todo me hubiera preparado para lo que viene a continuación.
—De hecho, estamos cerrando un capítulo de tu historia. Porque a partir de ahora, más que nunca, ya no eres la princesa Ravena.
—¿No?
—Reina Ravena. —Haakon me mira al fondo de los ojos.
¿Cuándo imaginé que podría ser amada, respetada y tratada mejor de lo que siempre soñé? Nunca. Ni siquiera en los cuentos de hadas que leí de niña.
¿Será este el tan soñado final feliz?
Eso espero.
Entonces, ¡que alguien suba los créditos y ponga la música final, por favor, antes de que pase alguna otra mierda!