Capítulo 29
Ravena Lessa
[!] ATENCIÓN/SPOILER: Escenas de violencia física y violación, contenido sensible que puede generar reacciones adversas. Por favor, si no te sientes cómodo, salta hasta el siguiente aviso de [!]
La deshidratación empezó a hacer estragos en mí.
Los ojos me ardían al menor contacto con la claridad y los dolores alrededor de la cabeza aumentaron; el cuerpo también se volvió lento y temblaba con frecuencia, pero no de frío.
Desde luego, no estábamos en la capital; el clima parecía más templado, aunque tampoco recordaba aquel calor de Drü.
Durante la noche tuve una pesadilla y me desperté; vi la sombra de dos personas.
No le vi el rostro a nadie de los que ayudaron a Gustavo, pero ya no me cabía duda: no estaba solo en esto.
A la mañana siguiente me dejó sola en la jaula y solo regresó al caer la noche.
—Has tenido tiempo de sobra para pensar —dice furioso, más alterado que nunca.
¿Qué podría haber pasado?
—¿Pensar en qué, Gustavo? —Oigo mi voz como un susurro y me mantengo lejos de los barrotes.
—En huir conmigo.
—¿Todavía no has entendido que no voy a ir a ninguna parte contigo?
—Ravena, no me estás dando opciones...
¿Qué opciones podría darle? No tengo ni idea.
—Intenta hacer lo correcto, Gustavo. Por lo menos una vez en la vida... piensa en tu hija.
—Ya lo estoy haciendo —dice, más decidido que nunca.
Saca el manojo de llaves del bolsillo, con las manos temblorosas y la mirada fija en mí.
Abre la puerta de la celda de par en par y se abalanza sobre mí; me sujeta la cabeza por los lados y me presiona contra la pared áspera y llena de deformidades. Intento empujarlo, pero no tengo fuerzas.
—¡Dilo! ¡Di que eres mía!
Siento un dolor que parte de mis raíces y se concreta después con el impacto contra la pared.
—¡Él nunca te amará como yo! —vocifera como un animal, babeando.
No sé si por desesperación o por un último reflejo de lucha, le doy un rodillazo certero entre las piernas.
Ni siquiera tengo tiempo de ver qué ha pasado: en cuanto siento que sus manos aflojan, lo empujo rápido lejos de mí. Cierro la celda y echo a andar por el lugar intentando encontrar la salida.
Esta nave tiene proporciones industriales. Estoy completamente perdida y no sé cuánto tiempo más podré correr.
—¡Ravena! —Oigo su grito llegar desde lejos.
Paso junto a paredes macizas de contenedores, máquinas agrícolas oxidadas. En la planta de abajo, en lo que debería ser un vestíbulo, hay un montón de sillas dispuestas sin ningún criterio; parece que alguien, un grupo, no lo sé, se reunió por aquí.
—¡Vuelve! —ruge.
Antes de que alcance las escaleras —o incluso me despeñe por ellas—, Gustavo me agarra del pelo y me da dos puñetazos en la cara. Me cubro el rostro por reflejo y él me tira al suelo, y me arrastra tirándome del pelo y del vestido, todo sucio.
—¡Voy a enseñarte que no puedes tratar así a tu hombre, puta!
—¡Gustavo, suéltame! —Me debato en el suelo.
—¡Cállate, zorra! ¿No va a ser por las buenas? Vale. Entonces será a la vieja usanza.
Lucho, clavo las uñas en el suelo, intento levantarme de todas las formas posibles, pero la debilidad biológica y la fuerza de su odio consiguen vencer y arrastrarme.
—¡Intenté ser amable... intenté tratarte bien!
Su delirio es tan macabro que en algún momento de estos dos días llegó a pensar que fue amable. ¡Qué lunático!
En una sala iluminada por la luz del pasillo, vacía si no se cuenta un fregadero y una encimera de madera desgastada, me arroja contra el suelo y empieza a quitarse la ropa.
Intento encontrar algo con lo que protegerme, pero no hay una piedra, un palo, absolutamente nada que pueda usar.
—¡Vamos a ver si así te acuerdas de los momentos más felices de tu vida!
—¡No te acerques a mí! —grito—. ¡Socorro!
Se arrodilla e intenta subirme el vestido y yo le pateo la cara. No es con tanta fuerza como esperaba; fue torpe y por reflejo. Si hubiera sabido que iba a acertarle, habría reunido todas mis fuerzas y le habría roto la nariz.
—Sí. Así es como me gusta —reflexiona, masajeándose la barbilla y la boca, donde brota un hilillo de sangre.
En respuesta, Gustavo se abalanza y empieza a darme puñetazos en los pechos, me rasga el vestido y se levanta. Me da varias patadas en las nalgas, me patea la cintura y la espalda.
A cada golpe que me da, miro en su dirección e intento proteger mi barriga todo lo que puedo, retorciéndome en el suelo, arrastrándome, ignorando el dolor que me causa.
—Ven, puta, abre las piernas que voy a enseñarte una cosa. —Me sujeta los pies.
Mis manos intentan tirar del cuerpo hacia atrás mientras palpan el suelo; algunas uñas se agrietan en el proceso.
—¡Gustavo, no! —lloro.
Pero es demasiado tarde. Entra de golpe dentro de mí con su cuerpo sucio y podrido; mi cabeza hasta deja de razonar e intenta desesperadamente aferrarse a un buen recuerdo, huir de lo que estoy sintiendo, porque no se parece en nada a lo que he vivido en los últimos meses.
—Te está gustando, ¿verdad, puta? ¡Di que ahora te acuerdas de quién es tu dueño!
Me siento humillada como nunca antes en toda mi vida.
Si algún día pensé que había vivido días difíciles, este debía de ser la prueba de que lo peor estaba por llegar en algún momento.
Todavía intenté luchar, pero la debilidad, la sequedad de mi garganta y mi extrema preocupación por mi bebé hicieron que mi cuerpo cediera. El rostro, el tronco, todo fue a dar al suelo; las palmas abiertas de mis manos cubrían mi barriga para amortiguar cualquier impacto.
Una lágrima ácida resbala por mi rostro, quemando como fuego, mientras mi cuerpo friccionaba violentamente contra el suelo, casi inerte.
—¡Mira cómo has aprendido! —celebraba Gustavo.
Quería, de algún modo, poder imaginar que podría ser Haakon. Pero ni aunque estuviera loca y perdiendo la cordura ese acto grotesco podría llegarle a la suela del zapato a lo que él me hacía sentir.
Aquello era amor. Aquello era pasión. Era intenso y verdadero.
Esto era solo un hombre enfermo desahogando sus últimos suspiros de masculinidad mientras perdía su propia alma.
Entonces mi mente me llevó a otro lugar.
A un avión.
Al momento en que él llegó y me pidió con un gesto que me quedara. Después se sentó y parecía tan entusiasmado mirándolo todo a su alrededor, como si nunca hubiera estado en una aeronave.
Y cuando lloré... Haakon sacó un pañuelo del bolsillo.
Y aquel gesto tan simple me impactó.
Sentí la suavidad de la tela mezclada con su olor limpiar mis lágrimas, como si pudiera abrazar mi pasado y protegerme de todos los dolores. Me escuchó sin juzgarme, como si yo fuera un ser humano — algo que en este momento siento que estoy muy por debajo de ser.
—Haakon —murmuro.
—¿Has olvidado mi nombre? —explota Gustavo—. ¡Voy a hacer que lo recuerdes!
Me mete la mano dentro de la boca y me tira de la cabeza con tanta fuerza que tengo la sensación de que el cuerpo va a partirse en dos. Después me empuja con violencia y me golpea la cabeza contra la pared.
Me apago. Y mi último pensamiento antes de que la oscuridad y la inconsciencia me arrastren es: gracias a Dios.
[!] Aquí terminan las escenas de violencia gráfica y violación.