Capítulo 36
Ravena Lessa
Pisar suelo brasileño parece cargarme las pilas y llenarme de energía.
Por más que los pies me estuvieran matando y una fatiga se apoderara de mí por las obligaciones reales y las noches agitadas con Haakon, el sol de mi tierra me revitalizó.
La primera semana fue la más complicada: tuvimos la agenda a rebosar en Brasilia, participamos en varias cenas ofrecidas por el presidente, que nos presentó a gobernadores, senadores y empresarios influyentes del país.
La mejor parte fue reencontrarme con Leon, que acudió en mi auxilio y estuvo pendiente de todas mis necesidades, por no hablar de que podía cotillear con él.
Después pasamos unos días en São Paulo; Haakon me avisó de que cenaríamos con la familia Leão, donde solo había gente importante, una de las familias paulistas más poderosas, y de que en esa ocasión me presentaría a un primo que vivía en la capital.
—Esa es Maria Eduarda —me susurró Leon al oído, como siempre, dándome resúmenes rápidos de quién era cada persona—. Ella y su hija están apoyando tu organización Salve a la Reina. Las dos sufrieron violencia.
—Maria Eduarda, muchas gracias por recibirnos. —Le estrecho la mano a la mujer.
Ella abre una sonrisa encantadora y hace una reverencia formal.
—¡Su casa es preciosa! Recuerda mucho a la que vivimos Haakon y yo.
—¿El palacio? —se divierte.
—No. Vivimos en una urbanización privada en la capital.
—Qué maravilla. Pase, por favor, ¡no voy a dejar de pie a una princesa embarazada! —La mujer despliega toda su hospitalidad.
Conocí a los hijos de la empresaria y... a sus dos maridos. Me pareció insólito y extraño; primero pensé que estaba viendo doble, después entendí que eran hermanos gemelos: Ricardo y Leonardo Leão. Y ambos eran el marido de Maria Eduarda.
Parpadeé y bebí un poco de agua.
Yo apenas aguanto a Haakon cuando empieza a echar fuego por el cuerpo; imagínate dos.
—No me mires así, Leon, que no me puedo reír.
—Pero imagina qué delicia... uno para cada agujero —susurra mi primo.
Freud, que estaba echando una cabezada, abre un ojito, solo para cotillear.
—¡Leon! —Le doy un pellizco e intento aguantarme la risa—. ¡Yo ya acabo escocida y sin poder andar con el palizón de polla que me da Haakon, imagínate dos!
Arrugo la nariz y miro alrededor.
—A mí me encantaría. —Le guiño un ojo a Leon y echo a andar.
—¡Tú nunca me decepcionas! —Viene riéndose detrás de mí.