Capítulo 30
Príncipe Haakon III
Ravena se despertó varias veces, ya fuera en el trayecto de vuelta a la capital o cuando la instalamos en el ala hospitalaria del palacio, en la habitación mejor equipada. Un equipo de veinte médicos y enfermeros se hizo cargo de todo; el primer día apenas pude verla.
Como al segundo día su estado parecía estable, pude verla.
Me angustié al ver a mi mujer rodeada de tantas máquinas, un respirador, un soporte para el suero, además de todo lo que controlaba sus constantes vitales.
Conseguí que colocaran un sillón junto a la cama y un apoyo para el brazo; así podía trabajar y seguir a su lado.
—¿Dónde estoy? —Ravena despierta, pero no parece del todo consciente; es más un reflejo o un delirio.
—Estás en el palacio. Estás bien, yo estoy aquí. —Poso la mano sobre la suya.
Solo así conseguía volver a dormirse. Hasta despertar de otra pesadilla y preguntar las mismas cosas.
—Estaba muy debilitada y deshidratada, pero en tres días ha tenido avances significativos —asegura el médico.
—¿Y el bebé?
—Son dos —puntualiza el médico—. No tengo ni idea de cómo han sobrevivido; ella tiene excoriaciones por todo el cuerpo y se ve que sufrió traumatismos fuertes, pero, por algún milagro, los bebés están bien.
Me tiemblan las manos y los ojos se me llenan de lágrimas. Todo lo que consigo es sacudir la cabeza y decir:
—Estupendo.
A veces Ravena se despertaba y permanecía en silencio, sin ganas de hablar. Parecía todavía en shock, un tanto atormentada; no emitía ningún sonido aparte de la respiración. Me veía despachar documentos y volver a dedicarle toda mi atención.
Le leí en voz alta Harry Potter y la Orden del Fénix, su libro favorito, y también vimos algunas series tontas y rápidas.
Me sorprendió que sus primeras palabras después de todo esto fueran:
—La culpable soy yo, ¿verdad?
—¿Qué estás diciendo, Ravena?
—Debería haber salido contigo aquel día... no debería haber ido después...
—Tú no tienes la culpa de nada de lo que pasó —digo muy serio—. Si alguien tiene la culpa aquí, soy yo. No debería haberte dejado sola.
—Estaba con varios escoltas —reflexionó—. Algunos murieron... ¿Akádia está bien?
—Sí que lo está. No sale de ese pasillo, si quieres saberlo. —Señalo la puerta con la cabeza.
—Recibió un disparo por mí.
—Será condecorada por ello —afirmo—. ¿Cómo te sientes?
—¿Fue solo un delirio... o el médico dijo que el bebé estaba bien?
No quería tocar ningún tema relacionado con el secuestro ni nada que lo rodeara, y menos aún mencionar cosas del embarazo, porque podría desencadenar reacciones muy severas en ella. Y yo no quería eso. Solo deseaba su recuperación total.
—Son gemelos. —Le sujeto las dos manos, con cuidado de no arrancarle el suero del brazo, y le beso el dorso de la mano—. Tienen una madre muy fuerte. Que luchó con bravura por ellos. Los bebés están bien.
—¿Ninguna secuela? ¿No tuve un aborto?
Se queda con el rostro vuelto hacia el techo; una lágrima le resbala por el costado de la cara hasta reposar en la almohada.
—Perdiste mucho líquido y eso fue todo. Está claro que todo lo ocurrido os generó estrés a ti y a los bebés. Por eso los médicos consideraron mejor dejarte dormir unos días, que te rehidrataras, recuperaras las fuerzas y volvieras poquito a poco a la vida normal.
—Yo no querría estar aquí...
—¿Conmigo?
—En este palacio. —Mira a su alrededor—. No estamos en casa, ¿verdad?
De hecho, la arquitectura es muy diferente. El palacio es opulento en todas partes, incluso en el ala hospitalaria. Nuestra casa también tiene un aire noble, pero no tanto como aquí.
—Pensé que aquí estarías bien cuidada y que alejarte de aquel lugar, donde ocurrió el secuestro, te haría bien.
—Pero a la gente de aquí no le gusto... —Empieza a moverse de forma brusca y tengo que sujetarla.
—No importa. Eres la reina y tienes tanto derecho a estar aquí como cualquiera al que no le gustes —digo con firmeza.
—¿Todavía me amas, Haakon?
—¿Qué clase de pregunta es esa, Ravena? —Le aprieto los dedos. Acerco el rostro al dorso de su mano y lo beso; después dejo la mejilla apoyada sobre sus dedos—. Claro que te amo.
—¿No te doy asco?
—No. Claro que no. —Me quedo mirándola con los ojos muy abiertos.
—Nunca me he sentido tan humillada y violada en toda mi vida... —Su voz se va debilitando.
Mi preocupación se vuelca por completo en su mejoría. Le limpio el rostro con un pañuelo y le sujeto la mano con firmeza; cojo el libro de Harry Potter que estaba en la mesilla de al lado y empiezo a leer, desde el principio.
Ravena vuelve al silencio de antes. A veces se ríe con algún pasaje que leo; a veces llora sin emitir sonido alguno.
Cuando duerme, le doy gracias a Dios por concederle ese momento de paz. Parece más serena y revitalizada cuando cierra los ojos y ronca.
Dios mío, cuánto echaba de menos oírla roncar. Da una alegría, una paz...
—Porquinha... —Le beso la frente y recuesto la cabeza en la cama, a su lado.
*
Al día siguiente, los médicos le hacen una nueva batería de pruebas para comprobar que todo está bien. Salgo de la habitación para reunirme con Ethan Evans.
—¿Alguna señal de él?
—Ninguna. Lo más probable es que esté escondido en un agujero esperando el momento de salir —lamenta el hombre; creo que quiere matarlo más que yo.
—Quiero matarlo. Con mis propias manos —gruño.
—No me mire a mí, no estoy aquí para juzgarlo. —Ethan se ajusta las gafas.
—Usted había dicho, si no me equivoco, que esto era cosa de una mujer.
—Ah, sí, sin duda.
—¿Alguna corazonada?
—Tengo varias. Pero algunas investigaciones llevan tiempo... y estoy haciendo todo lo que puedo. ¿Cómo está su señora?
—Se está recuperando... es más fuerte de lo que imagina. —Asiento con la cabeza.
—Todas lo son. Dicen que es el sexo débil... pero no hay nada más resistente que una mujer.
—Estoy de acuerdo.
—¿Y los bebés?
—Solo está de un mes. Fue un milagro que todo saliera bien... pero los médicos están preocupados; dicen que tienen que hacer seguimiento del caso por si se produce un aborto espontáneo más adelante... o alguna secuela...
—Lo peor ya ha pasado. —Es la conclusión a la que llega—. Mi investigación ha determinado que el miembro del consejo, Nantes, el jefe de Reyan, no tuvo nada que ver con el caso. Desde luego fue negligente y lento, pero no estuvo involucrado.
—Eso no quita que sea un hijo de puta.
—Ah, eso sin duda lo es. —Ethan asiente—. Yo lo despediría.
—Todavía no puedo. Ni siquiera sé si soy rey; en cualquier caso, solo podré usar mis poderes cuando nazca mi heredero.
—El mundo entero está hablando del rescate de la princesa... y de que su príncipe se puso en peligro por ella... —Me enseña en la tablet algunos titulares.
—A veces me pregunto si solo soy eso...
—¿El qué?
—Motivo de portada de revista, de cotilleo o de titular —reflexiono mientras veo las distintas fotos.
Me sacaron fotos saliendo del avión, acompañando a Ravena, que iba en la camilla empujada por los paramédicos, y tratando de apartar a los paparazzi que buscaban el mejor ángulo para la foto cuando llegamos al palacio.
—No dejo de preguntarme... ¡¿cómo lo planeó todo?!
—¿El secuestro?
—Es más que el secuestro. Estuvo aquí, la encontró en la graduación de una promoción de la marina... prácticamente arruinó mi coronación hasta el punto de que ni sé si fui nombrado rey o no... y encima violó a mi mujer.
—No fue él quien lo planeó. —Es la conclusión de Ethan.
—¿No?
—Ese Gustavo es un hombre muy explosivo y reactivo... quien pensó esto tiene sangre fría, lo planeó durante años, lo tenía todo cronometrado...
—¿Qué quiere decir?
—Hay un patrón en todo esto. Gustavo aparece en una foto cuando usted está lejos... secuestra a la princesa minutos después de que salga de casa y le roba la atención a su gran momento... y, aun estando ella embarazada, la violó.
—¿Por qué? —Es lo que quiero saber.
—Quienquiera que sea, QUIERE que los demás lo sepan.
—¿Cómo dice? —Miro alrededor.
—¿Cree que los médicos no se dieron cuenta de que fue violada?
—Claro que se dieron cuenta —respondo de inmediato.
—Porque quien planeó esto quería que se dieran cuenta. Porque, para ser nombrado rey, usted necesita un heredero legítimo.
—Sí, pero una prueba de ADN puede demostrar que soy el padre.
—¿Demostrar? —Ethan esboza una sonrisa—. Estamos en la era de la posverdad, mi querido presidente. Donde la gente inventa mentiras, oculta historias, crea relatos paralelos. Los lunáticos no necesitan pruebas; solo necesitan que alimenten sus conspiraciones, nada más.
—¿Qué quiere decir?
—Usted se enfrentó al Consejo Real. Y aun así no pidieron su cabeza.
—Sería una locura...
—Porque el pueblo está de su lado. El pueblo lo ama. Y el pueblo, incluso en una monarquía, tiene poder —asiente Ethan.
—¿Eso cree?
—Bueno, pregúnteselo a Luis XVI y a María Antonieta...
Entorno los ojos y miro fijamente al hombre.
—Entiendo adónde quiere llegar.
—El arma más letal que existe, sobre todo en la era de la información, es el conocimiento. Quienes saben, tienen poder.
—Y algunos inventan conocimiento...
—O fake news. —Ethan esboza una media sonrisa y arquea la ceja.
—¿Usted es una especie de profeta o qué?
—Yo solo pienso como ellos; es mi trabajo. Cuando quieren, amañan elecciones, tergiversan relatos, inventan historias macabras, porque a la gente le gusta oír historias macabras; quieren creer en algo así. La vida se vuelve más interesante.
—Ajá.
—Cuando actuó contra el tráfico de personas aquí en el Septentrión, usted tocó a gente muy poderosa.
—Ustedes en América también...
—Sí. Y nos atacan, siempre. Pero permanecemos unidos y saben que no dejamos pasar ningún atentado contra nuestra familia.
—¿Qué sugiere?
—Sugiero que compre una guillotina —piensa Ethan en voz alta—. Intenté traerle una de regalo, pero al piloto del avión no le pareció de buen gusto cargar con semejante armatoste.
—La guillotina es una figura retórica, ¿no? —Me rasco la cabeza, confundido.
—¿Usted cree? —Se ajusta las gafas—. Prepárese y prepare a su mujer: las historias van a empezar a estallar pronto.
—Si ya lo sabemos, ¿por qué no lo impedimos ahora, de una vez?
—No... ¡tienen que ocurrir! ¿Alguna vez ha intentado matar ratas y cucarachas?
—No, aquí no tenemos ese tipo de problemas.
—Si intenta matar una rata, digamos, con un queso sobre una ratonera, ¿qué hace la rata?
—Intenta coger el queso y muere de un golpe.
—Exacto. Las demás ratas lo verán. Y aprenden rápido: saben que, por muy apetitoso que sea ese queso, no pueden acercarse, porque tendrán el mismo final.
—Mmm.
—Ahora, digamos que usted esparce quesos por el suelo...
—¿Sin ratoneras?
—Sin ratoneras —propone Ethan.
—¿Alimentar a las ratas? —Intento entender adónde quiere llegar; entorno los ojos.
—Ahora digamos que el queso está envenenado. Y que el veneno solo hace efecto veinticuatro horas después.
—¿Por qué solo veinticuatro horas después? —Me intriga.
—Porque si se comen el queso y mueren enseguida, asociarán el queso a la muerte.
Entienda, señor presidente: el crimen tiene que ocurrir; si no, ¿de qué vamos a castigarlos?
—Se quita las gafas—. Yo necesito recibir un puñetazo en la cara para poder decir que accidentalmente le arranqué el ojo, la mano y uno o dos litros de sangre a un hombre por pura legítima defensa, si un tribunal me lo pregunta.
—Entiendo adónde quiere llegar. —Ahora asiento.
—Luis XVI y María Antonieta no murieron porque los revolucionarios fueran sociópatas. Murieron porque ambos eran crueles, lunáticos y estaban contra el pueblo. Por eso el pueblo acabó con ellos.
—¿Cree que necesito al pueblo?
—Creo que necesita a quienes lo aman de verdad. Porque, quienquiera que esté conspirando, consiguió persuadir a miembros del Departamento de Inteligencia del país donde usted es presidente.
—Rey.
—Príncipe —Ethan corrige mi corrección.
—Touché.
—Y así es como llegaremos hasta quien empezó todo esto. Dejaremos que ocurra. Localizaremos. Entregaremos el queso envenenado. Y esperaremos. La gente cree que está segura por lo que hace en internet, pero deja rastros. Y yo soy un buen sabueso.
—Sí. Confío en usted.
—Gracias.