Capítulo 23
Ravena Lessa
La llegada de Leon era lo que faltaba para dejarme en paz.
Tenía los pies sumergidos en la piscina mientras bebía un té y conversaba con la princesa Amélia, cuando él llegó. Me levanté, lo abracé bien fuerte y empecé a contarle todo sobre Jemima.
—Yo solo quería saber si usa tenedor y cuchillo.
—¿Tenedor y cuchillo para qué? —pregunta Amélia, curiosa.
—Para comer caca. —Se pone la mano en la cintura—. Porque si me quedaba alguna duda de que se alimentaba de mierda, ya no me queda ninguna. Falta saber si está loca de remate o si tiene alguna clase.
—¡Este primo tuyo es buenísimo! —Amélia aplaude.
—¿Y te puedes creer que se coló en la habitación de Haakon y se quedó tumbada prácticamente sin ropa, esperando? Si yo no hubiera estado allí, imagínate lo que habría pasado...
—Esa se hace las lavativas con cachaza, y después lo pone todo en un vaso y exprime un limón para hacerse una caipiriña. Mira, como yo pille a esa chica, ¡la muelo a palos!
—Con el peligro de que le guste. —Amélia se ríe.
—Amélia, disfruta de la piscina por mí. Necesito hablar con mi primo. —Me despido de la princesa y entro en el palacio con Leon—. ¿Svar te ha contado lo de Gustavo?
—Me lo ha contado. ¡Está que echa humo!
—¿Cómo entró en el país, Leon?
—Buena pregunta. Nadie supo decirlo. Y mucho menos cómo consiguió un uniforme de la marina... y en medio de tanta gente.
—Creo que quiso mandar un mensaje.
—El que le va a mandar un mensaje soy yo. —Leon me agarra del brazo—. ¡Voy a echarlo a mi trituradora gigante y a pulverizarlo en el horno más grande de mi tienda, a ese desgraciado!
Vamos a una sala vacía para poder hablar. Nos sentamos en el sofá espacioso, mi primo me toma de la mano y acabo apoyando la cabeza en su regazo.
—¿Por qué justo ahora? Todo empezaba a ir tan bien...
—¿Empezaba? ¿Ya superaste aquella situación?
—Yo... la superé...
No me refiero a los abusos en general, sino al detonante que tuve la primera noche con Haakon. Aquella sensación incómoda quedó superada, pero sé que tendré que lidiar con el hecho de haber sido maltratada, para siempre. Será un esfuerzo diario para liberarme de esa prisión mental.
—¿Y cómo fue?
—Ni siquiera sé cómo ponerlo en palabras. Hasta se me había olvidado que es posible sentir placer en el sexo.
—¿Y sentiste placer?
—Creo que Haakon ha redefinido lo que es el placer, al menos para mí.
—Ajá —dice, interesado.
Siempre tuve curiosidad por entender cómo el BDSM podía excitar a la gente, porque yo solo conocía el dolor y la humillación. Haakon fue suave conmigo y, aun así, descubrí un gran placer en el acto.
—Me regaló un vibrador —empiezo por lo básico.
Soy sexóloga, no tengo problema en hablar del tema. Y Leon es un caradura y no le importa compartir intimidades.
Hasta me planteo sincerarme y revelarle ahora que no me gradué en gastronomía, pero no creo que sea importante.
—Guau. ¿Dónde está?
—Dentro de mí.
—Ah. —Abre los ojos de par en par.
—Él me lo quita por la noche... con la boca.
—Aaaah. —Esboza una sonrisa maliciosa.
—¡Dios mío, qué hombre! —Lo agarro del brazo y lo sacudo.
—Cuenta la leyenda que los Linkalter tienen un buen paquete —dice, mirándose las uñas, como si se las estuviera limando—. Leyenda que puedo confirmar, porque voy a casarme con uno. Peeeero... dicen que los Iranovichk lo tienen grande y bien grueso.
—Creo que puedo confirmar esos rumores. —Me río.
—Ay, qué delicia, sentirse toda llena por dentro. —Leon se pone las dos manos en el cuello y empieza a presionar.
—Yo creí que me moría.
—¿Y bofetada en la cara, te llevaste? —Hace una mueca y saca la lengua.
—¡Leon!
—Uai, hija mía, para mí el sexo es eso: bofetada en la cara, tirón de pelo, que me pisen la cabeza, que me den la vuelta como a un calcetín.
Yo estoy aquí por las cincuenta sombras de Grey, hija mía.
¿Que si estoy por el dinero? También. ¿Por el título?
Por supuesto. Pero una se queda porque le gusta que la traten como a una niñita de buena familia delante de los demás, y entre cuatro paredes como a una perra en celo.
—¡Es que no tienes remedio! —Le doy una palmada en el hombro.
—Y no es por defender a Jemima, eh... pero un buen sexo, hoy en día, es difícil de encontrar. Imagínate un buen sexo, amor y, de regalo, una corona.
—Todo completo, ¿no?
Es él quien me da una palmada en el brazo ahora.
—¿Y cuándo llega ese bebé?
—¿A qué viene la prisa?
—¡Quiero ser tito ya! —dice entusiasmado, y se sacude entero.
—Vamos a disfrutar, sin desesperarnos. Cuando se acerque la fecha de la coronación, vamos a por todas.
—Tienes toda la razón. Aparte de eso, ¿novedades?
—Solo que toda esa panda de princesas se ha venido para acá...
—La corte real entera. —Leon hace un mohín—. Te juro que lo intenté, pero la Reina Madre fue inflexible con traer a todo el mundo. En teoría todavía quedan unos tres días de baile...
—Ya...
—Y ahora, si me disculpas, me voy a dar mi baño y a prepararme para servir a mi macho cuando llegue. —Quita mi cabeza de su regazo y se levanta.
—Estás en celo de verdad, ¿eh? —Le doy un pellizco.
—Svar y yo tenemos un acuerdo.
—Ajá.
—Todos los días hay sexo —dice con firmeza.
—Ajá.
—Con él o sin él. Todos los días hay.
Me quedo con la boca entreabierta.
—¿Y cuando él está lejos?
—Cuando está lejos, se las apaña y se pasa el día entero manejando mi vibrador, a distancia.
—Ah, tú también tienes uno...
—Y lo estoy usando. —Da una vuelta en el aire—. Y ahora me voy a dar mi baño. Porque cuando una se mantiene preparada, no necesita prepararse. —Me lanza un besito desde lejos.
Aprovecho para ir a mi habitación y tumbarme un rato; llamo a mis padres para saber si piensan venir a mi boda. No me responden; siempre desvían la conversación hacia cuándo voy a volver, que están preocupados, que Gustavo ha estado preguntando mucho por mí.
Como de costumbre, Haakon llegó tarde y vino directo a mi habitación.
Y esta vez yo estaba preparada, imitando el estilo Jemima, semidesnuda sobre el diván.
Tuvimos una noche normal, nada de esposas ni juegos, solo nosotros dos ardiendo y haciendo chirriar la cama contra el suelo.
Pasó un día y Leon decidió llevarme a la ciudad, para conocer algunos puntos turísticos de Drü. Aun rodeados de escoltas, los suyos y los míos, conseguimos divertirnos; recibí regalos de la gente por donde pasé y, gracias a Dios, no hubo ninguna señal de Gustavo.
De vuelta a casa, presenciamos cómo la Reina Madre Antônia e Irinna, la madre de la reina Melissa, se enfrentaban en el pasillo.
—No creas que no me he dado cuenta de lo que estás haciendo, Irinna —dice la otra, agria.
—¿Y qué estoy haciendo?
—¡Trajiste a los dos a este antro de perdición, sin las princesas entre las que Haakon debería elegir!
—Creía que ya había elegido. —La otra mantiene la calma.
—Tiene hasta mañana para hacer su elección. Y entonces el consejo vota. Y será un placer mirarte a la cara cuando votemos por despachar a la extranjera y que él elija a alguien más adecuada.
—La odias de verdad, ¿no es cierto, Antônia? —Irinna se sujeta el collar de esmeraldas.
—No siento nada por ella, Irinna.
—El pueblo la ama y la aprueba.
—El consejo no. —La Reina Madre se agria aún más.
—Pero tu nieto, el futuro rey, la aprueba. Y con eso basta.
—El consejo no lo permitirá —dice, resuelta.
—Querida, con todo el respeto que te tengo a ti y a tu casa: al infierno con el consejo.
—¡Oh!
—La tradición existe para guiarnos y protegernos de lo desconocido. Que no es este caso. Creo que ya hemos tenido pruebas suficientes de que, cuando elegimos nosotros a la mujer del rey, surge un problema.
—No fue el caso de Gullivar y Melissa —dice la Reina Madre.
—¿Ah, no? ¡No me hagas reír! El consejo quería casar a tu hijo con Ivone. Pero él no quiso y te plantó cara. ¿No te acuerdas de eso?
—Mmm. —La otra se hace la desentendida.
—Y al conocer a Melissa, la eligió enseguida.
—No había tanta diferencia. Eran hermanas. ¡De la misma familia!
—Ahórratelo, Antônia. ¿Te produce placer ser limitada y anticuada? —La mujer de pelo rojizo gesticula con las manos—. ¿Quieres ponerles trabas? ¡Adelante! Pero no en mi casa.
—Solo intento proteger su corazón para que no se lleve una decepción.
—¿No quieres decepcionarlo? Deja que tu nieto sea feliz. Permite que tenga lo que ninguno tuvo, ni siquiera tú, que fuiste perseguida y atormentada al principio del reinado, por...
—Ya basta. —La Reina Madre sonríe tras alzar la voz—. Tienes razón. Este es tu país y tu casa; tú pones las reglas. Pero cuando volvamos a Koioskovo...
—Querida, puedes llevártelo a Koioskovo. —La pelirroja se ríe—. Puedes llevártelo a Qäpak, a Pelmuria, a Koioskovo... pronto hará una gira por el mundo para reunirse con líderes, presidentes y reyes importantes... da igual adónde lo lleves. Él la llevará a ella consigo.
—No si yo no lo permito.
—No físicamente, boba. En el corazón. —Irinna da una palmada—. Debería dejar que continúes con ese plan rastrero...
—¿Rastrero? —La otra tuerce la boca.
—A los hombres les gusta lo prohibido. ¿Quieres insistir en que no pueden casarse? ¡Más luchará él por ella!
—No si el consejo interviene.
—Es un Linkalter, querida. —La madre de la reina sonríe con suavidad—. Y un Iranovichk...
—Y Kjaerlighet —carraspea la reina Antônia.
—Es decir, es un rebelde. Y cuando sea rey y tenga poder sobre vosotros, verá cuánto tramasteis a sus espaldas... y os sustituirá...
—¡Irinna, vuelve aquí, no he terminado!
—Pues yo sí he terminado, querida. Recoge tus pedazos del suelo y retírate a tu insignificancia. —La otra se va.
Leon me tira del brazo para que nos escondamos detrás de una estatua cuando la Reina Madre sale por el pasillo, toma el lado opuesto, furiosa, y avanza golpeando el suelo con fuerza con su bastón.
—Caramba, ¿es que no vamos a tener ni un minuto de paz? —suspiro.
—Si hay algo que vosotros no vais a tener, es paz —sentencia Leon.