Embarazada del príncipe: Los gemelos que lo harán rey (Sangre Real 2) Capítulo 39 #2
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Capítulo 39 #2

—La noticia se ha propagado rápido. —Svar entra y se cruza de brazos; lo estaba siguiendo en su móvil, es lo que me enseña.

—Como buitres sobre la carroña...

—¿Noticias de Ethan?

—Nada todavía...

—Necesitamos descubrir rápido quién está detrás de todo esto.

El trabajo avanza lento; de vez en cuando paro para ver la televisión.

Mi atención solo es secuestrada de verdad a las tres de la tarde, cuando anuncian que han encontrado un cuerpo en el mar.

Unos pescadores de Koyaska, ciudad cercana a Koioskovo, encontraron un cuerpo mientras pescaban por la mañana. El mar congelado que baja de las montañas llega a Koioskovo casi en pedazos; en Koyaska ya no hay rastro de hielo.

—Sube el volumen —le digo a Svar.

—El cuerpo fue encontrado a las cinco de la madrugada. Se llamó a las autoridades y comenzaron los procedimientos para el reconocimiento del cuerpo. Dicen que no hay nada concluyente y que nos informarán de los resultados a las ocho...

El sonido de la televisión, aunque esté alto, queda en segundo plano cuando Laios entra sin resuello y cierra la puerta con llave tras de sí.

—¡Majestad! —dice desesperado.

—¿Qué pasa, hombre? ¿Has visto un fantasma? —Me agarro firme a la silla.

—Majes... —intenta respirar—, Majes...

—Habla de una vez, hombre —refunfuña Svar otra vez.

—Majestad... tenemos un problema gravísimo.

—¿Y cuál sería un problema gravísimo?

Laios abre los ojos de par en par y mira a Svar. Mi primo me mira de reojo, tan confundido como yo.

—¿Dónde está el duque? —le pregunta a Svar.

—En casa, supongo. ¿Qué queréis de él?

—La Policía Federal y la Policía Secreta del palacio están abajo, señor.

—Pídeles que suban. —Chasqueo la lengua y vuelvo a mirar la televisión.

—Señor, creo que no lo ha entendido... —Señala el aparato—. El cuerpo que encontraron... es de la princesa Jemima.

—¿Qué? —La palabra casi se desvanece, de alguna forma, antes de salir.

El shock es tan grande que solo consigo negar con la cabeza.

—Sí. Es ella. El reconocimiento acaba de salir: la princesa Jemima fue encontrada por los pescadores.

—¿Le dispararon? ¿Algún traumatismo?

—Solo el de la caída. Por lo que parece, cayó desde un lugar muy alto... sin heridas... murió ahogada... y congelada.

—¿Y qué quieren de Leon? —Svar se levanta.

—Excelencia... La policía cree que... el duque... podría estar involucrado.

—¿Leon? Laios, ¿tú has visto el tamaño de ese chico?

—Pues sí, señor, pero la policía quiere verlo.

Ravena Lessa

Que Dios me perdone. Tuve que huir toda la mañana de aquellas princesas; ya no podía más. Me quedé en la cocina cascando huevos y viendo a Leon cocinar; debo admitir que era algo que necesitaba para calmarme.

—Señora. —Akádia, mi escolta personal, reclama mi atención.

Siempre me está vigilando de lejos; incluso cuando no la veo, está atenta.

—¿Sí?

—Excelencia, la policía está en el salón de la tienda —dice.

Después entran los empleados de Leon, sin resuello, diciendo lo mismo.

A través de la pared de cristal vemos a diez hombres mirándonos. Enseguida entran en la pastelería Haakon y Svar, más tensos que nunca.

—¿Qué pasa, chicos? —Leon se quita los guantes, se arregla el pañuelo que le cubre la cabeza y sale de la cocina; yo voy detrás.

—¿Excelencia? —le pregunta el policía que va al frente.

—¿Sí? —Leon abre una sonrisa tierna y preocupada.

—Tiene que acompañarnos a la comisaría. No vamos a esposarlo, pero no intente huir o usaremos la fuerza —advierte.

—¿Qué? ¿Cómo que acompañaros? ¿Qué está pasando? —Leon empieza a mirar alrededor, esperando una respuesta de alguien.

—Un malentendido. Yo voy contigo —se ofrece Svar.

—¿Por qué se llevan a mi primo? ¿Qué ha hecho? —me desespero.

El policía me ignora por completo. Tengo que ir hasta él y sujetarlo por el hombro.

Creo que solo se da cuenta de lo grave que es la situación cuando ve mi barriga. Traga saliva y hace una reverencia.

—Alteza, su primo ha sido denunciado como el asesino de la princesa Jemima. Tras algunas pruebas y preguntas, la fiscal y la jueza darán los próximos pasos. Por ahora, tiene que venir con nosotros.

—¡Ravena, yo no he matado a nadie! ¡Estuve aquí toda la noche! ¡Lo juro! —Leon me coge las manos, pero la policía se lo impide, apartándolo de mí.

—¡Parad! ¡Le estáis haciendo daño y lo estáis asustando! ¡No hagáis eso! —Intento acercarme, pero no me dejan.

—Puede ser peligroso, Alteza, así que, por favor, déjenos hacer nuestro trabajo.

—No podéis tocarlo así. —Svar empuja a uno de los policías.

—¡Svar! —grita Leon, muy serio—. No hagas nada. No hagas nada. ¡No des motivos para que te lleven a ti también! ¡El príncipe y la princesa te necesitan!

—¡Voy contigo!

—No. Quédate aquí. ¡No te separes de ellos!

—Leon... —Svar se queda paralizado, viendo a los policías meter a su amor dentro del coche.

Yo me acerco a él y a Haakon, sin saber qué decir.

—Tenemos que llevarte al palacio. Ahora —avisa Haakon.

—Vale, solo voy a ponerme algo de ropa... —lo digo porque todavía estoy en pijama.

—Ahora —insiste.

Príncipe Haakon III

Tras asegurarme de que Ravena está a salvo en el palacio, llamo al emperador de Japón, le cuento todo lo que sé hasta el momento y le ofrezco mis condolencias.

No oigo la voz del hombre durante al menos dos minutos. Cuando me responde, parece que el alma se me va a salir del cuerpo. Lo último que necesito ahora es entrar en guerra con Japón.

Le garantizo que el cuerpo de la princesa Jemima será preparado y enviado inmediatamente a su país de origen, y que quien resulte responsable de lo ocurrido será entregado a las autoridades japonesas.

Creo que he evitado lo peor.

El hombre siempre me apreció; fue un gran amigo de mi padre y siempre quiso que nuestras familias se unieran.

Por desgracia, yo no sentía por Jemima lo que ella sentía por mí, y se lo confesé a su padre desde el primer momento, para no alimentar falsas esperanzas.