Embarazada del príncipe: Los gemelos que lo harán rey (Sangre Real 2) Capítulo 22
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Capítulo 22

Ravena Lessa

La ceremonia de graduación de la marina fue un éxito rotundo, y Haakon recibió una ovación de pie al terminar su discurso.

Al final de todo, volvió a ser devorado por los clics, los apretones de manos y las peticiones de sus súbditos, y yo me quedé junto a Stephan, que en ningún momento me quitó los ojos de encima.

—No he podido evitar notar que está preocupada.

Asiento, en silencio.

He tenido casi una hora para digerirlo todo y buscar en cada rostro allí presente a mi ex, pero no lo he encontrado. Seguramente Gustavo está lejos de aquí, si es que de verdad llegó a estar aquí y no fue solo una jugarreta de mi imaginación.

—¿Hay algo en lo que pueda ayudar?

—Creo que no, Stephan...

—Por supuesto, servir a mi reina es como servir a mi país, así que...

Su manera cortés me desarma.

—He visto a alguien esta mañana —comento.

—¿Un conocido?

—Sí... un conocido —suspiro—. O quizá me lo he imaginado...

—¿En qué momento lo vio?

—Bueno, Haakon se había alejado y yo terminé de hablar con la Almirante...

—Primera Lord Almirante —me corrige él con amabilidad—. Y después se hizo algunas fotos.

—Sí —abro los ojos de par en par—, ¡hasta se me había olvidado! ¿Usted lo vio?

—Yo solo la vi a usted, posando junto a algunos graduados y veteranos. Creo que todos entendemos ya por qué Su Alteza cayó rendido ante usted, con lo radiante y carismática que es.

Mis mejillas empiezan a arder con el cumplido.

—Él se hizo una foto conmigo. —Miro alrededor—. ¿Cree que podría encontrar al fotógrafo?

—¿Interrumpo algo? —Aparece Haakon, se quita la gorra de la cabeza y me la pone a mí. También me sujeta firme por la cintura y mira fijamente al regente.

—En realidad, ya me iba. Misión nacional. —Stephan me guiña un ojo.

Haakon no lo deja marcharse: extiende su mano y el otro la besa. Lo mira fijamente al fondo de los ojos y después se aleja, dedicándome una media sonrisa.

—¿Por qué te estaba importunando?

—No lo hacía... en realidad, quería ayudarme.

—Ese hombre nunca ayuda. Solo quiere llamar la atención y estorbar —dice, decidido—. ¿Estás bien? Estás pálida. ¿Quieres comer antes de irnos?

Señala la mesa bajo una carpa, un poco más adelante; el lugar está lleno de frutas, dulces, tartas. Fuera hay por lo menos diez parrillas preparando carne asada.

—¿Ya nos vamos?

—Sí. Tengo otros eventos a los que ir, pero si estás cansada, te dejo en casa y después voy a la universidad.

—No, tranquilo, voy contigo. —Lo cojo de la mano.

—¿Quieres comer? —insiste.

—Creo que picar algo no hace daño, ¿verdad? —Me mordisqueo el labio inferior.

—Claro que no. Tienes que estar fuerte y sana, porque pronto vas a ser mamá.

*

Estar con Haakon me calmó por completo. Durante el resto del día no se apartó de mi lado ni un instante. Fuimos a la Universidad de Awmaj a una reunión con el rector y profesores importantes, y también a la inauguración de una carretera.

Todo terminó a las 17 h; volvimos en el coche real al palacio.

Ver el edificio desde fuera era de dejar caer la mandíbula. No me había fijado en lo impresionante que era, sobre todo porque estaba fundado sobre una montaña, encima de la playa. Lugar donde, por cierto, Haakon pidió al conductor que nos dejara.

—¿Quieres caminar un poco?

—¿Crees que aguantaré? —Me río.

El evento de la marina fue donde más tiempo pasé de pie; el resto del día estuve sentada en sillas ultracómodas o en el coche, camino del siguiente punto de la agenda.

—Quítate los tacones —dice, y sube mi pierna a su regazo.

Él mismo me quita los zapatos y los deja sobre el asiento.

—La arena es suave y reconfortante —avisa el príncipe.

Cuando abre la puerta, el rumor del mar me invade los oídos —igual que el sonido de los bañistas que se aglomeran para ver al miembro de la realeza—. Haakon se quita el traje y la corbata, ya estaba descalzo de todos modos, y tira de mi mano para que salga del coche.

—Ravena y yo vamos a caminar un poco. No hace falta que estéis tan cerca —les dice a la docena de escoltas.

—¡Alteza, una foto!

—¡Es preciosa, príncipe!

—¿Previsión de cuándo llega el bebé real?

La gente pregunta. Mi compañero me aprieta los dedos y me hace bajar el paseo marítimo; vamos a la playa, levemente templada y con el sol ya descendiendo en el horizonte.

—¿Qué te parece? —Señala el cielo con la barbilla.

A diferencia de Koioskovo, que con su aurora boreal pinta el infinito de verde y lila, el cielo de Drü se deshace en colores cálidos: naranja, rojo, amarillo y todos los tonos intermedios. El cielo límpido y sin una sola nube se refleja en el mar.

—Es precioso.

—El Príncipe Real nace allí. —Señala con el rostro el palacio, encima de nosotros—. La habitación donde tiene lugar el parto tiene una vista privilegiada del mar.

—Debe de ser toda una vista —admito.

—Tú sí que eres toda una vista —dice él; me sujeta con las dos manos los lados de la cara y después me besa con ternura.

Es la primera vez en mi vida que piso una playa. Ya había visto esta desde arriba, desde el palacio, pero nada se compara con estar aquí. La experiencia es otra.

Cierro los ojos y dejo que el sonido del mar me tranquilice, que me acune en paz y en calma.

¿O será el efecto de estar en los brazos de mi príncipe?

El viento del final del día sopla y refresca el cuerpo, el agua se mece con un sonido acogedor, pero yo no me muevo del sitio, porque estoy satisfecha de estar donde estoy y con quien estoy.

Dejo que los labios suaves de Haakon calienten mi cuerpo y me lleven a un momento delicioso.

Me hace gracia que esté cubriendo nuestras caras por ambos lados con la mano; enseguida entiendo que es para darnos el mínimo de privacidad que podemos tener ante una aglomeración de gente —que guarda silencio mientras nos observa.

—Ven conmigo. —Me agarra firme de la mano y me lleva hacia el mar.

—¡Alteza, por favor, hágase una foto con nosotros! —La gente vuelve a hacer ruido al vernos caminar.

—¡Haakon, mi vestido! —protesto antes de que el agua bese la ropa.

Me quedo con la boca entreabierta, sin creerme que de verdad vayamos a meternos en el mar vestidos.

—¿Quieres casarte aquí? —pregunta él.

Tengo medio muslo dentro del agua.

—¿En medio del agua?

—Sí, puede ser en un barco —medita—. O en la arena... Por cierto, ¿qué tal está siendo tu primera vez en la playa?

—Ah, ¿te acuerdas de eso?

—¿Qué se me olvida de ti? —Apoya su nariz en la mía y presiona—. ¿O prefieres casarte en el frío?

—Aquí. Parece un buen lugar.

—¿Mando el avión de la familia a buscar a tus padres y parientes?

Abro los ojos de par en par, sorprendida de que también recuerde ese detalle.

—Mis padres... no viajan en avión... aunque sea una mansión con alas...

—Entonces creo que le confiaré a la propia Lumia la misión de ir a buscarlos en barco —pondera.

—Debe de ser la mejor opción —me lo pienso un poco, divirtiéndome solo de imaginar a mis padres viajando en alta mar.

Aunque, bien pensado, les va a encantar: mamá siempre quiso ir al crucero de Roberto Carlos. Será algo así, solo que sin el cantante.

—¿La playa es como la imaginabas?

—¿Sabes, Haakon...? Cualquier cosa que haga contigo supera cualquier imaginación. —Es mi turno de intentar ponerlo rojo.

Él esboza una sonrisa sincera, sube bien las cejas y se queda parpadeando con esos ojazos de esmeralda mientras me examina, en silencio.

—Deja de disimular, que recibes cumplidos todo el tiempo; no hace falta que te sonrojes por ese comentario...

—Boba. —Vuelve a besarme.

El beso es maravilloso y nos abrazamos con muchísima fuerza, hasta que nos interrumpe un proyecto de ola que casi me derriba.

—Vamos a ver la puesta de sol —pido.

A él, el agua ni lo movió. Yo, en cambio, que soy un poco más pequeña, me habría ahogado de no estar segura entre sus brazos.

—Ah, lo que faltaba... —protesta al ver un coche detenerse detrás del suyo.

De lejos veo a Stephan venir en nuestra dirección.

Me coge en brazos para salir del agua más deprisa y después nos sentamos en la arena —todavía no me creo que estemos haciendo esto con este vestido—. Unos minutos después, el regente se planta ante nosotros.

—Alteza —saluda primero al príncipe—. Señora, traigo respuestas.

—Stephan, apártate, estamos viendo ponerse el sol —gruñe Haakon.

Stephan me entrega una tableta y paso los dedos lentamente por cada una de las fotos que veo del evento de la mañana. Cuando llego a una foto muy concreta, el corazón se me detiene. No fue una alucinación. ¡Era él!

—Como puede ver...

—¿Qué es esto? —Cuando el príncipe pregunta, le entrego la tableta.

Él mira. Y vuelve a mirar. Observa fijamente el aparato y después al regente.

—¿Qué mierda es esta?

—Estaba en el evento de graduación, esta mañana.

—Ya veo que era la puta graduación. —Se levanta y golpea el pecho del otro con la tableta—. ¿Cómo ha entrado en el país?

—El Servicio de Inteligencia ha pedido 48 horas para elaborar el informe e informarle, Alteza.

—¿48 horas? —gruñe.

—Estamos trabajando lo más rápido que podemos; las investigaciones comenzaron desde que la señorita Ravena me contó que posiblemente había visto a su agresor esta mañana.

—¿Se lo contó? —Se vuelve hacia mí—. ¿Se lo contaste a él y a mí no me dijiste nada?

—Yo... no quería estropearte el día. Y quería estar segura de que no eran cosas de mi cabeza.

—¿Entiendes que te expusiste a un riesgo innecesario? —Haakon me ayuda a levantarme—. Deberías haberme informado en el momento en que lo viste, o creíste verlo, Ravena.

—Sí, pero estabas ocupado con...

—No existe ocupación mayor que tu bienestar. —Suelta la tableta en las manos del regente.

Bajo la cabeza y asiento, en silencio.

—Vamos a casa, donde sé que estarás segura —dice, decidido, y me sostiene para que camine rápido por la arena.

Los escoltas nos rodean rápidamente con un gesto que hace el príncipe.

—Llama ahora mismo a Svar Linkalter y pídele que venga a Drü de inmediato —le ordena al escolta más cercano.

—¿Podría traer a Leon? —pregunto.

—Haz lo que tu futura reina ha pedido —añade él.

—Alteza, los duques están en Qäpak, visitando al Lord de los Diamantes, como usted pidió —informa el hombre alto de pelo trenzado.

—Pídeles que regresen de inmediato.

—Sí, señor.

—Si él está aquí, ¿no cree más prudente que regresen todos a Koioskovo, Alteza? —Stephan intenta llamar su atención, fuera del círculo de escoltas que nos llevan.

—¡Drü es la casa de mi familia Iranovichk! ¡Está tan segura aquí como en la capital!

—La policía secreta de Koioskovo ya ha sido activada para enviar refuerzos hacia aquí. También informaré a cada uno de los miembros del Consejo Real de lo ocurrido.

—Stephan.

—¿Sí, señor?

—Gracias.

Es tan inesperado para ambos que se quedan mirándose, frente al coche. Haakon extiende la mano y Stephan la besa rápidamente.

—Por ocuparse de esto tan rápido y servir a su futura reina.

—Debo mi lealtad al reino, señor. —Stephan baja la cabeza—. Cuídese, Ravena.

—Gracias, Stephan. —Yo entro primero en el coche.

Haakon entra a continuación y le cierran la puerta.

—Una vez te prometí que te mantendría a salvo, y voy a cumplir mi promesa, no te preocupes.

—Gracias. —Apoyo la cabeza en su hombro.

—Al palacio —le indica al conductor.

*

Pasé el resto del día en mi habitación, ya que el príncipe se fue a reunir con miembros del Servicio de Inteligencia para averiguar qué estaba pasando.

Regresó antes del anochecer y me hizo compañía; vimos una película y yo me quedé dormida primero.

Me desperté cuando él salió de la cama, muy temprano por la mañana, y volví a dormirme un poco más.

Me levanté algo tarde y me di una ducha lenta y relajante. Me puse un vestido casual y salí a caminar por el palacio, cuando escuché sonidos que venían de una de las salas.

—Eres asquerosa, ¿lo sabías? —Reconozco la voz de la princesa de Dinamarca, Amélia.

Espío por la rendija de la puerta y veo por lo menos a media docena de mujeres sentadas, con un aire de guerra fría flotando en la sala.

Jemima, que lleva un vestido todo floreado, se cruza de brazos.

—¿Acaso he mentido? —gruñe.

—¡Yo tendría cuidado con decir ese tipo de cosas, y más sobre la futura reina del Septentrión! —la reprende Amélia.

—Ni tú ni yo nos creemos eso —desdeña la oriental.

—Te estás pasando de la raya, jovencita —advierte la princesa de Grecia, la mayor.

—¿Yo? ¡Es ella la que se está pasando de la raya!

Todo el mundo ha entendido ya que esto fue un montaje.

¡Es una estafadora de primera categoría!

Y ahora va a demostrar mi teoría: volverá con su agresor, porque eso es lo que les gusta a las mujeres de esa clase.

¡Reciben una paliza, montan una escenita y después vuelven con el tipo que las golpeó y se quedan calladitas!

—Mira. —Amélia golpea la mesa con la taza—. ¡Yo no puedo quedarme aquí escuchando esto! ¡Estás jugando sucio hasta para tus propios estándares de lo que es sucio! —Se levanta.

—Eso. ¡Huye, cobarde! Una menos que me dispute la corona.

—No es una disputa —dice Helena de Grecia.

—Ella ha perdido. Pronto ni siquiera estará entre nosotras. ¿Es que no lo entendéis?

—No, florecilla, eres tú la que no lo entiende. ¡Él está enamorado! ¡Irá tras ella! ¡Ten una pizca de dignidad y de sentido común, joder! —Amélia hasta asusta a las otras princesas cuando suelta la palabrota.

Viene tan rápido hacia la puerta que no tengo tiempo de apartarme de su camino.

Casi me pasa por encima; me empuja y después me sujeta por los hombros. Se arregla el pelo rubio y luego el vestido.

—¡Perdóname, no te había visto!

—Tranquila...

Cierra la puerta tras de sí y me mira.

—Mira, Ravena, siento mucho que hayas oído algo de lo que ha dicho esa asquerosa. Es así desde pequeña... está obsesionada con Haakon... ha perdido el último hilo de humanidad que le quedaba en el cuerpo.

—No pasa nada... ella cree que es un juego y quiere ganar —me encojo de hombros—. Hasta se coló ayer en la habitación del príncipe, semidesnuda.

Amélia abre la boca y se la cubre con la mano.

—¿En serio?

—Casi le pego con un zapato.

—Dios mío, ¿tan desesperada está? —Contiene la risa—. No me extraña que esté intentando usar todas las armas que tiene para sacarte del juego.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Nada... yo no he dicho nada... pero ya sabes, es rastrera y vil.

—¡Ah, ni me lo digas!

—No te preocupes, Ravena. El príncipe conoce bien a esa. Sabe la clase de personita que es. No tiene ninguna posibilidad, ni en sus sueños más profundos, de sacarte de la circulación.

—Gracias.

—Y tú no te vas a ninguna parte. —Me da unas palmaditas en el hombro—. A no ser que quieras venir conmigo a tomar un té frío en la piscina.

—¡Sería... genial!

—Créeme, todas nosotras vinimos porque Drü es fantástica, tiene hombres bellísimos y la comida es espectacular. Solo Jemima no ha aceptado que perdió. Todas las demás princesas estamos de tu lado.

—Muchísimas gracias, de verdad.

—Entonces, ¿nos vamos de piscinita? —Amélia mueve los hombros con gracia.