Embarazada del príncipe: Los gemelos que lo harán rey (Sangre Real 2) Capítulo 35
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Capítulo 35

Ravena Lessa

La parte más intensa de la gira comenzó.

Acompañé a Haakon a todos los actos formales con autoridades de otros países, pero decliné con delicadeza los bailes benéficos y otras actividades. Descansé mucho para disfrutar de París, el lugar que más ganas tenía de conocer.

Lo de descansar era un decir, ya que me pasaba buena parte del tiempo resolviendo asuntos de la organización Salve a la Reina, igual que Haakon, que en sus ratos libres se ponía al día de todo lo del Septentrión y hacía videollamadas con el Consejo Real.

La Ciudad de la Luz no me decepcionó en nada.

Tenía de verdad todo el aire romántico que yo imaginaba, aunque los franceses fueran, la mayor parte del tiempo, bruscos conmigo, porque yo solo sé hablar inglés.

—Otra pequeña tarea más para tu agenda. —Haakon se divierte—. Aprender idiomas nuevos.

Él, al contrario que yo, daba un espectáculo. Hablaba alemán, francés, italiano, español, japonés, mandarín y un montón de lenguas más que yo aún no había escuchado.

—Estamos en su tierra; como miembros de la realeza, tenemos que mostrar respeto y hablar en francés.

—¿Y no pueden ser un poco más suaves conmigo, que estoy embarazada? —Me echo a llorar.

—¡¿Ravena?! Solo son unos esnobs, no hace falta llorar... —me consuela, desesperado.

—¡Ay, me siento un fracaso!

Freud saludó desde lejos —hacía mucho que no lo veía— y me entregó un papel en las manos:

Informe médico: loca mi humor se volvió bastante felino, y el príncipe no hacía más que divertirse a mi costa, viéndome despotricar sin ningún motivo.

Cuando terminaron las obligaciones reales, corrimos contra el tiempo para aprovechar los últimos cinco días de vacaciones antes de partir hacia Brasil.

Paseamos por el Sena al atardecer, comiendo y disfrutando del paisaje... Nos tumbamos en la hierba a tomar el sol en los Jardines de Luxemburgo y nos alojamos en el ático de un hotel magnífico con vistas privilegiadas a la Torre Eiffel.

—Tengo una buena y una mala noticia para ti —avisó Haakon, y yo ya me preparé para el golpe.

—Empieza por la mala. —Ya estaba tumbada solo con el camisón en la cama espaciosa; la luz de fuera iluminaba buena parte de la habitación.

—Bueno... la mala noticia es que tus médicos no te han dado permiso para que te aten, te suspendan en el aire o recibas unos azotes de látigo —dice, apesadumbrado.

—¿Quiénes se creen que son para darme permiso o no?

—Tus médicos.

—Y yo soy una reina —protesto—. Una futura reina. —Me cruzo de brazos—. Y lo haremos aquí, a escondidas, sin que nadie lo vea... confío en ti...

—No, tienen razón. No vamos a generar ese tipo de estrés en tu cuerpo.

—¡Haakon! ¡Yo quiero que me den! —No me creo que lo haya dicho en voz alta. Pero, una vez que salió, lo dejé estar.

Mi amigo imaginario Freud debía de estar divirtiéndose muchísimo dentro de mi mente.

—Voy a darte unos azotes. —Viene y se sube a la cama, se pone de rodillas encima de mí y me gira con cuidado.

Empieza a darme palmadas suaves en el culo.

—¡Lo quiero más fuerte! ¡Merezco más fuerte!

—¿Así? —Golpea con más fuerza, pero no se acerca ni de lejos a como era antes.

—¡Estar embarazada es un asco! —Pongo morritos.

—Solo tres meses más y todo volverá a la normalidad.

Lo dudo mucho. Ya me veo con ojeras y despeinada de tanto cuidar de estos niños.

—Madre mía...

—¿Qué pasa? —pregunta, y me da otra palmada.

—Ya estoy de seis meses...

—Sí... ¿cómo te sientes? —Me acaricia la barriga.

—Ya me he acostumbrado a las náuseas, a los cambios de humor y a que los pies me duelan de cojones... —refunfuño—. Ah, y mis pechos... doloridos... aaay.

—Y más grandes... —No deja pasar ese detalle.

Tira de mí despacio hacia su regazo y mete las manos por debajo de mi camisón; se esfuerza bastante para pasar por mi barriga y llegar a mis pechos, donde sus dedos se mueven en círculos.

—¿Y la cadera gigante? —refunfuño.

—Perfecta. —Aprieta la cara contra mi cuello.

—¡Humpf! ¡Dijiste que tenías una buena noticia!

—La tengo...

Se levanta y se quita la ropa muy despacio.

—¿Llevabas una corbata de reserva en el bolsillo?

—Sí. —Se ríe.

Su mano me empuja para que me tumbe en la cama. Un minuto después tengo las manos atadas al cabecero, cada una con una corbata; no aprieta demasiado, pero me mantiene inmóvil.

—Me está gustando esto...

—¿Sí? —Se ríe y me quita el camisón muy despacio.

Me lame los pechos con toda la extensión de la lengua y me besa el cuerpo entero, sobre todo la barriga; después enciende el vibrador, que empieza a hacer que mis piernas se muevan con cada espasmo.

Por cierto, durante todo el viaje pasé más tiempo con ese objeto dentro de mí que fuera.

A veces tenía que controlarme, y descubrí que soy una actriz excelente. Casi tuve un orgasmo en una de las cenas con la familia real, mientras disertaba sobre el futuro de la ingeniería en los países europeos y pasaba las diapositivas que presentaba, y él intensificaba las vibraciones dentro de mí.

—Todavía no te he contado la buena noticia... —Haakon me pone una venda en los ojos.

—¡No me hagas esperar! ¡Estoy embarazada! —refunfuño.

—Valdrá la pena —se divierte.

Unos minutos después, removiéndome impaciente en la cama, siento una sensación única, como si el fuego me besara. Cae en forma de gota sobre mi brazo, y eso me hace encoger los dedos de los pies y girar la cara.

—¿Qué es eso? —pregunto bajito.

—¿Qué has sentido? —Repite la sensación.

—Un... calor... ay...

—Cera caliente de una vela especial.

—Mmmm... —Ahora consigo notar el olor a chocolate y café—. Me está gustando esto. —Me río bajito.

Casi doy un salto de la cama, no por el dolor, sino por el susto que me llevo al sentir las gotas bajando levemente por mi trapecio hasta llegar a mis pechos. Siento como si literalmente estuviera ardiendo.

—Haaaaaakon. —Si pudiera, le agarraría la mano en este momento; mis piernas se mueven involuntariamente—. ¿Estás seguro de que puedes hacer esto? —Sonrío.

—Tengo un certificado de tus médicos, ¿quieres que lo lea?

—Ajá —me divierto.

—Mmm, vamos a ver... no puede usar ropa de cuero ni látex muy ajustado, no puede ser atada ni suspendida en el aire... veamos qué sí puede... velas... puede, en todo el cuerpo, menos en la región abdominal.

—¿Todo el... cuerpo? —Contengo la respiración.

Siento el líquido caliente caer por mis piernas, subir por los muslos, casi llegar a la ingle.

Cuando no va dejando el rastro de su lengua húmeda y cálida por el camino, Haakon presiona las manos y me masajea la piel, esparciendo el ardor. La sensación me vuelve loca y me pregunto por qué no hicimos esto antes.

—Creo que yo también puedo... mmm...

—¿Qué estás haciendo?

—Un momento. —Parece tener la boca llena.

—¡Haakon! —Casi doy un salto de la cama.

Me lame la vagina de una vez; siento el hielo y algo más dentro de su boca. Eso me provoca un escalofrío que todo mi cuerpo tarda un rato en procesar.

—¡Pica! ¿Es pimienta?

—Es un caramelo Halls negro. —Se ríe.

—Aaaah, ahora lo entiendo, no pica —me mordisqueo el labio—: eso, ve más hondo... aaaah...

—¿Tú qué prefieres, arder o congelarte? —murmura, para después sumergirse dentro de mí, hacerme agarrar las corbatas con fuerza y sacudir el cabecero de la cama.

—Prefiero lo que tú quieras hacer conmigo...

—¿Qué tal las dos cosas?

Vierte las gotas de la vela por mis pechos cuidadosamente, saca el vibrador de dentro de mí y después me llena con su lengua; el hielo y el caramelo me dejan inmóvil y sin poder respirar.

—Así es tan bueno, más hondo...

—¿Así es como te gusta? —Me levanta las piernas y avanza más.

—Eso... ah, qué gusto...

—¿Y si hago esto, mejora? —Enciende el vibrador y lo presiona contra mi clítoris.

¿Cuántas manos tiene este demonio? ¿Cómo está consiguiendo hacer todo esto a la vez?

Siento las gotas de cera caliente cayendo despacio sobre mis brazos y mis pechos; mis piernas ahora descansan sobre sus hombros y, al mismo tiempo, mi clítoris es estimulado.

—Ah, cómo deseaba esto...

—Ya... igual que yo deseo sentirte en mi boca. Córrete para mí, amor.

Haakon sigue estimulándome sin parar hasta que siento que he perdido todo el control de mi cuerpo; acabo teniendo un orgasmo de los buenos y me deshago en su boca.

Me chupa con cuidado, absorbe cada gota de mi placer y después me quita la venda y afloja el nudo de las corbatas para que me suelte.

—Ahora me toca a mí jugar. —Coloca las rodillas a los lados de mi cabeza.

Tengo una visión privilegiada de su pene grande y grueso, que me frota por la cara y me hace tragar poco a poco.

Haakon me sujeta las manos, me entrega la vela redonda y me hace derramar la cera por su abdomen marcado.

—Aaah —gime; lo siento pulsar en mi boca—. Eso, buena chica...

Estiro un poco más los brazos, también para que se me pase la sensación de calambre, y dejo que la cera se deslice por su pecho. Veo sus pezones erizados; la polla parece que va a explotar en mi boca de lo caliente que está.

—Eso... le vas cogiendo el truco...

Haakon se pasa las manos por el cuerpo, sus dedos tocan los rastros enrojecidos y después baja hasta mi cabeza, tira de mí hacia él hasta que me atraganto y lo siento tocar mi garganta.

—Hazlo otra vez —pido.

Y él lo repite: me agarra del pelo como si fuera un ronzal y me guía hacia su placer, que también es el mío.

Me hace sentir la suavidad de su piel, el calor del acto, la intensidad de sus manos haciéndome tragar su polla y dejándome sin aire.

—Qué obediente eres... —Le brillan los ojos.

Inclina el cuerpo hacia atrás; las rodillas ahora se apoyan por fuera de mis brazos. Junta mis pechos con su pene entre ellos y empieza a friccionar con fuerza, hasta el punto de que la cama gime y golpea contra la pared.

—Haakon, estamos en un hotel —tengo que recordárselo.

—En el ático —me recuerda él a mí—. Solos. En el piso de abajo, solo nuestra gente, y están acostumbrados... ¿o de verdad crees que piensan que es el mal tiempo lo que causa las turbulencias en el avión?

No puedo evitar reírme.

—No aguanto más, te necesito. —Se levanta y tira de mí por las corbatas de mis manos.

Empuja la puerta que da a la zona del jardín y la piscina, se sienta en una silla de madera como esas de playa y me pone en su regazo, de cara a las vistas de todo París allá abajo, con la Torre Eiffel brillando bellamente.

—Felices siete meses de casados —dice.

Se lame los dedos y prepara el camino para hacerme sentir su pene duro y grueso invadiéndome.

Me aferro a su cuerpo y lo siento entrar en mí con fuerza.

—Eso... yo también te necesito... dentro de mí... —digo poco a poco, respirando cuanto puedo.

Me sujeta firme por los muslos y me levanta hasta que su polla sale casi por completo, y vuelve a sentarme lentamente, obligándome a frotar mi ingle contra la suya cuando lo siento entero dentro.

Parece que me arden los pulmones; pierdo el aliento por completo.

—No importa adónde viajemos: el mejor lugar en el que he estado es dentro de ti —me dice al oído, y vuelve a devorarme.

Lo abrazo con tanta fuerza que siento que voy a perforarle la piel con las uñas.

Apoyo la cabeza en el hombro de Haakon y lo siento aumentar la velocidad con la que entra y sale de mí, no por entero, pero aun así volviéndome loca.