Capítulo 28
Príncipe Haakon III
Ethan era un hombre de modales un tanto peculiares y aire extravagante. Por fuera, solo un multimillonario, CEO de una gran empresa, vestido de traje y corbata y con un sentido del humor capaz de ponerle los pelos de punta a cualquier persona políticamente correcta.
Por dentro pensaba como un hombre de la mafia.
Ethan Evans y yo somos hombres de la Colmena, una sociedad secreta compuesta por los hombres más ricos y prominentes de cada rincón del mundo. Me sentí honrado de que atendiera tan rápido mi petición, porque era un hombre ocupado y con pocas ganas de involucrarse en los problemas ajenos.
—Mire si este le parece bien. —Le muestro la tercera habitación más grande de mi mansión.
—Estará genial; podría dormir perfectamente en un armario de escobas, es solo que no me gustan los castillos. —Respira hondo y mueve el rostro en un barrido panorámico—. ¿Tendría usted una sala de interrogatorios?
—¿Cómo dice?
—Una sala con pared falsa. Donde yo pueda interrogar a la gente y usted pueda ver sin que lo sepan.
—Ah, el palacio tiene varias salas así. —Asiento con la cabeza. Solo después me doy cuenta de que el hombre no va a notar el gesto.
—Prepare una. Empecemos a trabajar.
—¿No desea descansar? Ha sido un viaje largo...
—Ah, estoy lleno de energía. —El hombre saca el móvil del bolsillo—. Solo necesito diez minutos para llamar a Valentina y estaré listo.
—De acuerdo. —Voy saliendo de la habitación.
—Hola, nena —dice al teléfono.
Hasta las niñas están eufóricas y se niegan a dormir; quieren conocerlo todo. Por desgracia, el periodo de noche polar ya había pasado —era uno de los rasgos excéntricos de esta ciudad—, pero la aurora boreal continuaba.
Les serví una merienda a todos y después partimos hacia el palacio.
Le expliqué a cada uno que entró en la sala que Ethan era un amigo muy cercano y que quería resolver la desaparición de Ravena.
—Laios, ¿verdad? —El hombre rubio cruzó las piernas y posó las manos en el regazo.
El loro del rey lo miró, atento y aprensivo, y asintió en silencio.
—¿Cuánto tiempo lleva sirviendo a la familia real?
—Veinte años, señor. —Examina la postura de su interrogador.
—Entonces ha visto crecer a su presidente en esta preciosa casa...
Es gracioso ver a Ethan en acción. Mueve el rostro siempre con sutileza, como si estuviera echando un vistazo al lugar y a las personas.
Pero, a medida que lo observo, veo que en realidad está usando los otros sentidos: orienta las orejas hacia la voz de la persona, echa el rostro hacia atrás para respirar mejor, los dedos tamborilean sobre la rodilla.
—Él es un príncipe.
—Como un presidente, pero para siempre.
—Mmm... no exactamente.
—Explíquese. —Apunta a Laios con el bolígrafo.
—A un presidente lo elige el pueblo.
—Me encanta la democracia —piensa Ethan en voz alta.
—Sí. Aquí la gente también vota al parlamento; en algunos casos pueden elegir entre quienes tienen sangre noble para representarlos, y en la otra cámara pueden elegir a gente del pueblo... En fin, un príncipe difiere de un presidente porque, desde que nace, se le prepara para reinar.
—¿Como un dictador? —Ethan tuerce la boca, mostrando que eso no le agrada.
—La idea es que sea el mejor de los hombres, pero sí, ha habido reyes dictadores.
—¿Y su presidente es apto?
—Es el mejor de los hombres, señor. El más grande de los hombres. El primero.
—Laios, un pajarito me ha contado que usted era contrario a la idea de que la señora primera dama se casara con su jefe.
—Eh... sí... era una forastera... no conocíamos sus intenciones... y venía con una historia dura, que podía atraer atenciones innecesarias sobre la monarquía.
—¿Por qué? —pregunta Ethan.
La Reina Madre, en su interrogatorio, tuerce la boca. Cuando Ethan toca el mismo tema, ella mira alrededor.
Su respuesta es la misma que la de Laios:
—Porque la monarquía no puede tener escándalos. —Mantiene su aire de soberana.
—Pero ustedes son personas. Humanos corrientes, ¿verdad? También se equivocan... —hace una pausa mientras pondera—. Son humanos, ¿verdad? Hay gente que habla de ese asunto de los reptilianos —se encoge de hombros con un escalofrío—. No me gustan los reptiles.
—Somos humanos. —La Reina Madre parece impactada, pero mantiene la compostura—. No importan los errores; nada tiene por qué salir a la luz.
—Lo más fascinante de tener un presidente al que tú has elegido es ver cómo una idea que amaste, por la que luchaste y casi moriste defendiendo, vence. Y cuando ese hombre se equivoca, es frustrante... pero ves que es humano, como tú.
—Mmm.
—¿Sabe? Me gusta saber que mi presidente se parece a mí: le gusta la tecnología... al menos unos minutos al día saca tiempo para abrir un jueguecito... se fuma un puro, se bebe un whisky... cosas que generen identificación, ¿sabe?
—Comprendo.
—Somos humanos. Bueno, la mayoría de nosotros, creo. —Descruza las piernas—. Buscamos identificación en las personas que admiramos y en las que confiamos.
—Sí, parece un pensamiento correcto.
—Pero la aversión también es un tipo de identificación —puntualiza Ethan, como un terapeuta en la sesión más importante de su paciente—. Así que dígame, ¿qué vio en Ravena que le causó una identificación inmediata, señora Madre-del-antiguo-presidente, hasta el punto de odiarla?
La anciana entreabrió los labios y después se encogió en la silla, con los ojos muy abiertos. Muda. Sin nada que decir.
—A Ravena le gustan los conejitos. —Gaius balancea los pies suspendidos en la silla.
—¿Y a ti te gustan los conejitos?
—¡Me encantan los animales! ¡Ya he visto un oso polar!
—¿En persona? —El hombre hasta se toca las gafas.
—Sí. Son grandes, fuertes y peludos... pero hay que tener cuidado de no quedarse demasiado tiempo en su territorio...
—¿Eso es algún tipo de propaganda comunista o rusa? —El hombre apunta al niño con el bolígrafo.
Gaius suelta una carcajada deliciosa.
—Yo no soy comunista —reflexiona el niño, tras meditarlo un poco.
—Eso es exactamente lo que diría un espía comunista en un interrogatorio. —El hombre se cruza de brazos—. ¿Dónde están tus conejitos?
—En el jardín.
—¿Ese es el nombre que le das a tu gulag?
—¿Qué es un gulag?
Ethan se echa a reír. Es la primera vez que lo veo relajado.
—Chiquillo, me caes bien.
—Usted también me cae bien. Tiene una hija muy guapa. —Gaius empieza a apretarse los dedos.
—Quita los ojos de mi hija, pequeño príncipe, antes de que te corte tu eternamente responsable de lo que has domesticado. —Apunta con el bolígrafo de forma incisiva.
Gaius se ríe, Ethan se ríe a continuación y después se pone muy serio.
—Lo digo en serio. No te acerques a ella.
Mi hermano sale muy satisfecho de su interrogatorio y llega el turno del cuñado.
Leon encoge el cuerpo y hunde los hombros mirando al americano.
—Qué mono es, ¿verdad? —Svar prácticamente babea.
Entiendo la fascinación; a mí me pasa lo mismo cuando veo a Ravena dormir... comer... andar... respirar.
—Leon Lessa, el primo. ¿Le gusta la literatura?
—Sí, señor.
—¿Ha leído tragedias griegas? ¿De esas en que los miembros de la familia intentan matarse entre sí? —Gira el rostro y deja el oído listo para captar la respuesta.
—He leído algunas cosas... sí... —dice bajito, con mucha timidez.
Leon mira a menudo a Yohanna, que se mantiene en silencio durante cada interrogatorio, en un rincón de la sala.
—¿Usted mataría a su prima?
—¡No! ¡Claro que no! —responde alto y claro.
—¿Siente celos de que ella sea la futura reina?
—¿Por qué iba a sentirlos? La quiero.
—Svar Linkalter es el cuarto en la línea de sucesión —observa Ethan—. Si Haakon y sus hermanos desaparecen del mapa, él asume el trono. ¿No le apetece ser la reina?
—Soy un chico. Como mucho sería el consorte del rey.
—Ah, entonces lo ha pensado.
Leon aprieta los labios y mira hacia abajo.
—Cuando estuvo en París, tras salir de Brasil, parece que las cosas no salieron bien en la confitería y usted hizo espectáculos en clubes nocturnos vestido de chica. —Todos nosotros, Leon, Svar y yo, nos quedamos impactados de que posea esa información.
—Drag queen.
—¿Fue así como lo conoció Svar?
—Sí, pero...
—¿Llegó a pensar que usted era una mujer, al principio?
—En cierto modo, pero...
—¿Le gusta vestirse de mujer? —Ethan aguza aún más el oído ahora, esperando la respuesta.
Leon empieza a golpear el suelo con los pies, se aprieta los dedos. Puedo sentir lo tenso que está Svar, a mi lado.
—A veces me gusta vestirme de chica. A veces me siento una chica. A veces querría serlo... pero también me gusta ser un chico, ¿sabe?
—¿Y le gustaría ser una chica con corona? —Ethan tiene un aire de médico. Va, quirúrgico, sin fallar, justo adonde la gente se siente más incómoda.
—¿A qué chica no le gustaría llevar una corona? —Los ojos de Leon se llenan de lágrimas.
—Parece que hay algo reprimido ahí dentro, criatura. Puede hablar; no voy a juzgarlo.
—Es que... nunca me he abierto así, ¿sabe? —Se restriega el dorso de las manos contra los ojos.
Ethan saca un pañuelo del bolsillo y se lo tiende.
—Gracias. —Leon se limpia la cara—. Siempre me he sentido raro...
desde niño. Cuando me miraba al espejo era como si viera a otra persona...
pero, al mismo tiempo, hoy me gusta lo que veo.
He aprendido a quererme. Svar me ha ayudado mucho.
No quiero que piense que él o yo podríamos secuestrar a una persona solo por una corona...
—No reprima las cosas dentro de usted, criatura. —Ethan echa los hombros hacia atrás—. La represión causa tristeza. La tristeza causa miedo. El miedo hace que la gente actúe con crueldad.
—Ajá...
—Cuando llegó al Septentrión, ¿cómo se sintió?
—Un poco triste... todo era tan oscuro y frío... —suspira y sigue secándose los ojos.
—Le gustan los sitios calentitos.
—Soy un chico tropical.
—¿Y por qué vino a vivir a este país frío?
—Amo a Svar. Y estaría en cualquier lugar donde él estuviera...
—Por ser el novio del cuarto miembro de la línea de sucesión, imagino que ha viajado por el Septentrión. —Gira el bolígrafo entre los dedos, pero mantiene el rostro inmóvil, de perfil hacia Leon.