Embarazada del príncipe: Los gemelos que lo harán rey (Sangre Real 2) Capítulo 26
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Capítulo 26

Príncipe Haakon III

—¡Cerrad las fronteras! Cerrad los aeropuertos, los puertos, quiero a la policía en las carreteras. ¡Nadie entra y nadie sale de este país sin mi permiso! —Golpeo con el puño cerrado la mesa de reuniones en cuanto entro.

Los miembros del Consejo Real y la cúpula de las fuerzas armadas están sentados alrededor de la mesa. La sala de reuniones del consejo se encuentra en la parte trasera del salón del trono, donde yo esperaba recibir a todos los que estaban en la catedral.

No tuve mi día de gloria.

Fui eclipsado por un crimen ardid que me arrebató no solo la ceremonia de la corona, sino a la mujer a la que juré proteger.

—Me gustaría recordarle que usted es el Rey —pondera Stephan, y junta ambas manos sobre la mesa—. Pero no gobierna. Si es que de verdad es el Rey; no recuerdo haber visto la corona en su cabeza.

La cabeza me estalla y pierdo el juicio. Busco lo primero que haya en la mesa para lanzárselo a la cabeza, pero, para su completa suerte, solo hay papeles.

—No me malinterprete, señor. Entiendo que es una cuestión de seguridad nacional, pero puede sentar mal a la economía.

—¡Bastardo insolente! —Rechino los dientes y me abalanzo hacia él.

—El Regente tiene razón —dice Simon Nantes, jefe de Inteligencia—. En este momento, el Rey es más un símbolo que el poder ejecutivo. Y solo puede gobernar si tiene un heredero, algo que ni siquiera se ha demostrado hoy; esperábamos ver, como mínimo, una prueba médica.

—¿Eso es lo que les preocupa? ¿Formalidades de la ley y pruebas? —No puedo evitar reírme—. Mi mujer ha sido secuestrada. No me han permitido ir tras ella, ¿y ahora van a decirme qué? ¿Que no pueden hacer nada al respecto?

Nantes le entrega una carpeta a Laios y este viene hacia mí.

—Como puede ver, señor, no hay registros de entrada del tal Gustavo Borges. No llegó en avión, ni tampoco en barco.

—Ah, entonces se materializó. —Svar se levanta de su silla y viene a examinar los papeles conmigo.

—Sea lo que sea lo que haya hecho este criminal, lo hizo con la ayuda de alguien de dentro del país y con poder económico y político.

—¿Político? —Markus gira el cuello—. ¿Qué está insinuando?

—Tenemos el problema de los republicanos que quieren disolver la monarquía. Y tenemos problemas con gente que conspira contra la familia real, sobre todo contra el rey Haakon, por haber acabado con las ganancias de corruptos y traficantes.

—Príncipe Haakon —corrige Stephan, recreándose en cada sílaba.

Yo querría llenarle la boca de puñetazos.

—Lo que quiero decir, mi señor y soberano —continúa Nantes con suma cortesía— es que da igual que cerremos aeropuertos, puertos y carreteras.

El maleante huirá por donde entró. Está claro que, si lo cerramos todo, estrechamos el cerco.

Pero también llamaremos demasiado la atención, y eso puede entorpecer el caso.

—¿Llamar más la atención que secuestrar a la mujer de su futuro rey a plena luz del día? —Estampo el maldito clasificador contra la mesa—. ¡Son las dos de la tarde! —Miro el reloj de mi muñeca—. Pueden estar saliendo del país...

—No deben de haber ido lejos, y dudo que hayan salido del país. Como usted ha dicho, es la esposa del futuro rey. No hay un alma en este reino que no reconozca su rostro.

—Estoy de acuerdo. —Svar mira fijamente al hombre.

—Y la quieren, por lo visto.

—Más que este consejo —gruño.

Mi primo me sujeta la mano. Sabe que estoy a punto de estallar y que cometeré tantos errores que quizá no pueda corregirlos más tarde. Pero es difícil mantener la compostura y la calma mientras Ravena está en manos de ese tipo.

—Pediremos a los ciudadanos que envíen información a través de un canal oficial.

Redoblaremos la guardia en las fronteras y la vigilancia en puertos y aeropuertos.

Quizá siente mal diplomáticamente registrar los jets y barcos privados con los que han venido los reyes, políticos y embajadores del mundo —advierte Nantes, siempre con un tono formal.

—Da igual —responde Svar de inmediato—. Todos serán registrados y, ante la sospecha de ilícitos, serán interrogados.

Nantes mira al regente, que está de lo más cómodo al otro lado de la mesa.

—Consultaré a algunas personas y volveré con la aprobación, o no, dentro de doce horas.

—¿Consultar? —Me levanto.

Si llevara la espada envainada a la cintura, la desenvainaría y le cortaría la cabeza en un abrir y cerrar de ojos.

—¿Doce horas? ¡En doce horas pueden estar en la otra punta del mundo!

—Entiendo su preocupación, príncipe de Drü —se recrea el bastardo—. Pero, como regente del Septentrión, necesito conocer los efectos colaterales de esas medidas. Para la economía, la seguridad y el bienestar de nuestro pueblo.

Golpeo con el puño cerrado la mesa otra vez. Siento como si los huesos de la mano fueran a partirse; aun así, la mantengo apretada contra la madera.

—Cuando sea rey, les cobraré con intereses esta demora en encontrar a mi reina —digo, y salgo de la sala.

—Cuando no. Si llega a ser rey —le dice Stephan al Consejo.