Embarazada del príncipe: Los gemelos que lo harán rey (Sangre Real 2) Capítulo 32 #2
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Capítulo 32 #2

Cuando me ven, Alice corre a buscar a su amiga y Gaius corre hacia mí; parece que va a decir algo, pero sigue corriendo hacia la salida.

—Alteza —saluda Stephan al príncipe, que lo ignora—. ¡La princesa de Drü!

—Hola, Stephan —lo saludo con un gesto.

—¿Cómo está?

—Estoy estupendamente. —Le tiendo la mano para que la bese—. ¿Podemos hablar?

—Claro que sí... estaba ansioso por este encuentro, intentando imaginar qué querría tratar conmigo.

—¿Por qué no ha destituido a Simon Nantes del consejo? El príncipe dijo que su gente estaba involucrada en todo lo que ocurrió.

—Eh... bueno... sí. —Baja los hombros, un tanto frustrado—. Por desgracia, es verdad.

—Entonces, ¿por qué sigue formando parte del Consejo Real? ¿Necesita más pruebas de que es un peligro para su futuro rey?

—Nantes aseguró que no participó en nada, y que fue engañado por su amigo Reyan, que le envió informes falsos y nos retrasó a la hora de ir a rescatarla —se explica, pero no le presto mucha atención.

—También he oído decir que usted no parecía interesado en mi rescate.

—¿Disculpe?

—¡Quiso que esperaran doce horas para actuar y al final fueron veinticuatro! —Me cruzo de brazos; soy bastante más baja que él, pero mi mirada se afila.

—Princesa, necesito que entienda que...

—¿Qué? —lo interpelo.

—Necesitábamos asegurarnos de que sabíamos lo que estaba pasando.

—¡¿Y qué otra cosa podía estar pasando?!

—Bueno... —Empieza a decir, pero enmudece.

—Hable. —Aprieto los dientes.

—El informe de Nantes nos hacía creer de verdad que no era un secuestro. Sino una huida.

—¿Una... huida? —Las palabras apenas me salen, de lo atónita que me quedo.

—Princesa —asiente con la cabeza.

—¿Y por qué iba a huir yo?

—Porque todo esto es demasiado para una chica, porque no estaba lo bastante enamorada, porque no tenía claro lo que estaba pasando —conjetura.

Me dan ganas de cruzarle la cara. ¿Cómo puede decir todo eso?

—Hice algunas averiguaciones preliminares y hablé con una amiga sobre el pasado de algunas personas del palacio.

—Ajá.

—Y me hablaron de Dianna, la mujer de la que usted se enamoró en el pasado. —Examino la expresión que pone al oír el nombre.

Se pone muy tenso; da incluso un paso atrás y baja los hombros, desarmándose.

—¿Es eso lo que habría pensado de ella si la hubieran secuestrado? ¿Que no estaba lo bastante enamorada? ¿Que no tenía claro lo que estaba pasando?

Stephan prefiere el silencio.

—¿Dejaría que a la persona que ama se la arrancaran de los brazos y se la llevara el enemigo? No oigo su voz, regente.

—No. No lo permitiría —responde.

—¿Soy su enemiga, Stephan? ¿Le he hecho algo?

—No, señora.

—Porque si yo tuviera poder y le arrebataran a alguien a quien usted ama, yo, que hice un juramento de protegerlo, pondría todos los esfuerzos en salvar a quien fuera. ¿Sería mucho pedir que hiciera lo mismo? ¿No solo por mí, sino por cualquier persona de aquí? ¿Usted hizo un juramento, Stephan?

—Lo hice. —Aprieta los labios y baja sutilmente la cabeza.

—Entonces, ¿por qué no lo cumplió?

No reacciona. Solo asiente un buen rato después, cuando lo ha razonado todo. Se humedece los labios, vuelve a mirarme solo un segundo y se retrae.

—Le pido perdón, señora.

—Puede que yo no le guste. Puede que Haakon no le guste. Pero su futuro rey está aquí. —Señalo mi barriga—. Y corría peligro.

—Sí, señora.

Cuando levanta el rostro y puedo verlo, veo que tiene los ojos anegados.

El tono de reprimenda desaparece de mi voz. Me quedo callada, intentando entender qué ha pasado.

—¿Está todo bien, Stephan?

—Usted... me recuerda a ella... a Dianna...

—Ah. —Me encojo de hombros.

—Tenía un humor tempestuoso. Y embarazada... ¡buf! —Se limpia los ojos con el dorso de las manos—. ¡Era una fiera! Pero tiene razón... ahora que pienso que podría haber sido ella en su lugar, y de hecho ella estuvo en su lugar, actuaría de otra manera. Porque en aquella época actué de otra manera.

—¿Qué le pasó a ella?

—Todos dicen que huyó con Haakon. Pero yo sé que él la raptó. Y la obligó a hacer cosas terribles. Al final, no sé si ella no lo soportó y se suicidó o si fue él quien la mat...

No le permito terminar.

Le cruzo la cara con una bofetada bien fuerte.

Ahora sí, las hormonas me han poseído de golpe y me he vuelto loca. Y, en vez de retroceder y pedir disculpas, rechino los dientes:

—¡No diga eso de él!

—Usted no lo conoce...

—¡Lo conozco bien y sé que el hombre que duerme todas las noches a mi lado sería incapaz de eso!

—Entonces eso demuestra que no lo conoce. Él destruyó todo lo que yo amaba. Me quitó todo lo que era importante...

—¿Y pensó que si me dejaba morir, en manos de mi secuestrador, se estaría vengando? ¿Mi muerte traería de vuelta a Dianna, Stephan?

Stephan abre la boca para hablar, pero la voz no le sale. Lo intenta de nuevo, pero no hay sonido.

—¿Vio mis análisis? ¿Las fotos de las heridas de mi cuerpo? ¿Le contaron lo que me hizo?

Asiente.

—¿Se sintió mejor, Stephan? Ver a una mujer, la mujer de su gran enemigo, ser violada y destruida, ¿le dio algún placer?

Stephan se agacha lentamente y se arrodilla. Me coge las manos.

—Le pido perdón.

—¿Mi perdón va a hacer que se sienta mejor? Lo hará, ¿verdad? Porque soy yo quien cargará para siempre con el dolor de haber vivido la humillación y la desgracia...

Aparto mis manos de sus labios.

Antes de salir del lugar, vuelvo el rostro hacia él, todavía arrodillado:

—Yo, más que nadie, creí que usted sería un buen regente.

Porque usted y yo venimos de ninguna parte y nunca le importamos a nadie.

Pero ahora, viendo el tipo de gobernante que es, Stephan, reconozco que es un hombre mediocre y pequeño.

Que quiere a toda costa ponerse una corona en la cabeza, pero no quiere comportarse como un rey.

Suspiro.