Embarazada del príncipe: Los gemelos que lo harán rey (Sangre Real 2) Capítulo 28 #2
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Capítulo 28 #2

—Sí, claro... —Leon está aferrado al pañuelo.

—¿Cuál es su lugar favorito?

—Drü. Es cálido, tiene playa, es muy agradable... y allí puedo ser yo mismo, ¿sabe?

—¿Nunca se ha vestido de chica aquí, en Koioskovo? —Arquea la ceja y se ajusta las gafas.

—No...

—¿Y en Drü?

—A veces...

Ethan esboza una sonrisa fina y sencilla.

—¿Qué le parece Pelmuria?

—Es un lugar precioso, con rascacielos de dejarte con la boca abierta. Islas y oasis artificiales; en fin, parece Dubái...

—¿Y Qäpak?

—Es un país muy chulo. Se parece mucho a la cultura de Brasil. Estuve en una ciudad de allí llamada Ökor; es Minas en estado puro.

—¿Cómo dice?

—Ah... construcciones más antiguas... un espacio rural que los demás países del Septentrión no tienen... pastos... animales... parece el interior, es acogedor. —Leon parece más suelto ahora, menos presionado.

—Solo una pregunta más.

—Sí, señor...

—Leon, ¿me promete que va a ser feliz?

Es inesperado hasta para mí. Me quedo desconcertado después de todo lo que he visto y oído.

—Lo prometo.

—Puede conquistarlo todo. Puede tenerlo todo. Puede ser todo lo que siempre ha soñado. Si no es feliz, no merece la pena.

—¿La felicidad para usted es un estado permanente? —Leon ha empezado a tomarse en serio la sesión terapéutica, por lo visto.

—La felicidad es una búsqueda. Es un no conformarse. Es saber que se puede ser más grande, mejor, más intenso, más audaz o más sencillo. La felicidad es estar en movimiento.

—De acuerdo.

Antes de que Leon salga, Yohanna comenta:

—Parece la versión caniche miniatura de Allen Mitchell. —Es la primera vez que la chica se pronuncia—. Tiene su carita, pero es tan pequeñito y adorable...

—¿Allen Mitchell? —Leon gira el rostro; estaba a punto de salir—. Tengo un primo segundo con ese nombre. Pero nunca lo he conocido...

—¿En serio? ¿Hijo de quién?

—De mi prima; se llama Beatriz. Ella también era de Minas, pero se fue a Estados Unidos.

—Allen Mitchell es mi primo postizo —lo sorprende Yohanna.

—Y mi ahijado. —Ethan se levanta—. Vaya, ¿así que estamos en familia?

—¿Será la misma Beatriz de la que estamos hablando? Se casó con un tipo llamado... a ver... ¿cómo era el nombre?

—Héctor —dicen todos a la vez.

—Estamos en familia, sí. Ven aquí y dame un abrazo. —Ethan extiende las manos para que Leon las sujete y después abraza al hombre, que es más alto que él.

—Por favor, salve a mi prima —le pide, y vuelve a llorar; parece que se deshace en los brazos del hombre.

—Haré todo lo que pueda. Y ¿Leon?

—Sí.

—¿Conoce Nueva York?

—No...

—Cuando quiera ir, póngase en contacto conmigo. Mando el avión de la familia a recogerlo. Usted... su prima... y quien más quiera ir.

—Gracias, señor.

Leon sale menos tenso de lo que entró. La princesa de Japón es la siguiente.

—Jemima. Qué nombre tan bonito. Sacado de la Biblia —comenta Ethan.

—Sí. Significa «calor» o «paloma»; es hebreo.

—¡Me encanta el hebreo! —se anima Ethan.

—Sé algunas palabras, si quiere...

Tras un saludo caluroso y las presentaciones formales, Ethan comienza su trabajo.

—¿Desde cuándo conoce al señor... cuál era su apellido?

Es más que obvio que Ethan posee toda la información que necesita. Pero creo que he entendido su trabajo: percibe el tono de voz de las personas, observa los comportamientos que hacen ruido, la inquietud, el silencio que puede prolongarse.

—Linkalter-Iranovichk, pero aquí no usan el apellido —explica ella.

—Qué fascinante...

—Lo conozco desde los cinco años.

—¿Cinco? ¿Y cuántos años tiene ahora?

—Un poco más de dieciocho. —Cierra los ojos al sonreír.

—Qué indelicadeza la mía, ¿verdad? Preguntarle la edad a una mujer... —Ethan se da unas palmadas en la frente—. ¿Y estaban prometidos en matrimonio?

—Sí.

—¿Y por qué no se casaron?

Jemima se retrae por primera vez. La respuesta no llega fácil y simple como todas las demás.

—Porque llegó ella —pronuncia el pronombre arrastrándolo.

—Ah, ¿cree que si ella no hubiera llegado, usted lo habría conseguido? —imita el tono empleado.

—Por supuesto.

—¿Todos ustedes se conocen? Princesas y príncipes, digo.

—Sí.

—¿Es como una masonería? Se casan entre sí, unen familias, bienes, historias...

—Como la Colmena —dobla la apuesta para ver su reacción.

Ethan solo arquea la ceja y no comenta nada al respecto.

—Usted lo sabe: es bueno mantener a la gente entre sus iguales.

—Ajá. —Ethan se quita las gafas.

Sus ojos azules, de algún modo, se fijan en Jemima.

—¿Usted la mataría?

—¿Si fuera necesario? Sí.

—¿Y cuál sería su «si fuera necesario»?

—Que se cruzara en mi camino. Que me robara lo que es mío.

—Ella lo destruyó todo, ¿verdad? Todo su plan de convertirse en reina... —dice en tono insinuante.

—Y por eso espero que ese tipo haga con ella lo que haga falta.

—¿Cree que él la mataría?

—No... esa clase de gente que vive en un régimen de abuso es así... se pelean como el perro y el gato y después se acuestan en la misma cama, hacen el amor, olvidan los moratones... solo para tener la primera oportunidad de repetir la dosis.

—Usted es mejor que ella —supone Ethan.

—Es obvio. No entiendo qué vio Erick en ella.

—¿Quién es Erick?

—El príncipe.

—¿Se llama Erick?

—Haakon Iovius Erick Harry Tercero.

—¿Hubo dos antes que él?

El teatro de Ethan es gracioso de ver desde aquí fuera. Realmente uno se cree que no sabe nada de todo esto y que está más perdido que un ciego en un tiroteo.

—El abuelo materno y uno de haaace mucho tiempo.

—Usted realmente lo sabe todo sobre él. —Ethan casi aplaude.

—La diferencia crucial entre esa chica y yo, señor Evans, es que yo nací para ser su mujer.

Desde niña —se jacta Jemima, mostrándome su verdadera cara, aunque yo no esté ahí dentro—.

Todo lo que he hecho en la vida ha sido para este único fin.

La universidad en la que estudié, la fortuna que construí yo misma, los idiomas que aprendí, las alianzas que forjé... todo para ser su reina.

—Y aun así él eligió a Ravena. —Ethan se golpetea la barbilla con el dedo índice—. ¿Por qué lo hizo?

—No lo sé. Usted es hombre. ¿Por qué no me lo dice?

—¿Decirle qué?

—¿No mataría usted por su mujer?

Ethan suelta una carcajada sonora y después vuelve a ponerse serio.

Jemima espera ansiosa la respuesta.

—Yo me convertiría en Hitler por mi mujer —dice el hombre sin rodeos—. Tomaría Noruega, destruiría Dinamarca, invadiría París. Derrotaría a los comunistas, sería la pesadilla de Churchill, convencería a millones de soldados de morir por una causa.

—¿Lo ve? No somos tan diferentes. —Jemima cruza las piernas.