Embarazada del príncipe: Los gemelos que lo harán rey (Sangre Real 2) Capítulo 21
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Capítulo 21

Ravena Lessa

Abro los ojos y observo el techo por un momento.

¡Anoche tuve un sueño de princesa!

En él me trataban como a una reina, al mismo tiempo que era esposada y dominada por el hombre más delicioso que he visto en mi vida.

Y después de una noche agitada en la que la cama gimió tanto como yo, pasamos la madrugada conversando, mirándonos el uno al otro, hasta que me quedé dormida en su cama.

No tengo ni idea de cuál fue el detonante que me dejó bloqueada la vez anterior, pero ayer fue diferente.

Gustavo ya no estaba en mis pensamientos; los dolores de los últimos meses quedaron en segundo plano. De alguna forma, solo existíamos el príncipe y yo, y una nueva oportunidad de ser feliz.

El miedo no consiguió inmovilizarme.

—Buenos días. —Haakon me espía.

Ya está sentado, con la espalda apoyada en el cabecero de la cama y una tableta grande en las manos; está leyendo.

Una mesa que sube desde el suelo está frente a él y por encima de la cama, con una taza generosa de café, beicon, huevos y lo que parece ser gachas de avena.

Retira rápidamente de mi vista el frasco de un medicamento, pero me doy cuenta de que es la medicación estándar para quien tiene TDAH.

—Buenos días... vaya, has madrugado...

—Sí, me despierto todos los días a las cinco de la mañana. Dedico un rato a leer las noticias del día, repaso mi agenda y me ducho para después meditar.

Parpadeo, incrédula.

—He pedido que no abrieran las cortinas ni hicieran ruido para no molestarte —avisa.

—Ya han venido a la habitación, ¿no? —Se me empieza a hacer la boca agua con el desayuno.

Las cosas de la fondue, que dejamos encima del diván, ya ni siquiera están allí.

—¿De verdad tienen esa costumbre de entrar en las habitaciones ajenas?

—Sí, es la rutina en cualquiera de nuestros palacios.

—¿Y si estamos...? Quiero decir, ¿y si alguien está haciendo cosas indebidas?

—No les importa, solo hacen su trabajo. Están acostumbrados. Suelen ver cosas peores.

Ni me atrevo a preguntar como qué.

—¿Has dormido bien? —Sonrío al sentir su mano acariciarme y después atraerme hacia su pectoral.

—Sí que he dormido —dice él—. Teniendo en cuenta que es la primera vez que duermo con alguien.

—¿Cómo que la primera? ¿Me vas a decir que eres virgen? —Hasta hago una mueca, provocándolo.

—No. Nunca había dormido con alguien en la misma cama, en la misma habitación.

—Pero imagino que cuando nos casemos... —hasta respiro hondo al decirlo, y me sonrojo un poco— dormiremos juntos en la misma cama, ¿no?

—Si tú insistes. —Haakon apoya la barbilla en mi frente—. Normalmente, el rey y la reina tienen habitaciones separadas. Es mejor así: yo tengo mis propios horarios y hábitos, no quiero perturbar tu sueño.

Ajá... y solo Dios sabe lo que pasará de noche, cuando cierre la puerta de su habitación, sin mí...

Entorno los ojos y lo juzgo.

—Claro que, si es tu deseo dormir conmigo todas las noches, estaría bien que alguien no roncara...

—Ah, ¿tú roncas? —Arqueo la ceja.

—No. —Me mira de soslayo.

—¡Espera un momento! ¡Yo no ronco! —Me cruzo de brazos.

—Claro que no... —asiente—. Oinc. —Y acto seguido imita a un cerdo.

—¡Yo... —me levanto— no... —cojo mi almohada— ronco!

Le doy con la almohada en la cabeza. Y Haakon no se queda atrás: aparta la mesa con la mano hasta dejarla fuera de nuestro alcance, coge su almohada y me golpea también.

—¡Ooooinc, cerdita!

—¡Cerdita lo será tu abuela! —Le suelto otro almohadazo y le muestro los modales de una verdadera lady.

Y él solo se ríe, en respuesta.

—Alteza, ya he llegado. —El hombre todo almidonado llamado Laios entra sin llamar y se queda inmóvil al ver al príncipe y a mí en la cama—.

¡Oh! —es todo lo que dice; después decide ignorarme—.

Convendría darse prisa: en tres horas tiene una reunión con el rector de la universidad de Drü y en cinco horas debe aparecer en la graduación de la Marina.

—De acuerdo —dice Haakon; se levanta de la cama, no sin antes darme con la almohada en plena cara—. Estaba revisando el discurso.

—No hay nada que revisar —dice Laios de forma solemne—. Las princesas acaban de llegar y se están instalando. La Reina Madre...

—Puede despedirlas. Ya he elegido.

—Nada es seguro hasta que el Consejo Real lo evalúe, Alteza.

—Nada es seguro hasta que yo elija. Y ya he elegido. —Echa al hombre de la habitación—. ¡Tú no te muevas de ahí! —Me señala y entra en el baño.

Unos minutos después oigo el sonido de la ducha. Me levanto y empiezo a caminar por la habitación, envuelta en una sábana.

—¿Puedo usar un albornoz tuyo? ¿Una camisa tuya? —digo en voz alta.

—¡Como si estuvieras en tu casa! —responde él.

Su vestidor es una estancia aparte. Quizá un piso aparte.

A primera vista es un simple vestidor con un pasillo ancho, pero enseguida me doy cuenta de que estoy en un ambiente espacioso que se ilumina con mi presencia.

Hay una vitrina solo de relojes y anillos, una pared entera solo de zapatos, y el armario parece desplegable: tiro de una puerta y se despliega, abriendo paso a otro vestidor.

—Si entro ahí voy a acabar en Narnia. —Me río y cojo la primera camisa negra que encuentro; debe de tener por lo menos otras cincuenta de ese color.

Vuelvo a la habitación y me tambaleo hacia atrás cuando veo a nadie más y nadie menos que Jemima semidesnuda, tumbada en el diván.

—Sorpresa... —dice ella con entusiasmo, y baja el tono lentamente.

—¿Qué haces aquí? —Me cruzo de brazos.

—¿Estoy en la habitación correcta? —Mira alrededor.

—No, desde luego que no lo estás. —Voy hasta ella y la saco del diván, tirándole del brazo.

—¿Qué haces?

—¿Qué haces tú? —Me guardo el «lagarta» en el pensamiento.

—Querida, esto no acaba hasta que termina... ¿te crees que has ganado? Este juego ni siquiera ha empezado.

—Ah, pues para ti ya ha terminado. —Tiro de ella con cierta fuerza y la echo de la habitación, semidesnuda y todo.

—¡Espera! ¡Mi albornoz!

Le cierro la puerta en las narices.

—¿Esa ha perdido el juicio? —protesto, y vuelvo a la cama.

Menos mal que saqué a la princesa oriental a tiempo. No tarda Haakon en volver a la habitación, en albornoz; se frota el pelo con la toalla y viene hasta la cama a comer.

—Estaba aquí pensando... —Intento controlar la respiración, porque el pecho me va todo descoordinado.

—¿Sí?

—¿Puedo acompañarte en tus deberes reales?

—Claro que puedes. Pero va a ser muy aburrido, te lo advierto desde ya. Y el día será largo.

—No me importa. Creo que será más aburrido quedarme esperándote y sin verte en todo el día...

—Qué cerdita más mona. —Me aprieta la nariz—. Muy bien. —Come y pulsa el botón que hay junto a la cama.

En menos de quince segundos, entra una empleada. No sé si hacen turnos rotatorios: nunca es la misma persona.

—Consiga un bonito vestido para que la señorita Ravena me acompañe hoy.

—Llamaré al señor Ítalo. —La mujer asiente y sale a toda prisa.

—Voy a vestirme. —Él señala el botón—. Pide tu desayuno y espera el vestido. —Haakon se va al vestidor.

—Descuida.

Como diría Freud la primera vez que visitó un manicomio: de aquí no salgo, de aquí no me saca nadie.