Embarazada del príncipe: Los gemelos que lo harán rey (Sangre Real 2) Capítulo 32
63%

Capítulo 32

Ravena Lessa

Por fin los médicos me dieron el alta, pero todavía tenía las obligaciones con mi terapeuta y la de que me controlaran la tensión, el pulso y el estado de ánimo todos los días.

Aun así, no me permitieron volver a mi casa, lo que me dejó bastante irritada.

Todo lo que quería era estar en paz, lejos de algunas personas que me miraban mal y parecían no soportarme. Y, para estresarme aún más, siempre requerían a Haakon cuando estaba libre y dispuesto a quedarse conmigo.

Incluso en un palacio con más de ciento cincuenta personas fijas, me sentía sola. Y a veces prefería quedarme así, porque tenía tiempo para descansar la mente y responder las cartas y los correos que me enviaban los ciudadanos.

«Yo también quiero conocer a un príncipe algún día. Mi mamá decía que no podría, porque no soy de la nobleza, pero tú me has dado esperanza, princesa Ravena», me escribió a mano Clair, una niña de nueve años.

«Gracias por luchar por ti, por el príncipe y por nuestro pueblo», me envió por correo electrónico Cristina, una enfermera del hospital oncológico.

De no ser por eso, estaría completamente sola...

Bueno... completamente no...

—¿Ravena? —Oigo la voz de Haakon por la habitación.

Cierro la ducha. El agua caliente ha creado un vaho que cubre todo el baño.

—¡Me estoy duchando!

—Ah, ya. —Su voz se acerca.

Abre la puerta y apoya el cuerpo en el marco.

—¿Qué tal tu día? —pregunto mientras me paso el jabón líquido por el cuerpo.

—Un horror. No sé si Stephan quiere arruinar nuestra economía, pero está claro que quiere beneficiar a sus amigos del parlamento, los que lo pusieron en el cargo.

—¿No puedes hacer nada?

—Lo estoy intentando. Presioné a algunos parlamentarios para recordarles que seré rey en menos de un año y que pueden rodar cabezas por esto.

—¿Y qué?

—Recularon. Estoy haciendo lo que puedo, ¿sabes? —Se quita el traje y la corbata y los deja en el perchero.

—Lo sé, sí.

Unos segundos después entra en la ducha espaciosa, ornamentada con dos estatuas que sostienen jarrones bellamente pintados, de donde sale el agua caliente.

Coge el bote de jabón líquido y me frota la espalda despacio, presiona los dedos contra mi piel y me pincha con su barba.

—No creas que no me he dado cuenta de que la barriga está creciendo.

Las palmas de sus manos vienen abiertas por mi cintura; consiguen cubrirme la barriga. No está muy diferente de antes, solo estoy un poco hinchada, como si tuviera retención de líquidos.

—¿Stephan todavía no ha destituido a Nantes? —pregunto.

—No. —Parece tan decepcionado como yo.

—Voy a hablar con él personalmente.

—Ravena, no quiero que te estreses...

—No lo haré, te lo prometo. Confía en mí —digo con firmeza.

—Confío. —Termina de enjabonarme la barriga, la masajea con cuidado y luego vuelve a mi espalda.

Estoy un tanto paralizada, porque hace bastante tiempo que no me desnudo delante de él. Y, debido a los últimos acontecimientos, siento que he retrocedido unos pasos. Me siento avergonzada y sucia.

No importa lo que él diga, no importa cuánto insista yo: me sentiré sucia para siempre.

El tema es tan tabú que ni siquiera he conseguido sacarlo en mis sesiones con el doctor Sasha. Y, gracias a Dios, él me deja a mis anchas para hablar de lo que quiero y huir cuanto pueda.

—Deja que te ayude yo también. —Me giro, esperanzada de que Haakon me dé la espalda, pero sigue mirándome.

Le paso el líquido espeso por el cuerpo firme, contorneando sus músculos. Contrae el pecho cuando bajo hacia su cintura.

—¡Para, tonto!

—¿Por qué no me miras? —Su rostro intenta entrar en mi campo de visión.

—Estoy concentrada en tu cuerpo, te estoy ayudando a quedarte limpio.

—Conoces bien mi cuerpo, puedes hacerlo mirándome a los ojos.

—Mmm.

—Hay días en que tu mirada se pone así... distante... —murmura, y deja que mi pelo le pase entre los dedos.

—Sí —confieso.

—¿Hay algo que quieras decirme?

—No. Estoy bien.

—¿Seguro? —Me toca la barbilla y me levanta el rostro.

—Sí.

—Porque... la gira es pronto y estaremos por lo menos seis meses fuera, viajando por el mundo. Cada miembro del Consejo Real cree, por sus razones particulares, que no deberías ir...

—Pero voy a ir. Quiero estar cerca de ti. —Frunzo el ceño.

—Llevaremos en el viaje médicos, nutricionistas, fisioterapeutas, todo el que haga falta —asegura.

—Entonces no tenemos de qué preocuparnos.

Lo digo y le froto la espalda; después nos aclaramos y nos peleamos por la única toalla cercana: las demás están en el toallero.

—Voy a llamar a algún empleado del palacio. —Se ríe.

—¡Haakon! —Le doy un manotazo en el brazo—. Son menos de tres metros.

—El baño se va a inundar.

—Como si fueras tú quien lo limpia después.

Empieza a imitarme y a darme suaves pellizcos; luego me hace cosquillas. Levanta mi cuerpo en el aire y lanza la toalla lejos; salimos los dos empapando el baño y la habitación.

Haakon me tumba de espaldas en la cama y se coloca entre mis piernas.

—¡Te estás volviendo de lo más gruñona!

—Son las hormonas. —Giro la cara.

—¿Seguro que es eso?

Me besa el cuello y va bajando despacio por mis pechos, les pasa la punta de la lengua y después abre bien la boca para mojar aún más mi piel, mi barriga, llega a mis ingles.

Lo agarro del pelo y lo traigo de vuelta frente a mi rostro.

Haakon me besa y yo giro la cara; no es algo que pueda controlar.

—¿Algún problema conmigo?

—No es contigo. —Lo miro.

—Te echo de menos. —Me besa el cuello.

—Yo también, pero... no puedo...

—No. No hace falta que llores. —Me coge la mano—. No pasa nada.

—Perdóname, no puedo, Haakon... —A estas alturas mis sentimientos ya son cambiantes; apenas consigo controlarme.

—No tienes que pedir perdón, amor. No pasa nada —repite.

—Ya ni siquiera puedo mirarme desnuda al espejo...

—¡Qué pecado! Sería como dejar de ver el sol salir e iluminar el azul del cielo. —Se pone de rodillas entre mis piernas y me las coloca sobre sus hombros—. Eres tan guapa...

—Siento como si me hubieran arrancado la belleza... —Recuesto la cara y me quedo mirando la pared.

—Pues vamos a pegar de nuevo esa belleza. —Me da un beso en el talón y me masajea la pantorrilla—. Todo llegará cuando estés preparada otra vez. Respeté la primera vez, ¿recuerdas?

—Sí.

—Yo solo voy a seguir intentándolo... e intentándolo... e intentándolo...

—¿Y si nunca más puedo?

—Nunca digas nunca. —Apoya la cara en mi pantorrilla—. Vas a estar bien.

—Quiero creerlo. —La voz me sale melancólica, pero lo que digo es verdad.

—Entonces cree en mí...

Estoy fallando en mi única tarea actual: servir al rey. Pero es difícil. Haakon está lejos de recordarme a Gustavo, pero mi cuerpo se estremece y enseguida pienso en cuando fui violada. Me retraigo. No consigo sentir nada. Solo lástima y asco de mí misma.

—¿Estás bien? —me pregunta.

—Sí.

*

Visité los jardines colgantes del palacio, pues nunca había estado allí antes, y aproveché para citar a Stephan a una reunión en ese lugar.

Se llamaba así porque era un edificio de cinco plantas, como una torre en la parte más occidental del palacio, donde el final de la construcción anunciaba las aguas revueltas y heladas, además de las rocas allá abajo.

—¿Princesa? —me llamó una preadolescente; noté que tenía síndrome de Down.

El pelo recogido en dos coletas y las mejillas muy sonrosadas.

—Hola —la saludo.

—Me llamo Rowan. ¿Tú eres la princesa? —dice despacio.

—Sí, lo soy. Me llamo Ravena.

—¡Lo sabe todo el mundo! ¡Eres la princesa! —dice como si fuera obvio—. ¿Cómo lo conseguiste?

—¿Que todo el mundo lo supiera? —Arqueo la ceja, sin entender qué ha querido decir.

—¡Convertirte en princesa!

—Ah... ni yo misma lo sé... solo estaba huyendo... y el príncipe me encontró.

—¿Estabas en apuros? —Entorna los ojos y se queda pensativa unos segundos.

—Sí. Digamos que sí, Rowan, estaba en apuros. —Le acaricio la cabeza.

—Los príncipes aparecen para salvar a las princesas cuando están en peligro —reflexiona la niña.

—Tiene su lógica —concedo, y camino junto a ella—. Pero las chicas también pueden salvarse solas de sus peligros.

—¿Sin un príncipe?

—Bueno... yo lo estaba intentando, ¿no? Hasta que él apareció.

—Un día aparecerá mi príncipe. —Rowan me coge de la mano.

El gesto me sobresalta. Y seguimos caminando; yo observo con atención las plantas variadas y coloridas. El lugar está todo envuelto en un cristal especial, como un invernadero gigante. Aquí viven plantas y especies que no sobrevivirían al frío.

—¿Dónde están tus padres, Rowan?

—En Nueva York.

—¿Y qué haces tan lejos de casa?

—Estoy pasando las vacaciones con mi tío y mi prima.

—Ah...

Dicho esto, veo a una niñita negra de pelo voluminoso corriendo y a Gaius detrás de ella. Él consigue tomar un atajo y le sale por el otro lado; la niña retrocede y echa a correr de nuevo, y el príncipe va detrás.

—¿Me dejarías llevarme un unicornio a casa?

—Ah... ¡¿un unicornio?! Pero si no existen... —divago mientras mi mirada sigue a los niños corriendo entre los arbustos.

—¿No? —Rowan lo piensa un poco—. ¿Y tú has visto alguno?

—No, pero...

—Entonces, ¿cómo estás tan segura de que no existen?

—Bueno, es que...

—Tú no sabías que eras una princesa antes de llegar aquí; si alguien te lo hubiera contado, ¿lo habrías creído? —La niña es incisiva, se mantiene en sus trece sobre la existencia de los unicornios.

¡Dios mío, qué niña más aguda!

—Tienes razón, Rowan. Tienes razón.

—¿Puedo llevármelo, entonces? ¿Un unicornio?

—Por desgracia, Rowan, no puedo permitirlo —pongo un mohín de tristeza—: no les gusta estar lejos de casa... lloran porque echan de menos a su mamá. Pero siempre que quieras cazar unicornios, puedes volver al palacio y visitarme.

—Mmm, vale entonces.

Y sale corriendo, agitada.

¡Uf! Respiro aliviada.

—¡Alice! ¡Alice! ¡Vamos a poder volver a ver los unicornios!

Busca a la niña por detrás de los arbustos floridos, las flores colgantes, los parterres llenos de herramientas. Yo, que solo estaba paseando, consigo ver en una fracción de segundo a los dos pequeños, Gaius y la tal Alice, dándose un beso.