Capítulo 39 #3
—No se sienta culpable —me consoló el emperador—.
Yo le prohibí verlo; vino a escondidas. Le dije que debía dejar su matrimonio en paz, pero estaba obstinada...
solo le pido, Iovius, por el honor de mi familia y por la amistad de tantos años que nuestras casas mantienen...
cuando descubran a la persona responsable, entréguemela.
—Así lo haré, señor.
Con las manos temblorosas tras colgar la llamada, tengo que enfrentarme a Svar.
—No vas a entregar a Leon.
—Svar...
—¡No vas a mandarlo a la muerte! ¡No lo voy a permitir! —dice furioso, llorando—. ¡Él es mi vida! ¡Es todo lo que amo! ¡Si él va, yo voy con él y moriremos los dos!
—Svar, quedará probado que no fue Leon.
—¿Y si la persona que montó todo esto prueba que fue Leon? ¿Aun así lo enviarás?
—Svar, el emperador... —intento explicar.
—Que le den al emperador. —Me da la espalda. Nunca lo había hecho en toda su vida—. Si vas a condenar a muerte a la persona que más amo, entonces yo también me entregaré. ¡No puedo vivir sin él, Haakon!
—Y yo voy a hacer todo lo que sea posible, Svar.
Tengo que consolar a mi primo durante horas, porque sencillamente pierde el control de sí mismo. Tengo que pedirle a Laios que le ponga un medicamento en la bebida para que duerma, porque es un peligro para todos aquí y para sí mismo.
—Y la historia se repite...
Oigo la voz que menos quería oír en este momento.
Cierro los ojos y apoyo la cabeza sobre la mesa del consejo, pidiéndole a Dios que sea solo una alucinación.
Ayer recibí un puñetazo certero en la cara; hoy he recibido dos en el estómago. Me pregunto si todavía me quedan fuerzas.
—Al menos tú te acuerdas, ¿verdad? De cómo encontraron a Dianna... —Stephan se sienta al otro lado de la mesa.
—¿Qué quieres, Stephan? —gruño.
—¿Sinceramente? No lo sé —suspira—. Solo estaba pensando, ¿sabes?... en lo irónico que es el destino y en lo verdadero que es el karma. Todo lo que me hiciste ahora ha vuelto a ti.
—Stephan, no quiero otro homicidio en las noticias. Así que cierra la boca.
—Siempre te reíste de mí por ser bastardo. Por no tener la sangre pura... Y ahora, mira tú... parece que tus hijos tampoco la van a tener...
—¡Cierra la puta boca! —Golpeo con firmeza la mesa.
—Todavía no te han quitado a la persona que más amas... pero Svar... ¿tu brazo derecho? Creo que es un preludio para que sientas lo que yo perdí cuando murió Dianna.
—Yo no he perdido a Svar.
—Todavía. Porque, cuando las autoridades digan que Leon fue el asesino, y créeme, están cerca de decirlo, Svar perderá lo que más ama. Y cometerá una locura que lo matará, ya sea enfrentándose al gobierno japonés, ya sea entregándose a ellos.
—¿Cómo puedes estar tan seguro de que Leon mató a Jemima?
—Pregúntale a tu mujer —se encoge de hombros—: una docena de empleados oyó al chico amenazar a la princesa alto y claro.
Empiezo a masajearme las sienes y a intentar respirar.
Yo, que soy la persona con menos juicio de este palacio, por lo visto tengo que resolver muchas cosas y meterles juicio a los demás. Y ni siquiera sé por dónde empezar.
—Dímelo, Haakon.
—¿Decirte qué, imbécil? —gruño.
—Dilo. Di la verdad. Dime que fuiste tú quien la mató.
—¿A Jemima? Por el amor de Dios, Stephan, vete a tomarte la medicación, tío.
—A Dianna —gruñe—. Dímelo. Dime que fuiste tú quien la mató. Porque descubriste que estaba embarazada de mí y no pudiste aceptarlo.
Es demasiado para mí.
Me levanto y golpeo con las dos manos la mesa de piedra. El grito que suelto es una mezcla de furia y dolor. Me abalanzo sobre el desgraciado, que permanece sentado, esperándome.
Lo agarro por el cuello de la camisa y lo sacudo con toda la fuerza que puedo.
—Puedes pegarme. Puedes molerme a golpes hasta matarme. Pero dime que fuiste tú.
—No fui yo —rechino los dientes.
—Mentiroso...
—Entonces dímelo tú a mí, Stephan. Que eres tú. Tú, que estás escondiendo a Gustavo Borges; tú, que estás detrás de esas fake news; ¡tú, que montaste toda esta mierda!
Su mirada no lo esconde: las cejas se le contraen y los ojos se le quedan medio perdidos. Después Stephan se ríe de una manera que sugiere su inocencia, pero que, en realidad, delata su sorpresa.
—No fui yo —dice tranquilamente.
Consigo soltarlo, no sé cómo.
—Yo soy un bastardo, soy un regente invisible que no se lleva el mérito de nada... ¿fui negligente en el secuestro de Ravena? Sí, no me preparé para un acontecimiento así. Pero no fui yo, Haakon. Yo no caería tan bajo.
—Yo tampoco fui. —Me cruzo de brazos. Las manos todavía me hormiguean por darle un puñetazo en la cara.
Los dos suspiramos alto.
—Cuando ese Katkins y sus secuaces se enteren de la muerte de Jemima...
—Lo sé. —Levanto la cabeza hacia el techo.
—¿Puedo sugerirle algo, Alteza?
Me encojo de hombros, sin darle importancia.
—Saque a su familia de aquí y huya con ellos a Drü. Usad todo el poder bélico de la familia Iranovichk para protegeros. Lo peor puede ocurrir.
Necesito reírme. Reírme alto, dejando que la carcajada sonora resuene por las paredes.
—¿Huir? —Miro al hombre—. Tú no sabes nada de mí, Stephan...
—Eres tú el que no sabe de lo que esa gente puede ser capaz...
—Ellos son los que no saben de lo que yo soy capaz. Yo soy el rey. Juré proteger a mi pueblo y es lo que haré. ¡Los protegeré de las mentiras que los engañan y protegeré a mi familia!
—Si de verdad crees que eres capaz de hacer eso, eres un burro. No el rey.