Capítulo 32 #3
—Haakon no lleva corona en la cabeza y todos lo ven como un rey, porque actúa como tal. Le sugiero que preste atención a si sus deseos y sus acciones están conectados; si no, será recordado como el peor regente que este reino ha tenido jamás.
Le doy la espalda y me voy.
Deambulo por el palacio para despejarme la cabeza y me tropiezo con alguien al doblar el pasillo.
Ese alguien es nada más y nada menos que la reina Melissa. Con un precioso vestido beis, un collar de diamantes y una tiara deslumbrante, sonríe y me sujeta por los brazos.
—Discúlpame, querida...
—No, majestad, soy yo quien pide disculpas, estaba tan distraída...
—¿Cómo te encuentras? —Enseguida me toma del brazo y me guía por otro camino.
—Un poco saturada, ¿sabe?
La mujer medita un poco, probablemente sin entender qué quiero decir con eso.
—Es mucho que procesar —le explico.
—Entiendo. Formar parte de la realeza tiene sus tempestades... pero también sus glorias. ¿Estás ocupada?
—Para usted, nunca.
—Estupendo, pues ven conmigo.
La reina Melissa me lleva hasta una galería opulenta donde nunca he estado.
Me quedo unos minutos parada ante el cuadro de Haakon y me quedo aún más impresionada al darme cuenta de que también hay uno mío; en realidad nuestro, del día de la boda.
Nosotros dos, Haakon y yo, frente al mar, mirándonos.
—Esta es la galería de las joyas de la corona —dice la reina—. Es un lugar central: todas las habitaciones de los miembros de la realeza están conectadas por pasillos secretos que conducen hasta aquí... —Me va mostrando puerta por puerta—. Esta es la sala de la reina.
Pensé que sería una sala modesta, con algunos armarios.
Qué equivocada estaba.
Es tres veces más grande que el vestidor de Haakon en el palacio de Drü y que el de aquí.
Recuerda mucho a una joyería, la más cara y opulenta posible. Las paredes cubiertas de estanterías de cristal reluciente, dejando ver collares de todos los colores, pendientes, anillos...
—¡Madre mía! ¡Cuántas coronas! —Giro sobre mí misma.
Hay coronas grandes y pequeñas, algunas con esmeraldas, otras con rubíes. Las de diamantes son las más delicadas.
—Una para cada ocasión. —La reina Melissa me lleva frente a ellas—. Elige una.
—Ah... ¿debería?
—Claro que sí. Serán tuyas. Obviamente, durante tu reinado se crearán otras nuevas, unas que sean de tu gusto, con las joyas que desees. Pero estas son reliquias de la familia, querida.
—Guau.
Me pone una tiara de diamantes y me lleva hasta el espejo.
—¿Te sientes ya una reina?
Nos reímos juntas. Me pone una corona grande, pesada, cuajada de rubíes.
—Esta fue la del día de mi boda con Gullivar.
—Ah, qué honor. —Me la quito.
—No, no te preocupes, puedes usarla. Haakon será rey pronto y tú asumirás la mayor parte de mis compromisos.
—Lamento eso.
—Ay, querida, ha sido una vida larga, llena de alegrías y ocupaciones. No lo abandonaré todo, pero merezco un descanso. —Une las manos delante del cuerpo y sonríe con dulzura.
—Ah, sí.
—Mi madre me comentó la conversación que ella y la Reina Madre tuvieron contigo.
—Ajá... —Aprieto los labios e intento imitar su pose, para parecer un poco más civilizada que la salvaje que hace nada le ha cruzado la cara a un hombre.
—¿Cómo te sientes con lo de exponerte así?
—Me siento incómoda, porque todos van a hablar de mí...
—Todos hablan ya de ti, querida. Pasa página. —Melissa echa las manos hacia atrás con aire divertido.
—Mmm... entonces... no sé...
—Intenta ponerte en el lugar de la gente. Y piensa: si estuvieras en su lugar y vieras a la mujer más importante de tu país hablando abiertamente de esto, ¿cómo te sentirías? —Me observa con seriedad.
—Me sentiría menos sola...
Suspiro al decirlo en voz alta.
—Las mujeres tenemos que callar ante muchas cosas...
—¿Incluso una reina?
—Sobre todo una reina —lamenta, y me pone la mano en el hombro—. Pero los tiempos son otros... y a veces una nueva reina puede cambiar la manera de hacer las cosas...
—Ya, creo que no soy la más tradicional, ¿verdad?
—Desde luego, no eres la más tradicional. —La reina Melissa me hace probarme un collar de diamantes bien pesados—. Entonces, ¿qué me dices? ¿Te gustaría ser una reina como todas las demás o te gustaría ser la reina Ravena?
Miro mi reflejo en el espejo.
Bueno, desde luego ya no soy aquella niña de antes, ni siquiera la mujer que llegó aquí.
Me miro y no me reconozco. Y creo que ha llegado la hora de mirar más de cerca y entender cuál es mi nuevo reflejo.
—¿Cree que la gente podría amar a la reina Ravena?
—Si el rey Haakon la ama y tú te mantienes fiel a quien eres, la amarán.
—¿En serio?
—Querida, las personas que te odien te odiarán por lo que eres. Y las que te amen lo harán por el mismo motivo. Si te gusta que te ame quien te ama, entonces sé cada vez más tú misma —sugiere, y aprueba mi reflejo. Y yo también. Estoy preciosa.
Una sonrisa sincera me brota en los labios.
Y creo que ahora consigo entender un poco la imagen que veo reflejada en el espejo.
La reina Melissa tiene razón.
Ha llegado la hora de ser quien soy.