Embarazada del príncipe: Los gemelos que lo harán rey (Sangre Real 2) Capítulo 27
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Capítulo 27

Príncipe Haakon III

Svar, Laios y yo nos pasamos el día entero buscando pistas, rastreando indicios de adónde podría haber llevado Gustavo a Ravena.

Akádia nos condujo al punto de partida: la carretera de la zona rural que llevaba a mansiones y construcciones antiguas.

Así que salimos a investigar por todos los alrededores, pero no encontramos nada.

Al día siguiente, nos reunimos en la sala del Consejo para las novedades.

—Llega tarde. Ya debería haber llegado. —Svar mira fijamente el reloj.

Yo estoy impaciente; he tenido que tragarme tres comprimidos de mi medicación para mantener la concentración y otros más para no volverme loco. Era un manojo de nervios.

—Lleva tres horas de retraso —comento.

—El piloto había dado señal de que ya estaba en el reino, pero todavía no han aterrizado en la pista de los nobles... —murmura Svar.

—Muy bien, tras examinarlo todo, he decidido que cerraremos aeropuertos y puertos —dice el regente—. Supervisar las carreteras, sacar al ejército a la calle y rescatar a la princesa.

—Oh, qué idea tan brillante. ¿A quién se le habrá ocurrido? —lo provoca Svar.

—¿Alguna noticia del paradero de la princesa o del secuestrador, Nantes?

—Ninguna, señor regente —dice el hombre, que parece impaciente.

Mira a cada uno de los presentes de una forma sospechosa y después vuelve al móvil.

—Bien, el secuestro de la princesa ha causado una gran conmoción. No solo ha sido noticia en todo el país, sino en buena parte del mundo. Brasil ha ofrecido ayuda militar, cosa que hemos rechazado cordialmente; podemos encargarnos de esto.

Ah, eso explica por qué han decidido actuar. La presión popular ha empezado a aplastar al regente.

Stephan debía de tener, sí, cuatro o siete descerebrados que lo amaban.

Pero mi aprobación superaba el ochenta por ciento.

La de Ravena estaba cerca de esa cifra; solo la odiaban los republicanos —que creían que mi boda y el bebé real eran una conspiración para acabar con su propia conspiración— y un ala monárquica más conservadora convencida de que ella no estaba a la altura de la posición.

—¿La gente está enviando información a los correos y al número que publicamos? —le pregunta Lumia a Nantes—. Si vieron el color del coche, la matrícula, si vieron a la princesa...

—Todavía estamos separando lo que es real de lo que es solo una broma pesada. —El hombre se afloja la corbata—. Señoras y señores, Alteza, tengo que salir.

—¿Novedades de la princesa? —Me levanto.

—No... le ha pasado algo al director Reyan; en mi ausencia, él se encarga de todo y, por lo visto, ha habido un pequeño incidente...

—Ah, de acuerdo. —Ni me importa mucho saber qué incidente ha sido.

No me preocupan los subalternos de Nantes; me preocupa mi mujer.

Odio estar aquí parado sin hacer nada. Y ayer me pasé el día entero buscando pistas hasta la extenuación y no llegué a ninguna parte.

—Con la venia de Su Alteza, doy esta reunión por concluida. Nos reuniremos dentro de dos días o si surge una urgencia —dice el regente, y es el primero en salir.

—La encontraremos. Ella estará bien. —Lumia me aprieta el hombro al salir.

Los demás se marchan en silencio; quedamos solo Svar y yo.

—¿Por qué ese desgraciado no me secuestró a mí? ¿Por qué no me llevó a mí en su lugar? —pregunto.

—Creo que prefiere a las morenas. —Svar intenta darle un tono menos sombrío a nuestra conversación—. Eh, Haks. Tranquilo, ¿vale? Ella es fuerte. Ya no es la niña insegura e indefensa que protegiste en el aeropuerto. Ravena ahora es una mujer del norte.

—¿Y el bebé?

—Él también es fuerte. La sangre real es fuerte y tú la llevas. El bebé sobrevivirá. Es el futuro rey del norte. Nada podrá con él.